Chloe

Atom Egoyan

Atom Egoyan fue, junto a Hal Hartley o el malogrado Krzystof Kiewlowski, uno de esos cineastas que en los 90 se consideraron como imprescindibles, pero algo hizo que el interés por sus películas palideciera en la década siguiente. La floja Ararat (2002) fue la última de sus cintas estrenadas en España, quedándose por el camino Where The Truth Lies (2005) y Adoration (2008). Si Chloe llega por fin a nuestras pantallas –aunque sea con retraso, ya que data del año pasado- quizá no lo sea tanto por el director como por su reparto y argumento.

El film es un remake de la francesa Nathalie X (Anne Fontaine, 2003). Catherine (Julianne Moore), una ginecóloga acomodada, contrata a la joven y bella Chloe (Amanda Seyfried) para seducir a su marido, David (Liam Neeson) y poner a prueba su fidelidad. Las obsesiones irán subiendo de tono y la historia se irá retorciendo a medida que avance el metraje en un guión que, en principio, tiene las armas típicas del thriller erótico de Hollywood: escenas sexuales esteticistas y tórridas, intriga mantenida en permanente erección con giros constantes en la trama, identificación de la belleza e independencia femeninas con el mal y del sexo fácil con el peligro, etc. Pero cuando el productor, Ivan Reitman, eligió a Atom Egoyan para dirigir la película, sabía que no buscaba a un simple artesano que contribuyese a desarrollar mecánicamente un producto de ese tipo. Por todo ello, el valor de Chloe no está precisamente ni en su reparto (a pesar del gran tour de forcé interpretativo entre las dos actrices principales) ni en su argumento, sino en cómo Egoyan lo utiliza para llevarlo a su terreno.

El canadiense se apoya en sus colaboradores habituales (Paul Sarossy como director de fotografía, Mychael Danna como autor de la música) y teje una historia turbadora ambientada en un Toronto frío y moderno donde todo es observado a través de cristales y espejos. Simples detalles como que en la consulta de la ginecóloga todo se pueda ver nítidamente desde fuera otorgan a la película esa especie de inestabilidad perversa que, al tiempo, es algo que entronca con el cine de su compatriota David Cronenberg. Por otro lado, el juego narrativo entre las descripciones de Chloe a Catherine de sus encuentros con David y cómo esto va afectando a la imaginación y al carácter obsesivo del personaje interpretado por Julianne Moore también consigue dotar de un interés adicional a lo que finalmente es una inquietante disección sobre el malestar congénito de la burguesía acomodada. Aunque se trate de otra obra menor en la trayectoria de Egoyan.

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