Déjame entrar

Tomas Alfredson

Silencio. Una pantalla en visión panorámica y un niño semidesnudo. De su laringe se emite una pequeña voz que, susurrante, clama gritos, remitiendo a sus infiernos. El frío y la noche permanecen como en una postal. Pocas veces un ritmo tan lento y con tan poca información había generado tanta expectación en el espectador. Es la historia de Óskar, un niño de doce años atormentado por el acoso de varios de sus compañeros de clase, que conoce a Eli, una misteriosa nueva vecina que trae no buenas bendiciones a los habitantes de la localidad. Así y todo Déjame entrar no es una historia de vampiros sin más. No es True Blood. Ni muchísimo menos es Crepúsculo. Su protagonista, Óskar, permanece sumido en la desesperanza y la omisión. Es un niño callado, solitario, aficionado a las páginas de sucesos. Y en esas se encuentra cuando conoce a una niña de su edad, Eli, también solitaria y, cuanto menos, rarita, que guarda misterios y secretos, y malas noticias para los demás vecinos. 

La película es atmosférica por los cuatro costados. El frío helado escandinavo que nos presenta su director, Tomas Alfredson, convive con la violencia vampírica, unión instrumental de todos los personajes, y con una banda sonora tétrica, suave y de tonos oscuros. Como una new wave de la Antártida. A eso le sumamos escenas lentas, expresiones ahogadas y personajes con excesiva carga socio y psicológica. En cierta manera, la dirección de Alfredson es bastante similar a la de las películas de Isabel Coixet, pero con colmillos y protagonistas en miniatura. Aunque, no por ello, menos valorados en sus buenos haberes. Más bien lo contrario, ya que tanto Kåre Hedebrant como Lina Leandersson consagran una película donde la trama es lo más parecido a un drama claustrofóbico, con toques de suspense y de thriller agudo. Y esto es, en gran parte, debido a la intensa carga violenta que Déjame entrar evoca. Pero no de violencia gratuita tarantinesca, sino de violencia desenfocada, de cine independiente. La cinta sueca no regala muertes, sino que aporta liberaciones internas con la violencia como instrumento y bonitas escenas de confianza, madurez y amor preadolescente.

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Faith 10/12/2011, 21:19
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