El retrato de D. Gray

Oliver Parker

El legado de Oscar Wilde es amplio, denso y alargado. Se ha paseado por el teatro, la poesía y el ensayo a sus anchas. Y entre todo eso, una novela. Y en ella, Wilde creó (hace más de un siglo) a un monstruo: Dorian Gray, un personaje casi real envuelto en una fábula de terror gótico. Desde ahí hasta ahora, Dorian Gray se ha transformado en un personaje popular, perteneciente al imaginario colectivo, mencionado, nocivo, adorado y pretendido por todos. La filosofía de su historia creó escuela y, en cierta manera, rompía las reglas de finales del siglo XIX (época en la que se escribió y en la que está ambientada la historia) y abría un paraguas que tardaría años en ponerse en práctica, el de la superficialidad como meta y arma base en la vida de las personas.

Y adaptar un clásico literario de este calibre no puede ser fácil. Oliver Parker no es el primero ni el segundo, pero sí el que lo hizo en la etapa de mayor superproducción cinematográfica, por lo que su apuesta es bastante más arriesgada, sobre todo sabiendo que tiene dos referencias en el cine como las que hicieron Albert Lewin y Massimo Dallamano en 1945 y 1970, respectivamente, muy bien vistas. Pero Parker actualiza de un modo bastante comercial sin perder el hilo conductor de la historia, arriesgándose con la ambigüedad y el canallismo que en anteriores referencias faltaba un poco. Por mucho que los retrófilos quieran atarse a las versiones anteriores, en esta nueva Parker logra convencer al espectador con un reparto muy cuidado. Quizás cojea un poco la expresión algo sobreactuada del joven Barnes, haciendo de su personaje de Dorian Gray alguien real pero, quizás, demasiado oscuro. Se parece (física e interpretativamente) al primer Keanu Reeves pero desde una perspectiva actual cercana a los jóvenes vampiros de la saga Crepúsculo. Se acaba formando un verosímil aunque plástico teatro de una realidad avanzada. La historia, básicamente, trata sobre la llegada de Dorian a la casa de su abuelo tras el fallecimiento de éste. Tiene veinte años, es joven, rico, apuesto y deseado por todos, pero él no se da cuenta. Su extrema bondad y su visión fantasiosa de la vida le tiene los ojos tapados hasta que conoce a Henry Wotton (un excelso Colin Firth), quien sería su mentor en el arte del disfrute y el iniciador en una vida repleta de excesos y placeres. Dorian Gray pasa de ser un cuidado señorito inglés a un macarra de cuidado, adicto al sexo y a disfrutar de los placeres y dispuesto a todo para conservar su cara angelical y su belleza externa eternamente. Su deseo se cumple, ya que el retrato que su amigo Basil ha pintado de él recogería todos sus excesos y el paso de los años en esa imagen, la que encerraría todo el mal y perpetuando la juventud y la belleza de Dorian en su vida física. Parker se consagra como adaptador oficial de obras clásicas (ya lo había hecho con otra de Wilde, La importancia de llamarse Ernesto, y con Otello, de Shakespeare) y se distancia de la comedia hortera para adolescentes que le había dado cierto éxito (Supercañeras o I Really Hate My Job) con una obra que seguramente no será un título cumbre pero sí que reúne a partes iguales los sinsabores de la literatura filosófica y antropológica, ahondando en la psicología de una sociedad castrada desde la perspectiva superficial de un símbolo: un vivo retrato. Y tan vivo.

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