Cuando eres punki y pretendes hacer la revolución tienes algunas posturas para escoger. La típica: coger una guitarra, no tener ni pajolera de tocarla y cantar a la anarquía y a la cerveza fría. Y claro, cagarte en la policía (que también rima con “ía”). La intermedia: no votar, ir a los conciertos de aquellos grupos y, de vez en cuando, leer algún libro de Karl Marx o Engels creyendo que la vida que se planteaba en los núcleos del primer socialismo era más idílica. La que más nos gusta a nosotros y, claro, la más efectiva porque hace pensar a la gente y plantea nuevas hipótesis a camino entre la utopía y la iniciativa del “manos a la obra” es la que ejerce Hans Weingartner, un neurocirujano que un buen día dejó su profesión y comenzó a grabar películas sobre lo que a él le preocupaba. La primera, El sonido blanco, encumbró a un post-púber Daniel Brühl a la fama en el papel de un joven esquizofrénico. La segunda quizás os suene, Los Edukadores, el preámbulo a la constante en la utopía democrática desde el activismo político de izquierdas y anticapitalista (o antiimperialista) y el efecto pensante de un grupo de jóvenes que plantea un posible cambio social efectista. La tercera y que nos atañe ahora llega con tres años de retraso a España y quizás no supere a la anterior y hasta caiga en materias más clásicas y sufra patologías demasiado efectistas, pero plantea hipótesis más comunes a toda la sociedad y es tan real y posible que uno está esperando que alguien tome las riendas de la idea de Weingartner. Un juego de inteligencia plantea la revolución desde el mando a distancia y contradice a Gil Scout-Heron en aquello de que la revolución no será televisada.
Sí, Weingartner hace sesudo punk cinematográfico en cierta forma. Un juego de inteligencia nos presenta a un magnate de la televisión, Rainer Katner. Treinta años, toda la pasta gansa, lujos, toda la fama, una mujer guapísima, cocaína a toneladas y uno de los principales culpables del ascenso de la televisión basura. Su último éxito es crear un reality show descerebrado en donde tres hombres compiten con la eficacia de su esperma para dejar embarazada a una mujer. No os riáis porque no está tan lejos de la depresión que produce la enseñanza de Las joyas de la corona, con Carmen Lomana intentando (supuestamente) educar al modo de la alta sociedad a un grupo de quinquis y chonis veinteañeros/as, o el constante circo sucesivo que lleva tantos años triunfando en la televisión (llámese Sálvame, ¿Dónde estás corazón?, Esta cocina es un infierno o lo que sea). Pues eso es lo que hace Rainer. Se odia a sí mismo. Odia su vida y su única válvula de escape es perseguir el suicidio por medio del exceso continuo. Un día despierta a golpe (nunca mejor dicho) de un accidente que una vengativa joven (Pegah) le atropella a posta con su coche, cobrándose la justicia por su mano. Casi muere, pero no. Despierta y encuentra en Pegah alguien que le abre la mente. Tumba sus proyectos televisivos anteriores y prueba con un programa de contenido político y cultural. No lo consigue: los índices de audiencia y su propia cadena tumban el programa. A partir de ahí, exilio voluntario y la formación de un equipo (formado por excluidos sociales y activistas en la sombra) de saboteadores anónimos ocultos en el campo. ¿La forma? Actuar con métodos informáticos en el índice de audiencias, tan limitado y criticado por todo el mundo pero la única supuesta forma de manejar la televisión. Consiguen que la gente apague la tele o cambia de cadena. Que las cadenas se reinventen. Incitar a la lectura. Salir al parque. Toda la utopía que te imaginas hecha realidad. Salvan (según cómo se mire) la televisión y la mente de la sociedad alemana. La plebe y los marginados sociales hacen una revolución, curiosamente, por medio de la televisión.
Un juego de inteligencia es cine inteligente, irónico, cómico por momentos, extremista y didáctico. Actúa en la psicología de una sociedad que ve televisión, de media, cuatro horas al día (flipa: es un dato verídico). Plantean algo válido: quitar Gran Hermano y multiplicar programas como Redes, Versión original o los documentales de La 2. Algo difícil, pero natural en el fondo. A pesar de eso, sobra media hora y cae en tópicos demasiado usados (la droga en el mundo del espectáculo, lo mala que es la sociedad, lo inteligentes que son los colectivistas, etc.) que hacen de Un juego de inteligencia un panfleto algo usado, aunque biempensante. Destacan, por encima, dos cosas de la película: el papel de Maiwald (director de la cadena en la que trabajaba Rainer) y sus diálogos con Rainer en la que suelta perlas como hacerlos mejores personas no es nuestro trabajo o nuestra gente sólo reacciona con basura: ¡démosle basura! y, por encima de eso, la idea y la filosofía en sí. Es una historia armada perfectamente en torno a una utopía que a priori se antoja imposible pero que Waingartner logra hacer realidad sin caer en futurismos estúpidos ni activismos políticos extremadamente (darle importancia a esta palabra porque, a ver, obviamente Weingartner no vota a la extrema derecha en su Alemania natal, precisamente) declarados. Una biografía del proceso del cambio de lo imposible hacia lo real. Pero por siempre virtual, lamentablemente.
Título: Un juego de inteligencia
Director: Hans Weingartner
Género: Drama social revolucionario
Reparto: Moritz Bleibtreu, Elsa Sophie Gambard, Milan Peschel, Gregor Bloéb, Simone Hanselmann
Guión: Hans Weingartner y Katharina Held
Música: Adem Ilhan y Andreas Wodraschke
Fotografía: Christine A. Maier
Duración: 132 min.
Estreno: 27.08
Venta de entradas: www.entradas.com
