Todo cuanto sé, lo sé porque amo. Así empieza La última estación y así se puede resumir la filosofía de Tolstói: amar. Aquella máxima que ha llevado a títulos como Anna Karénina o Guerra y paz a lo más alto de la literatura universal. Pocos escritores se han acercado (si es que realmente lo han hecho) a la literatura del escritor ruso. Superdotado en el sentido más intelectual de la palabra (desconocemos si también en sus otros usos), el ruso fue, a su vez, el impulsor de un movimiento ideológico hacia el final de su vida que movilizó a miles de personas y se lo ha comparado, incluso, con la figura de un mesías terrenal en vivo y en directo. Y así es como era su vida en los últimos años: viva, directa y compleja. Y así es como la relata, a su vez, Michael Hoffman.
Hoffman es un experto en literatura. O al menos eso es lo que intenta hacernos creer, al adaptar novelas de Shakespeare (El sueño de una noche de verano) y Rose Tremain (Restauración) e, incluso, utilizando a un escritor como Don DeLillo como guionista en su anterior película (Game 6). En esta ocasión, La última estación lo que retrata no es una historia de ficción (aunque sí la novela de Jay Parini), sino los últimos meses de Lev Nikoláyevich Tolstói y, sobre todo, la vida de su entorno (sobresaliendo la figura de su mujer Sofía) a partir de su anarquía personal, su distanciamiento del mundo literario en concreto y su acercamiento hacia el mundo de las ideas y su propia revuelta social: el movimiento tolstoiano. Aquél que hizo que el escritor no sólo se aleje de las letras, sino que se obsesione con un mundo que no parece que sus más devotos parecían comprender del todo. Ahí es donde se origina la queja de su mujer, Sofía, musa única del escritor durante casi cincuenta años, habiéndole dado trece hijos y una vida entera de amor y compañía. Los últimos años el choque era clave: Chertkov, el mojigato y más devoto de los súbditos del movimiento tolstoiano, quería transformar la ideología de Tolstói en un regeneramiento del fondo y las formas, olvidándose de las máximas del amor en el tono más libre y castrando bucólicamente la idea global del escritor. Las diferencias entre Chertkov y Sofía (una impresionante e imprescindible Helen Mirren que, por algo, se ha merecido una nueva nominación al Óscar) son evidentes: Sofía pelea por no perder ni a su marido (aquél que se preocupaba por amarla a ella y no, supuestamente, al prójimo) ni lo que ella considera que es suyo, mientras que Chertkov pretende que Tolstói entregue su legado literario y sus tierras al pueblo ruso, debido a que si sus máximas comprenden la igualdad de todo el pueblo, todos deberían tener acceso libre al escritor. En medio de ese marco excesivo, aparece un joven, inexperto en cuestiones de vida y experto en labores tolstoianas, Bulgakov, que se transforma en el nuevo secretario de Tolstói. Allí conoce en primera mano las ideas y se da cuenta que el concepto divulgado por el movimiento no es exactamente el mismo que el del escritor. Conoce, además, el sufrimiento de Sofía y su propio sufrimiento por no cumplir con la máxima más importante: la libertad de amar. Hoffman retrata a modo de drama mainstream una historia real, histórica, dolorosa pero que no cae en los clichés del cine adaptado del estilo Orgullo y prejuicio, sino que aplaude la filosofía libertadora del corazón al aire libre, el amor real y el ansia de poder de las personas en ocasiones concretas. Una oda a la libertad atada de manos y una intensa incisión sobre dónde empiezan y dónde acaban los límites a la hora de vivir.
Título: La última estación
Director: Michael Hoffman
Género: Drama histórico
Reparto: Christopher Plummer, Paul Giamatti, James McAvoy, Helen Mirren, Anne-Marie Duff, Kerry Condon
Novela original: Jay Parini
Guión: Michael Hoffman
Música: Sergei Yevtushenko
Fotografía: Sebastian Edschmid
Duración: 112 min.
Estreno: 11.06
Venta de entradas: www.entradas.com
