Moonrise Kingdom

Wes Anderson

La séptima película del inimitable Wes Anderson supone la culminación de un estilo que, por más claramente reconocible que sea, no deja de sorprender. En Moonrise Kingdom, cuyo guión ha escrito a medias con Roman Coppola, consigue mantenerte enganchado desde el primer al último minuto, despertando la hilaridad, la emoción o la perplejidad –a veces las tres cosas al mismo tiempo- en cada plano. Desde el arranque, con un peculiar homenaje al compositor Benjamin Britten y un estilo visual cada vez más deslumbrante, el director de Academia Rushmore, Fantástico Sr. Fox o Los Tenenbaums te invita a entrar en un mundo sumamente peculiar, una década de los '60 reimaginada y una isla fantástica de Nueva Inglaterra con campamentos de boy scouts, iglesias donde los niños hacen extrañas representaciones disfrazados y, por supuesto, familias disfuncionales.

Ahí se enmarca una trama que gira en torno al pacto de amor que realizan Sam y Suzy, dos niños de 12 años, un tanto nerds, bastante inadaptados, altamente idealistas (excelentes debuts de Jared Gilman y Kara Hayward) que deciden escapar juntos, él del campamento scout y ella de su casa. Una idea que podría ser tratada de forma moñas, condescendiente o exacerbadamente romántica y a la que Anderson y Coppola aplican otro tipo de mirada, digamos que agridulce, mostrando las contradicciones, encantos y errores que, al igual que los adultos, pueden tener dos preadolescentes. De hecho, tras la caricaturización de los personajes mayores se esconde también un retrato humanista que los muestra más verosímiles que muchos de los caracteres que encontramos normalmente en el cine. Y, ojo, que no estamos hablando de cualquier cosa: Bill Murray y Frances McDormand son los padres de ella, Edward Norton y Harvey Keitel son monitores scouts, Bruce Willis es un policía de medio pelo y Tilda Swinton una empleada de los Servicios Sociales. Todos ellos, riéndose de sí mismos sin dejar de emocionar (aunque sea desde el no siempre fácil punto de vista del post-humor), contribuyen a dar forma a una película magistral cuyo punto culminante es una maravillosa escena en una cala en la que suena de fondo la canción Le temps de l’amour, de Françoise Hardy.


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