Madrid, 1987

David Trueba

Fue el verano en que U2 tocó por primera vez en el Santiago Bernabéu, España estaba recién entrada en el Mercado Común y la OTAN, Jesús Gil saltaba a la fama como presidente del Atlético de Madrid, la Quinta del Buitre vivía sus días de gloria y el Felipismo empezaba a morir de éxito traicionando los ideales socialistas por el sueño yuppie y el terrorismo de estado. En 1987 se podría ya hablar de una post-transición, una encrucijada entre un mundo caduco y la incertidumbre del que estaba por venir. Una palabra utilizada hasta la extenuación en los medios de comunicación de aquella época era “desencanto”.

David Trueba
comienza su película situándonos precisamente en lo que está a punto de convertirse en obsoleto, con un viejo columnista de prestigio, Miguel (José Sacristán), escribiendo a máquina y fumando un Ducados en uno de los cafés clásicos de Madrid. Allí se produce su encuentro con una joven estudiante de periodismo, Ángela (María Valverde), que recientemente le ha entrevistado y a quien él entra a saco sin perder el tiempo con disimulos. Por un cúmulo de circunstancias absurdas, propias de Buñuel o Kafka, ambos acabarán teniendo que pasar un fin de semana encerrados y desnudos en el baño de una casa. Ahí es donde se desarrolla casi todo el metraje del quinto largo de ficción del irregular Trueba –capaz de lo mejor en La buena vida y Soldados de Salamina y de lo peor en Obra maestra y Bienvenido a casa-, un film formalmente muy arriesgado que, al mismo tiempo, nos retrotrae a ciertos clichés de una época que, vista desde la actualidad, resulta bastante casposa pero que, en realidad, van algo más allá.

Comencemos por los riesgos: se trata de una película completamente dialogada, sin música –si excluimos la canción final de Irene Tremblay- y filmada con dos personajes encerrados en un minúsculo cuarto de baño. El director no se lo pone fácil al espectador pero, sin embargo, sale victorioso de la apuesta: su utilización del espacio (con los recursos que ofrecen un espejo, un ventanuco, una bañera y un w.c.), los encuadres y sus juegos de planos y contraplanos rompen con la sensación de agobio que podría provocar algo así. Por otro lado, el guión y los diálogos –sin duda la mayor habilidad de Trueba- te mantienen enganchado a la película pese a que, en especial, la verborrea de ese columnista encantado de escucharse, podría poner a uno de los nervios.

Aquí es donde entramos en los clichés. El personaje de Sacristán se sitúa entre la autoimitación (tiene mucho de los papeles que el mismo actor ha hecho para José Luis Garci y Adolfo Aristarain) y la encarnación de cierto arquetipo del viejo periodista/escritor: adicto al alcohol y el tabaco, viejo verde, bastante repugnante, irritante y pedante, pero también con un poso de vulnerabilidad y derrota, como si fuese consciente de que en los años por venir perderán aquella autoridad y respeto de la que gozaban, ya no habrá jovencitas a las que puedan seducir con el simple arte de la palabra ni admiradoras que les pidan autógrafos en un bar. Por eso, también, su discurso es cínico frente a la inocencia y el idealismo de una María Valverde de la que sabemos mucho menos: mira, calla y, poco a poco, va revelando algunos de sus misterios. Junto al cliché en la construcción de personajes, se introduce el de la relación entre ellos: típico intercambio de poder donde el prestigio y la experiencia vital del hombre establece un tour de force con la juventud y el atractivo sexual de la mujer y su deseo de aprendizaje (o de trepar). Mérito del director es que no se queda en eso y, sin romper con este punto de partida, establece entre ellos un diálogo en permanente desequilibrio y en el que afloran la dominación, el pudor, la lástima, la incomprensión, el odio o la pasión. Por momentos, el suyo podría ser otro más de los amores descompensados y ridículos de Saber perder, la última novela de Trueba, pero plasmado a partir de las diferencias entre sus palabras, sus miradas y las imágenes de sus cuerpos desnudos: uno en flor, en la cima de su poderío erótico, y otro marchito, mostrando la fragilidad e inevitabilidad del declive.

El autor deja prácticamente para el final una hermosísima secuencia, para mí decisiva, cuando, ante una pantalla imaginaria en un marco vacío, el personaje de Sacristán inventa sobre la marcha otra película dentro de la película que, en realidad, es una reivindicación del relato oral y la imaginación. Nunca como en todo el resto del metraje se produce tal complicidad entre los dos personajes. Y la conclusión a la que llega esa escena repleta de tantos significados termina, de algún modo, amplificando la sensación de fractura, de desencuentro personal y generacional, de soledad y melancolía. De desencanto.

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