Cumbres borrascosas

Andrea Arnold

La archiconocida novela de Emily Brontë ha sido adaptada a la gran pantalla en, al menos, una docena de ocasiones con anterioridad a ésta (la más popular de entre las recientes puede que sea la que dirigió Peter Kosminsky en 1992, con Juliette Binoche y Ralph Fiennes). ¿Qué sentido puede tener, pues, que lo vuelva a hacer Andrea Arnold, cuyos dos magníficos largos anteriores, Red Road (2006) y Fish Tank (2009), partían de historias de cosecha propia? El principal, que esta obra inicialmente realizada por encargo pero que al final la directora británica –quien firma la adaptación del guión junto a Olivia Hetreed- convierte en poderosamente suya, moderniza, rompe con el acartonamiento de qualité con el que se ha tomado la historia tantas veces y, finalmente, la subvierte para retomar toda su esencia inicial.

No perderemos demasiadas palabras en describir la trama, ya suficientemente conocida: siglo XIX, un granjero de Yorkshire encuentra en Liverpool a un niño abandonado, Heathcliff, y se lo lleva a su casa, donde lo trata como una especie de hijo adoptivo. Allí, él inicia una tormentosa relación romántica con su hermana postiza, Cathy, desatando el inevitable drama. El atractivo de la adaptación de Arnold no está tanto en el argumento como en la forma de plasmarlo visualmente y en ciertos atrevimientos formales: Heathcliff (Solomon Glave/ James Howson) es negro, lo cual añade un análisis de relaciones de raza a la historia original. Por otro lado, Cathy (Shannon Beer en sus años púberes, Kaya Scodelario en los de mujer hecha y derecha) refleja un espíritu adolescente salvajemente carnal, casi asilvestrado, que rompe con la mojigatería disfrazada de corrección política con la que se suele tratar a las chicas de estas edades en el cine actual.

Visualmente, las Cumbres borrascosas de Andrea Arnold son un puro deleite estético, sensualidad en estado puro. Filmada de forma prodigiosa y sin más música de fondo que los sonidos del viento en contacto con la naturaleza, consigue que la humedad, la bruma, el tacto de la hierba, la tierra (incluso diría que se percibe el olor) prácticamente traspase la pantalla y se pegue en la piel del espectador. Su reflejo de la más pura carnalidad en una naturaleza que parece contar con vida propia, ayudada por algunas imágenes simbólicas marca de la casa -los caballos, que ya aparecían en Fish Tank- y su uso de la luz natural, contribuyen a dotar a la historia creada por Emily Brontë del romanticismo violento y visceral del que con tanta frecuencia se le había despojado. Con naturalidad, sin aspavientos grandilocuentes ni sobreactuaciones, se revela como una adaptación tan valiente como, desde ya, imprescindible.


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