Los descendientes

Alexander Payne

No había noticias de Alexander Payne desde que nos dejase deslumbrados con el mejor episodio de la película colectiva Paris je t’aime (2006). Un lustro después, el director de Entre copas (2004), A propósito de Schmidt (2002) y Election (1999) regresa al fin con una cinta notable pero que también defrauda de modo leve las expectativas, básicamente por reunir algunos topicazos más de los que se le podían presuponer.

Basada en una novela de Kaui Hart Hemmings, Los descendientes se desarrolla en Hawai y tiene como protagonista a Matt King (George Clooney), un abogado de mediana edad con matrimonio en crisis que, a raíz de un tonto accidente sufrido por su esposa, se encuentra con que tiene que cuidar a sus dos hijas, de 10 y 17 años, a quienes apenas conoce. Paralelamente, descubre un secreto conyugal que le comienza a martirizar y, además, se encuentra con que su familia le está presionando para vender unas tierras que han ido heredando de generación en generación desde el siglo XIX. Payne utiliza esta trama para volver a plasmar algunas de sus obsesiones, en especial el paso a la madurez de un personaje masculino que, por edad, debería serlo pero, por comportamiento, no es capaz. King se ve obligado a hacerlo por un trágico absurdo, pero ello deriva en una reflexión algo moralista y muy sobada últimamente por el cine adulto norteamericano de familia disfuncional, estética indie y talante progresista: todo eso de aprender a convivir con las imperfecciones para ser feliz, renunciar a los traumáticos ideales de autosuperación que te exige cumplir el sueño americano. La idea está bien, pero comienza a ser un género cansino. Por otro lado, la forma en que se van acercando paulatinamente padre e hijas es tan previsible como el mensaje ecologista y anticolonialista que se desprende de la parte final.

Al igual que los bastante similares Wes Anderson y Noah Baumbach, Payne se consolidó en la pasada década como un especialista en el humor amargo. Ese tono se mantiene en su nuevo film, aunque esta vez el drama predomina mucho más claramente sobre la comedia. Tanto, que hasta hay momentos en los que se recrea demasiado en lo lacrimógeno: algo muy poco sutil para lo que él nos tenía acostumbrados. Sin embargo, al reducir el nivel satírico consigue que se rebajen también las sospechas de misantropía que se podían inferir de sus trabajos anteriores. Ahora, Payne es mucho más compasivo con sus personajes y también profundiza mucho más en sus caracteres y contradicciones. Ya no se ríe tanto de ellos, sino que se ríe (y llora) con ellos. Es interesante, por ejemplo, cómo muestra las diferentes aristas del protagonista (al que, encarnado por un excelente Clooney, vemos enmarronado, desesperado, cándido, ridículo, vengativo, obsesivo hasta lo psicópata y héroe de lo cotidiano), la transformación de la hija mayor, a quien a lo largo del metraje vamos observando claramente cómo se hace adulta; o el retrato de personajes secundarios como el suegro, tan capullo y cruel como hundido y lleno de amor en el mismo plano.

Fijándonos en el detalle, es muy gozoso ver cómo el director destroza ciertas convenciones formales sin que apenas nos demos cuenta. Por ejemplo, comienza narrando todo con la voz en off de Clooney y, de repente, ésta desaparece. Por otro lado, la ambientación en Hawai (un archipiélago en el que las islas están separadas como las personas, como bien dice el narrador) es otro de los grandes logros, al romper los tópicos de turismo y alegría asociados a ese lugar y mostrarnos a personajes en bermudas y camisa floreada haciendo negocios, visitando hospitales o corriendo torpemente, lo que acentúa todavía más el absurdo que se pretende plasmar.


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