América, una...

João Nuno Pinto

Es tan poco lo que hace que nos quedemos en el mismo lugar, pero se necesita tanto para partir. Con esta poética reflexión, veraz y cruda como lo es la frustración de la vida misma, arranca el primer largometraje del que promete apuntando a maneras João Nuno Pinto, América, una historia muy portuguesa. Un drama incómodo y desasosegante que hace del tormento, la huida, el escapismo y la evasión emocional a la carrera, la esperanza de encontrar un término mínimamente satisfactorio en la trayectoria de la vida de su protagonista. Resulte o no un mero espejismo provocado por la potencia del anhelo con el que lo desea. Una sustancia amarga y asfixiante que se posa y caracteriza el relato de Lisa (Chulpan Khamatova, de Goodbye, Lenin!), una joven rusa, silenciosa, que abandonó la hostilidad traumática que le acorralaba en Rusia cuando un día decidió encaminarse a Portugal con su hijo Mauro en busca de una vida mejor. Un personaje roto, tumoral, enfermo, encallado como lo estará esa barca en la techumbre, magullado, herido. Y una trama que le sirve a Nuno Pinto para estructurar subtramas, más dramáticas que críticas, sobre la identidad, los dictados hostigantes de la vida, la resignación melancólica, la inmigración ilegal, la mafia, el amor y la indescriptible, tozuda y persistente capacidad del ser humano por mantener una ilusión viva. Algo que representa a través de una narración que aprovecha al máximo la texturización del celuloide, la sombra, la luz, el claroscuro predominante, la música (del navarro Mikel Salas) el derrumbamiento (no sólo anímico) del contexto, el realismo atroz, en ocasiones mágico, pero ennegrecido; pequeñas notas de surrealismo bizarro, algún tartamudeo subnarrativo, la temperatura de color, la fotografía, sus encuadres y otros recursos simbólicos – en un espacio estético-fílmico entre Jeunet, Bilge Ceylan y Lauzon - que reverberan e intensifican una herida que no se cierra porque sobre ella, sangrante, sigue echando sal la película.

Cova de Vapor, un barrio lisboeta que se destartala orillado y erosionado por un sombrío y constantemente embravecido mar (que refleja agitado una continua tormenta que no sólo es de viento y agua), acoge la nueva vida de Lisa emparejada junto a Víctor (Fernando Luís), un portugués que se dedica a la falsificación de pasaportes para una oleada incesante de inmigrantes que ve llegar la capital portuguesa. Una nueva América sobre la que no sólo Lisa tiende a proyectar sus sueños. Allí vive condenada a la frustración de ser alguien que no quiere ser, llegando incluso a negarse y a provocar el enmudecimiento de su hijo Mauro. El constante trasiego de inmigrantes ilegales que hostigan su hogar reclamando esas nuevas identidades pagadas por un pasaporte, la banda de la que se rodea Víctor en su truculento negocio (incluyendo al cura del barrio, que rescata para la sorpresa a Francisco Maestre) y el clima que rodea su entorno, oscurece y agria la existencia de Lisa. Algo que empeora cuando llega Fernanda (María Barranco, que pensábamos muerta), la ex – mujer española de Víctor quien, como una sultana, somete a sus caprichos a todos los que están metidos en el ajo. Es entonces cuando aparece un grupo de tres ortopedistas ucranianos, entre los que se encuentra Andrei, o lo que es la última oportunidad de Lisa de atisbar un rayo de sol en su borrascosa vida. Hasta que un día el camino se termina. No porque ya no haya más camino, sino simplemente porque yo me paro. Dejo Correr. Y su relato culmina.

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