El monstruo hace mucho más ruido cuando adopta el silencio como método de comunicación. Cuando la apatía, la distancia social y el autismo gobierna tu mensaje, la paliza que continúa genera bastantes moratones más. El lema de Abel podría ser “los chavales crecen”. Crece, primero, Diego Luna, porque se recibe, además de como uno de los mejores actores latinoamericanos de, al menos, los últimos diez años –título que se ganó por papeles en Y tu mamá también, Mi nombre es Harvey Milk o Sólo quiero caminar, entre otras-, como director de ficción. Y crece, segundo, Abel (el personaje y la persona), por hablar de la madurez anticipada como método de reacción a un trauma infantil. Tras haber hecho un breve escarceo en la dirección, proyectando la imagen del reconocido boxeador Julio César Chávez en un documental, Luna coge papel y lápiz y escribe, a cuatro manos junto con Augusto Mendoza, su primera película de ficción: Abel o el riesgo de trabajar los traumas de un niño y el complejo de Edipo desde la subterraneidad tercermundista de un pueblo de México.
Abel tiene nueve años. Está internado y en silencio en un hospital psiquiátrico infantil: no habla. No porque sea mudo, sino porque no tiene o no quiere decir nada. Su padre lleva dos años fuera y lo abandonó a él, a su adolescente hermana, a su hermano pequeño y a su madre. Su madre lo visita a diario a la clínica y consigue un permiso para llevarse unos días a Abel a su casa y ver a sus hermanos e intentar recuperar la rutina. Abel sigue inerte, como zombi, aislado del mundo. Un autista en toda regla. Camina, mira, revisa cosas hasta que un día cambia el rol. Abel se convierte en el padre de familia, se identifica como la figura paterna y de autoridad de sus hermanos y el marido de su madre. Tiene un Edipo de tres pares de narices que nadie detiene, justamente porque ha vuelto a hablar y, aunque no sea un comportamiento normal para un niño de nueve años, está consiguiendo logros en su familia. Psicología inversa, lo que se dice. Su padre regresa y con él un infierno detrás: la negación, la no identificación de la figura, varios miedos y traumas a la luz. Abel es una locura materno-filial que aborda las parafilias más excesivas, la psicología de la niñez y la ausencia de figuras de mando en la sociedad latinoamericana. El cambio de rol y la transformación y el amor de una madre a un hijo sobre todo (como pudimos ver hace poco en Todo lo que tú quieras, de Achero Mañas). Christopher Ruiz-Esparza (sin olvidar a su hermano pequeño, que también lo es en ficción: Gerardo Ruiz-Esparza) se postula como uno de los nuevos niños prodigio del cine latinoamericano, como lo pudo ser en su día el propio Luna (más autobiográfico y no lo cuentas) o Rodrigo Noya hace pocos años. Un tratado real, dinámico y de alto contenido sociológico de la sociedad mexicana y dos figuras que se repiten: la de la madre todopoderosa y la del padre evasivo que elude al compromiso.
Título: Abel
Director: Diego Luna
Género: Drama
Reparto: Christopher Ruiz-Esparza, Karina Gidi, Geraldine Alejandra, Gerardo Ruiz-Esparza, José María Yazpik, Carlos Aragón
Guión: Diego Luna y Augusto Mendoza
Fotografía: Patrick Murguia
Estreno: 01.10
Venta de entradas: www.entradas.com
