Mis tardes con...

Jean Becker

Es curioso cómo, en ocasiones, la elección y el buen hacer de un actor pueden transformar una película más bien sosa, cursi y de contenido escaso en una historia entretenida, tierna y bella. La culpa de esto no la tiene (al menos en esta ocasión) el director de la película, Jean Becker (Conversaciones con mi jardinero, La fortuna de vivir), sino Gérard Depardieu, quizás el actor más importante que ha dado Francia en las últimas tres décadas, al menos, y protagonista de Mis tardes con Margueritte.

Depardieu tiene una sana costumbre, que es la de trabajar. En el caso de los actores está bien que trabajen y tengan ganas de currarse personajes, pero es que el actor francés ha ido escogiendo sin mirar algunos papeles que han hecho que pierda cierta reputación y que nos haya acostumbrado a papeles algo grotescos e innecesarios como los de los films Astérix en los juegos olímpicos, ¿Cuánto me amas? o Los niños de Timpelbach, por nombrar sólo tres títulos de los muchos que grabó en los últimos cinco años. Aquella sana costumbre con la que nos aleccionó en papeles de películas como El último metro, Todas las mañanas del mundo o La mujer de al lado acabó casi por vapulearla sólo por mantenerse en actividad. Lo que tiene Depardieu es que prácticamente cualquier papel para él es posible que acabe convirtiéndose en algo grande, por muy menor que parezca que vaya a ser. Y eso es lo que pasa en la nueva película de Becker, que Gérard se come (en todos los sentidos) la película. Su papel es el de Germain Chazes, un hombre soltero (aunque en pareja) y de mediana edad que vive en una caravana pegado a la casa de su madre. Germain es, en pocas palabras, tosco, lerdo, lento, más bien tontito. Es un bonachón, tierno, cariñoso y amigo de sus amigos, pero no tiene muchos jugadores en la cancha. Creció sin padre y con una madre que le ha mostrado desprecio durante toda su vida. Tuvo que aprender todo solo. Nunca ha leído seriamente ni conoce ninguna novela. Vive de hacer chapuzas y se pasa el día entre el bar, los curritos momentáneos y sus visitas a las palomas del parque. En una de esas visitas se encuentra con Margueritte, una anciana culta, gruesa lectora y que conecta con Germain justamente por la diferencia de opuestos. Dos extremos en edad, peso y cultura que acaban retroalimentando una relación peculiar de amor (en el sentido más puro de la palabra), enseñanza y amistad. La necesidad mutua por tener un amigo confiable que entienda lo más oculto de su personalidad genera que los dos lean durante semanas textos de Romain Gary, Sepúlveda o Supervielle frente al coro de palomas del parque.

Una historia breve, entretenida, enternecedora, con moraleja y no demasiado gorda en cuanto a contenido psicológico, más que apuntar a un momento y un lugar determinado en dos personas radicalmente diferentes y un actor que enaltece en superior un personaje que, representado por otro, sería diminuto.

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