Ruby Sparks

Jonathan Dayton y Valerie Faris

Calvin Weir-Fields (Paul Dano) es un joven escritor cuya primera novela fue un éxito, pero que está sometido a un bloqueo creativo. Busca la salida entre conversaciones con su psicoterapeuta (Elliott Gould) y un hermano mucho más frívolo y terrenal (Chris Messina) que intenta convencerle de que rompa con su aislamiento, conozca a mujeres y…, vamos, que lo que tiene que hacer es salir del cascarón y follar más. En sueños, comienza a aparecérsele recurrentemente una chica, a la que convertirá en personaje principal de su intento de próxima novela y a quien bautizará como Ruby Sparks (Zoe Kazan en la pantalla). Pasados unos días, Ruby aparece en su casa, convertida en un ser real y, al mismo tiempo, en su pareja. Calvin descubre que no es una alucinación, sino que se ha vuelto realmente una persona de carne y hueso, visible también para los demás, pero que no deja de ser un producto de su propia imaginación: él puede predecir y modelar sus actos simplemente escribiendo lo que va a hacer… y ahí –pasamos de spoilers- se tejerá todo el hilo dramático de la película.

Ruby Sparks es un guión de la propia Zoe Kazan (nieta, por cierto, de Elia Kazan y pareja de Paul Dano en la vida real) y, en honor a la verdad, no tan original como parece a primera vista. Hay referencias reconocidas (el mito de Pigmalión, el cine de Woody Allen), evidentes (que el protagonista se llame Calvin no puede ser más que un homenaje a las historietas de Calvin & Hobbes), coincidencias con otros filmes recientes de factura pseudo indie (Más extraño que la ficción, Lars y una chica de verdad, en cierto modo los guiones de Charlie Kaufman) e incluso antecedentes remotos y posiblemente desconocidos por la autora (la novela Niebla, de Miguel de Unamuno, que ya planteaba un conflicto entre su protagonista como personaje de ficción que así se descubre y su creador como manipulador). Pese a todo ello, hay frescura e inteligencia en la película, dirigida por el mismo matrimonio que hizo de Pequeña Miss Sunshine un éxito inesperado, además de ser francamente divertida.

En el cogollo subyace una reflexión sobre el acto creativo que, en realidad, se extiende a la recurrente fantasía en una relación sentimental de poder predeterminar y modelar los comportamientos de la pareja. Ahí aparecen ideas interesantes en torno a la idealización del otro, al control y la libertad, a la inseguridad y al miedo a quedarse solo. Hay una perspectiva ligeramente feminista (el hombre es el creador y el ególatra, la mujer el objeto idealizado-fantaseado) que consigue no ser ofensiva con respecto al género masculino, lo cual, en un entorno de comedia romántica que no deja de ser amable, consigue hacer pensar y, al mismo tiempo, la vuelve accesible. La introducción de elementos fantásticos no chirría –aún a sabiendas de que es lo más arriesgado de la película-, y eso sólo sucede en los momentos en que aparecen la madre de él (Annette Bening) y su amante (Antonio Banderas), personajes grotescos pintados con una brocha algo más gorda. Para compensar, las puntuales apariciones del gran Steve Coogan interpretando a un editor literario estrella, hacen subir la temperatura de la película, siempre por detrás de la pareja protagonista, cuya química es incuestionable. Si a Paul Dano ya lo conocíamos de sobra (Pozos de ambición, la propia Pequeña Miss Sunshine), es Zoe Kazan el gran descubrimiento de una película en la que resulta imposible no enamorarse de ella.

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