Un lugar donde...

Paolo Sorrentino

Vale: la caracterización de Sean Penn en esta película hace pensar automáticamente en Joaquín Reyes disfrazado de Robert Smith. Pero antes de que la inspiración se pierda en el horizonte, talemos el árbol no para darnos una hostia gótica, sino para ver el bosque. Hay una innegable pose caricaturesca y afectada en la encarnación que el actor hace de Cheyenne –en realidad, personaje inspirado a medias por el líder de The Cure y por Siouxsie- como un cincuentón que fue estrella del rock siniestro y ahora lleva una vida aburrida en su mansión jugando a pelota en una piscina vacía o invirtiendo en bolsa con desgana. Pero lo que, a priori, parece presentarse como una especie de película costumbrista sobre cómo es el día a día de un personaje de estas características (idea que sería similar a la del Somewhere de Sofia Coppola), y que depara momentos tan delirantes como el ver la reacción de la gente cuando se lo encuentra en un centro comercial, nos va llevando posteriormente por otro camino.

Los primeros momentos discurren en Dublín, la ciudad donde vive Cheyenne, y enseguida comprobamos lo que él dice recurrentemente: “Creo que algo va mal, pero no sé lo que es”. El napolitano Paolo Sorrentino (director de Il divo y Las consecuencias del amor) enseguida nos rompe los esquemas al mostrarle con una joven admiradora, Mary (encarnada por Eve Hewson, la hija de Bono de U2) y visitando constantemente a una mujer misteriosa que le reprocha su inmadurez y está traumatizada por la desaparición de su hijo, un tal Tony. En el otro extremo, nos coloca como improbabilísima esposa del rockero a una mujer bombero encarnada por Frances McDormand en lo que parece un guiño a las películas de los hermanos Coen.

Y, de repente, la vuelta de tuerca: Cheyenne recibe una llamada, viaja urgentemente a Nueva York porque su padre está a punto de fallecer y éste le pide un último deseo: que le vengue buscando a un nazi que le humilló en el campo de concentración de Auschwitz y con el que él seguía obsesionado. Con el apoyo de un inefable cazador de nazis, el también muy coeniano Mordecai Midler (Judd Hirsch), el personaje interpretado por Penn emprenderá su búsqueda y la cinta se volverá una road movie surrealista al estilo de Una historia verdadera (David Lynch), pero que también rinde homenaje a Paris, Texas (Wim Wenders) con un glorioso cameo (y van...) de Harry Dean Stanton interpretando al hombre que inventó la maleta con ruedas.

En todo este proceso de búsqueda de sí mismo por el que va pasando Cheyenne, la cultura pop adquiere gran protagonismo. Los musiqueros disfrutarán identificando los diferentes guiños que aparecen en la cinta, desde su propio título (This Must Be The Place es una canción de Talking Heads) hasta la propia aparición como actor, y en una secuencia en un concierto increíblemente filmada, del propio David Byrne; o las canciones que el neoyorquino compuso ex profeso para el film junto a Will Oldham y que son interpretadas por un grupo amateur que se hace llamar The Pieces Of Shit. Estamos, pues, ante una película muy extraña y arriesgada, cuyo mayor atractivo reside en la habilidad con que el director italiano hace convivir elementos tan sumamente disonantes entre sí.

Bookmark and Share

¿la has visto?
escribe aquí tu opinión


código de seguridad
(introduce el código que aparece a la izquierda):
nombre (obligatorio):
e-mail (obligatorio, no aparecerá publicado):
comentario: