Scott Pilgrim

Edgar Wright

Scott Pilgrim contra el mundo es una de las mejores adaptaciones al cine de un cómic jamás hechas. La película dirigida por elbritánico Edgar Wright (autor de la desternillante Zombies Party) preserva con total fidelidad el espíritu de la novela gráfica original de Bryan Lee O’ Malley y la supera trasladándola a un universo visual desbordante que busca la sorpresa continua. El montaje, a ritmo frenético y plagado de humor y colorido, ensambla diferentes lenguajes: el del cómic, sí, pero también el de los videojuegos, las teleseries de situación con risas enlatadas, la estética indie-rock o Bollywood con una fresquísima y prodigiosa naturalidad. Al mismo tiempo, la forma en que el director lleva a la pantalla el clima fantástico y onírico –muchas veces absurdo- de la historia lo emparenta con el cine musical.

Estamos, sin duda, ante una de esas películas en que la forma brilla mucho más que el fondo, lo cual no debe ser tomado como un demérito. Scott Pilgrim es un chaval espabilado que toca el bajo en un grupo llamado The Sex Bob-omb y que, para conseguir a la chica de sus sueños (la fascinante y misteriosa Ramona Flowers), debe derrotar a sus siete malvados ex novios en una serie de peleas propias de los videojuegos de artes marciales. De esa prueba épica, el héroe extraerá un aprendizaje vital. Así, Edgar Wright redefine y moderniza la comedia adolescente tomando como protagonista a su mayor icono actual, Michael Cera (Supersalidos, Juno), y, al igual que ha hecho Quentin Tarantino con el cine de acción, la conecta con un extenuante universo de referentes. Si en el caso del autor de Kill Bill éstos venían del cine popular, en el de Wright provienen de los videojuegos y el indie rock (con canciones, por cierto, aportadas por Beck, Nigel Godrich o Broken Social Scene).

Hay algo en Scott Pilgrim que te hace verlo con tanta familiaridad como extrañeza. Juega mucho con los tópicos en la construcción de los personajes y las situaciones pero, al mismo tiempo, desmonta esas ideas preconcebidas y las lleva más allá hasta llegar al corazón. En muchos momentos bordea el ridículo pero, al final, con su punto justo de inocencia pese a la mordacidad de los diálogos, construye un retrato de la juventud encantador, peculiarmente poético y emocionante. ¿O acaso nadie ha sentido nunca que tenía que despojar a su pareja de todas sus vidas pasadas para poder tenerla para siempre… hasta descubrir que en realidad se trataba de aprender a aceptarlas?

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