Los hombres que...

Grant Heslov

En este esperpento berlanguiano -a la americana- de grandes y risibles socavones, lo que está en juego es la buena salud mental del ser humano: toda la trama está basada en un hecho real de la historia militar norteamericana (experimentos utilizados por el ejército y la CIA en los años 60, 70 y 80, afirma el realizador). Inspirada en el best-seller homónimo del periodista Jon Ronson, un revelador estudio sobre los intentos del gobierno de aprovechar las capacidades paranormales para combatir al enemigo, Los hombres que miraban fijamente a las cabras nos sumerge estrafalariamente en una unidad militar especializada en habilidades tales como leer la mente del enemigo, atravesar paredes e incluso matar una cabra con tan sólo mirarla fijamente. Ni más, ni menos. Pues bien, ese es el Ejército de la Nueva Tierra al que pertenece el Guerrero Jedi –así se hacían llamar- Lyn Cassady (George Clooney), un personaje bizarro al que se une un periodista en horas bajas, Bob Wilton (Ewan McGregor). La misión, encontrar al desaparecido fundador de tan curioso programa experimental, Bill Django (Jeff Bridges), sometido por el esquirol Larry Hooper (Kevin Spacey).

Los hombres que miraban fijamente a las cabras se revela así como una suerte de road-movie espacio-temporal (origen: Michigan; destino: desierto iraquí. Décadas contempladas: de los 70 a los 00) que desgrana la debacle de una utopía: crear un ejército del futuro que use, en lugar de armas, avanzadas técnicas sensoriales para resolver conflictos; a la postre, un ejército de "guerreros monje" que pueda ver el futuro, leer las mentes, hacerse invisibles y teletransportarse. [Llegados a este punto de la reseña creemos necesario advertirles de que no nos hemos tragado ningún fármaco alucinatorio, que lo que les contamos ocurrió]. Bien, sigamos, porque sin cabra no hay gloria, pero sin riesgo y una pizca de locura tampoco se llega a ninguna parte. Y es que esta sátira política de Grant Heslov (socio de Clooney en la productora Smokehouse) se queda sin fuelle a mitad del camino, le falta furia y le sobran pretensiones. Aún así, respiramos en ella la mala baba de las comedias de los Coen. Algo es algo.

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