Holy Motors

Leos Carax

Libérrimo, desconcertante, convulso, retorcido, inaprensible, transgresor, atrevido, travieso, misterioso, demoledoramente triste y endiabladamente inteligente. Soberbio en su deliberada imperfección. El quinto largometraje del siempre fascinante Leos Carax –primero tras Pola X, de 1999, aunque entre medias contribuyó a uno de los episodios de la película colectiva Tokyo!, de 2009 (ambas inéditas comercialmente en nuestro país)- riza el rizo del riesgo narrativo para noquear al espectador y dejarle sin saber muy bien qué pensar o qué sentir. Al igual que sucede con algunos de los títulos más reconocidos de David Lynch, Alain Resnais, Apichatpong Weerasethakul o Luis Buñuel, estamos ante algo que se debe considerar una experiencia fílmica más que una película que se pueda interpretar en el sentido más convencional del relato. Ojo: eso no quiere decir que detrás no subyazcan unas intenciones más o menos visibles, al introducir reflexiones sobre la vejez y la muerte, la identidad y los roles que uno desempeña a lo largo de su vida, el cambio de los tiempos con la aparición de la cultura digital y el propio sentido del cine y los mecanismos de la representación.

Precisamente, la película se abre con un hermoso prólogo protagonizado por el propio Carax, cuyo personaje descubre en su habitación una puerta secreta que conduce a una gran sala de cine. Tras ello llegará la historia en sí, que transcurre a lo largo de un día en una limusina que recorre París y que conduce una enigmática "choferesa", Céline (Edith Scob) con un único ocupante a bordo, Óscar (Denis Lavant, protagonista de 4 de las 5 películas de Carax, y que está omnipresente prácticamente a lo largo de todo el metraje). El vehículo es un camerino en movimiento donde el protagonista deberá caracterizarse como 10 personajes diferentes que vivirán otras tantas situaciones que le asignan por encargo (denominadas “citas”). Así, con el recorrido en el coche y los dos personajes principales como hilos conductores, con lo que en realidad nos encontramos es con algo así como una decena de cortos de contenidos, géneros e intensidades muy dispares. Veremos al camaleónico y visceral Lavant encarnando a una anciana indigente inválida, un actor que se mete en un rodaje de captura en movimiento, un padre que dialoga con su hija preadolescente en un cuento moral, un asesino a suelo y un terrorista que se matan a sí mismos o un anciano moribundo. Entre las sub-historias más poderosas destacaría, por un lado, la que protagoniza el personaje denominado Monsieur Merde –quien ya apareciera en el episodio de Carax para Tokyo!-, un ser repugnante, atávico y desvalido, que habla un idioma ininteligible denominado merdogón y que rapta en un cementerio a una modelo interpretada por Eva Mendes en un episodio que se empaña del espíritu surrealista irreverente y blasfemo de La edad de oro, de Buñuel. Pero, sobre todo, la compartida por Lavant con una maravillosa Kylie Minogue, en clave de musical melodramático, y ambientada en los antiguos almacenes Samaritaine, lugar ya icónico en el imaginario fílmico del director -como bien sabrá quien haya visto Los amantes del Pont-Neuf- tan emocional como abierta a numerosos enigmas.

El drama convive con el humor, muchas veces deudor de los clásicos del cine mudo; la reflexión existencial con los relatos fantásticos, lo absurdo con lo relativamente lógico, el musical fou con un futurismo extraño, en una película que, además, amplifica su salvaje belleza con un dominio del lenguaje visual absolutamente increíble. Las curiosas coincidencias con otro título de este mismo año como Cosmópolis, de David Cronenberg (incluida la respuesta al interrogante de éste, “¿dónde aparcan las limusinas por la noche?”), hace a ambas las candidatas para el perfecto programa doble que defina el mejor cine de 2012.



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