La leyenda renace

Christopher Nolan

Para los que consideramos El caballero oscuro (2008) la mejor película sobre superhéroes de todos los tiempos, era lógico esperar con cierto recelo una continuación ante la que incluso el propio Christopher Nolan se mostraba escéptico. La segunda parte de la trilogía sobre Batman dirigida por el británico era muy difícil de superar, máxime tras la desaparición de Heath Ledger (de quien aquí se borra hasta el último rastro) en su acojonante recreación del Joker. No obstante, Nolan y su equipo han puesto todo su empeño en culminar la franquicia -se jura y se perjura que no habrá cuarta parte- con toda la espectacularidad posible y un poso argumental al nivel de las dos primeras entregas, y lo consigue casi del todo. Los 165 minutos de duración no se hacen cansinos y, una vez más, la recreación de una Gotham ahora oscura e invernal es deslumbrante, volviendo a conseguir que los efectos visuales nunca chirríen, algo prácticamente imposible desde que llegó lo digital al celuloide. El uso en ciertos momentos de cámaras IMAX –como sucediese en la segunda parte- cumple bien su función. Por otro lado, las escenas de acción, más abundantes que en las dos películas previas de la saga, son de una encomiable fisicidad, con el impacto de los golpes también subrayado a nivel sonoro y con el apoyo de la apabullante y marcial banda sonora de Hans Zimmer.

A nivel argumental, el director vuelve a contar con el apoyo de su hermano, Jonathan Nolan, para desarrollar la siguiente idea: si Batman Begins era una película sobre el dolor y El caballero oscuro sobre el miedo, La leyenda renace lo es sobre el caos. En una historia casi tan sombría como la segunda parte de la saga, predomina el clima de tragedia en torno al destino fatal y a las renuncias que implica el heroísmo, además de una visión extrema sobre la venganza, la lealtad y la traición. También reflexiona de forma poco velada sobre la paranoia en el Nueva York post 11-S y la amenaza terrorista, aquí encarnada en el personaje de Bane, una encarnación del mal a medio camino entre el supervillano Osama Bin Laden y el anarquista Unabomber, conocedor, además, de cómo impactar en La Sociedad del Espectáculo. Su “performance” en el estadio, en uno de los momentos culminantes de la película, es digna del Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud.

Pese a ello, este Bane encarnado por Tom Hardy no parece bien aprovechado, perdiendo fuerza a medida que la película avanza, y de carisma muy inferior al del Joker, pero deja un poso inquietante en su misión de sembrar el apocalipsis en Gotham y, atención, devolver el poder a la ciudadanía, al tiempo que las fuerzas del orden –y especialmente el agente Blake, encarnado por Joseph Gordon-Levitt- lo intentan restablecer a sabiendas de que eso sólo lo podrán conseguir si desobedecen las normas. Esta ambigüedad moral, colindante con el filofascismo con que siempre se ha asociado a Batman, se extiende sobre casi todos los personajes, pero en especial sobre los dos femeninos: Selina Kyle / Catwoman (Anne Hathaway) y Miranda Tate (Marion Cotillard), que inicialmente parecen responder a los típicos cánones de “la madre y la puta” del cine negro clásico pero en realidad se mueven en terrenos más inestables. En cambio, el de Alfred, mayordomo de Bruce Wayne encarnado con mayor poder emocional que nunca por Michael Caine, es quien ofrece la mirada serena y equilibrada a la historia.

También hay ciertas licencias demasiado amparadas en ese comodín que es la existencia de superpoderes. Así, nos encontramos al principio de la película con un Wayne envejecido y tullido, un ermitaño derrotado por la pérdida de su amada Rachel (asesinada en la segunda parte de la saga) y por el sacrificio público de Batman. Cuando el estado de las cosas en Gotham pide su vuelta, conseguirá ponerse en forma en un tiempo récord. A cambio, los Nolan compensan este tipo de fantasmadas con la que considero la pirueta argumental más interesante de la película: gran parte de la acción se desarrolla con Batman / Bruce Wayne fuera de juego, haciendo de ésta una película de superhéroes sin superhéroe. O casi. Lo dicho: sin llegar a los niveles de la segunda parte de la saga, El caballero oscuro: La leyenda renace la culmina de forma más que satisfactoria, coronando a la trilogía de Nolan como la imprescindible saga maestra del género.


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