Melancolía

Lars von Trier

¿Cómo te enfrentarías tú al fin del mundo? ¿Cómo asumirías la pérdida, la tristeza, la transformación del todo, el devenir en un punto, la incorrección del ser? ¿Cómo te volverías alguien frío e inmensamente caótico a la vez, cómo responderías a la inminencia e intermitencia del propio entorno? ¿Hasta qué punto vale la pena las cosas y hasta qué punto, en realidad, podríamos valorarnos como puntos inertes en un mapa impreciso, caduco? Probablemente Lars von Trier lleva años pensando cuestiones tan metafísicas, catastrofistas y decididamente apocalípticas como éstas, y en cierta forma lo ha planteado en varias de sus películas más caóticas y subversivas, pero es recién en Melancolía en donde se decide a jugar al despiste, a descuidar sus métodos, a tornarse incoherente y a definir el mundo y su devenir desde un planteamiento de la historia de la humanidad, de los planetas, del Big Bang y de la fe en el caos. Aún a sabiendas del varapalo que podría sufrir tal ejercicio y sabiéndose practicante de una verbalidad rebelde y demoniaca, el capo del dogma cinematográfico firma una de sus piezas más mixtas, experimentales, analíticas y revulsivas de su filmografía, incoherencias y desarmes historiográficos incluidos. O cómo sobreponerse a una crisis de fe a pedrada limpia.

Lars von Trier regresa tras la polémica Anticristo con Melancolía, una oda mixta al fin del mundo y a las pulsiones internas que cuestionan el quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos desde dos perspectivas: la excéntrica, psíquica y química de Kirsten Dunst; y la realista, terrenal y física de Charlotte Gainsbourg. Las dos hermanas llevan vidas diferentes pero sus lazos de unión son perpetuos: esos regodeos de nuevos burgueses que se plasman en la boda de Justine (Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgaard) en el palacio-mansión-campo-de-golf de su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) y su marido John (Kiefer Sutherland); esas conexiones intuitivas a sabiendas de las catástrofes internas tanto de una o la otra; esos escarceos nerviosos casi clínicos tanto de una como la otra para enfrentarse a sus miedos; ese afán de colaboración limitado pero constante. Precisamente esas conexiones tan fáciles pero a la vez difíciles de encontrar entre los dos personajes son las que conectan las dos partes de la película (¿o las dos películas?) que von Trier firma en Melancolía: la primera, entregada a la teatralidad social, a la absurdez del mundo, a lo banal, a la sonrisa indiscreta, a la mentira, al exceso, al cambio de opinión, la traición, todos elementos del ser humano y, si cabe, lo que nos hace caducos y limitables; la segunda, mántrica, ficticia, natural, biológica, científica, dramática, nerviosa, desesperante, catastrófica, quieta, resignada. La primera es Justine, la segunda Claire; ambas representadas impresionantemente por dos actrices en estado de gracia (potro gallo hubiera cantado si nuestra Penélope Cruz se hubiera puesto el vestido de novia que tan mono le quedaba a Dunst), sobre todo en el caso de una Gainsbourg que, además de haberse convertido en nueva musa de von Trier (ejercicio harto difícil), eleva su nivel interpretativo a estados tan catárticos y hormonales como desesperantes.

Aún entendiendo Melancolía como una especie de opereta-remix de varios de los títulos firmados por Von Trier más históricos e histriónicos (el cuestionamiento sociópata, la limitación espacial –sólo se realiza en un espacio, amplio, eso sí-, el aborrecer humano y la paz final que ya dejó entrever en títulos como Europa, Dogville, Los Idiotas o Bailar en la oscuridad), probablemente Melancolía esté más cerca de ser comparado (aunque suene increíblemente absurdo) al disco más mítico de Smashing Pumpkins, Mellon Collie and the Infinite Sadness, que a ejercicios de experimentación cinematográfica como se quiere hacer con El Árbol de la Vida. Los mismos límites que Billy Corgan y compañía habían desplegado en aquel plástico son los que el director danés aplica en su film: esa mezcla de patrones que presta a la confusión y genera incomprensión en la historia (comedia, ficción, drama psicológico, drama social, cine realista, cine futurista, documental) es lo mismo que la hace fuerte y la que logra salvaguardar los platos ante tal alabanza de métricas confusas, excentricidades buscadas, teatralidades absurdas y tempos excesivamente lentos. Probablemente Von Trier haya resignado su idea de convertir Melancolía en una trilogía o un elemento cinematográfico mastodóntico-filosófico y el ejercicio de resumen le haya jugado malas pasadas en la edición, en algunos momentos pero, aún así, es uno de los ejercicios más bellos paridos por el danés y una de las obras cumbres del cine catastrofista y de análisis socio-biológico de la condición humana. Ahora, los tomatazos por aquí, por favor.

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