Moneyball

Bennett Miller

Hay dos factores que llevaban a acercarse con rechazo a Moneyball. El primero: que se publicite tan claramente que está basada en hechos reales. El segundo: que estos se refieran a un insólito record obtenido por un equipo de beisbol, el Oakland Athletics, en la Serie Mundial en 2002. A favor: que la dirige Bennett Miller (responsable de la excelente Truman Capote, de 2005) y el guión de dos grandes como Aaron Sorkin y Steven Zaillan. Y, al final, lo que prejuiciábamos como positivo se impone a lo negativo en una película que, moderadamente, hace valer su subtítulo de la distribución española: Rompiendo las reglas. En efecto, el cine deportivo proveniente de Hollywood ha seguido a lo largo de la historia sus propias normas narrativas, en realidad –y, al igual que sucede con el género bélico clásico-, heredero de los antiguos cantares de gesta. Prácticamente la única historia relacionada con el deporte (y la guerra) que parece que valía la pena contar era la misma hazaña épica con victoria final. ¿No podrían ser intercambiables los guiones de, por ejemplo, Karate Kid, 300, Braveheart e Invictus?

Los conocedores –en España muy pocos- de la historia del Oakland Athletics podrían esperarse algo similar, pero el mérito de la película estriba fundamentalmente en que no se centra en la competición deportiva, sino en las decisiones estratégicas de despacho y en el personaje de Billy Beane (gran Brad Pitt), un ex jugador fracasado que, en su papel de manager general y, con el apoyo de un imberbe licenciado en económicas de Yale recién aterrizado (Peter Brand, interpretado por el sorprendente Jonah Hill), pone en marcha un complejo plan para revolucionar a su equipo. Éste es el denominado Moneyball, un método basado en la estadística con el que, debido a las dificultades financieras del club, el tándem se dedica a vender y comprar jugadores como si fuesen brokers en la bolsa, enfrentándose a la vieja guardia y obteniendo impensables resultados. En realidad, es otra historia clásica: la del emprendedor/renovador que rompe con lo establecido para poner de manifiesto la grandeza del sueño americano.  Finalmente, modernizarse para que todo siga igual (algo que, además en este caso, gana lecturas adicionales en la actual coyuntura de crisis económica). Pero lo interesante no es tanto el argumento de fondo o ni siquiera el desenlace (ese último partido que es el que realmente importa, como bien dice el personaje de Beane, el que te llevará a la gloria si vences y al olvido si eres derrotado), sino cómo se van desarrollando los entresijos. En este sentido, el estilo visual de Miller y su excelente ritmo en el montaje se alía con la habilidad de Sorkin, que –al igual que consiguiese en sus guiones para La red social y la serie El ala oeste de la Casa Blanca-, dota de un inesperado interés a algo tan tedioso como la dinámica interna de un club de béisbol.

El retrato de los personajes es otro de los grandes logros, especialmente el de Beane, quien no es presentado de forma heróica, sino con multitud de aristas. La relación con su hija, un pasado sólo esbozado y sus dotes para el liderazgo, a medio camino entre lo lúcido, lo suicida y lo autoritario, siendo un verdadero hijo de puta por momentos, confiere a esta película ese extraño encanto que permite tenerte enganchado a la butaca aunque el beisbol te la traiga absolutamente floja. Y un detalle para rematar: no se pierdan a Joe Satriani tocando el himno estadounidense con su guitarra en una de las mejores exposiciones de lo delirante que hay tras ese negocio-espectáculo que es el deporte de alta competición.

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