La invención de Hugo

Martin Scorsese

Hubo un tiempo en que el cine dejó de intentar imitar nuestros sueños para que fuesen nuestros sueños quienes imitasen al cine. Todos, recordad, tenemos un antes y un después de ese instante decisivo. En una de las secuencias más hermosas de La invención de Hugo, el chaval protagonista cuela a su nueva amiga Isabelle en una sala de cine por primera vez, para vivir una verdadera aventura. Sus rostros mientras ven El hombre mosca de Harold Lloyd muestran una emoción y una fascinación que evidencian que, sin duda, estaban cambiando sus vidas para siempre. Mi instante, debo aventurarme a confesarlo, fue sorprendentemente similar: aún recuerdo nítidamente un sueño infantil en que escalaba la Catedral de Santiago y me quedaba colgando de uno de sus salientes cual Harold Lloyd en el reloj del edificio. Igualmente, el cine acabará interviniendo en los sueños del joven Hugo. No en vano, que la historia se ambiente en una estación de ferrocarriles francesa, al igual que la cinta fundacional de los hermanos Lumiére, no es casualidad.

Es un homenaje. Una declaración. Descomunal. La primera cinta familiar y en 3D (no asustarse por estos calificativos) del autor de Taxi Driver, Toro salvaje, Uno de los nuestros y La edad de la inocencia -ítulo que, por cierto, se podría aplicar perfectamente a la película que nos ocupa- desprende un incondicional amor al cine, a sus pioneros y a los que han dedicado su trabajo a preservarlo y divulgarlo. Rescata su esencia, su espíritu original como espectáculo de atracciones -no es casual tampoco que Georges Méliès fuese mago antes que cineasta y viese el cinematógrafo como el paso evolutivo definitivo en su arte- y pone toda la tecnología actual a su servicio para tal fin: nunca nadie ha utilizado el 3D tan prodigiosamente como en esta película (¡ritmo!, ¡montaje!, ¡imaginación!, ¡exuberancia visual!). Pero, al mismo tiempo, el homenaje se extiende hacia las novelas de aventuras que también marcaron un antes y un después en tantas generaciones: Dickens, Verne, Salgari, Dumas… , a los locos inventores que consagraron su vida a hacer más felices las vidas de los demás (fabricantes de juguetes, de autómatas y, no sé por qué se me viene a la cabeza, ¿alguien recuerda las diapositivas del View Master?), y, por detrás y en pequeños detalles -captar esto ya es para nota, y yo reconozco que he hecho trampas-, a Jean Renoir y Jean Vigo, a Salvador Dalí, James Joyce, Django Reinhardt y otros muchos referentes de comienzos del siglo XX semiocultos en los más diversos guiños.

En realidad, y camuflada bajo esa apariencia (indisimulada y dignísima, ojo) de película-espectáculo, de blockbuster para todos los públicos, se encuentra una aventura artística de tan alta ambición como sincera humildad, con tantas capas de lectura que puede llegar a desbordar. Algo en lo que no podemos eludir el mérito de Brian Selznick, el autor del libro en que esá basado el film. Sin ser un biopic al uso, utiliza una trama fantástica para contarnos la vida de Georges Méliès sin faltar al rigor: aunque se disfrace la historia de ficción, todo lo que muestra sobre él es cierto. Así, dentro de la película se integran momentos de su vida (su exilio como vendedor de juguetes en la estación de Montparnasse en los años '30, su abandono del cine con la llegada de la Gran Guerra, su descubrimiento del cinematógrafo…), reproduce lo que fueron sus rodajes y, momento superior de prestidigitación, toma imágenes reales de sus películas y, con un altísimo sentido de la emoción, las hace formar parte de esta fantasía en 3D para demostrar que ya todo estaba allí. El cohete vuelve a clavarse en el ojo de la luna. Éste sí es EL ARTISTA. Y La invención de Hugo, su obra maestra en el siglo XXI.

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