127 horas

Danny Boyle

Ante la avalancha de información que hay a nuestro alcance en el cibermundo actual, también en cuanto a actualidad cinematográfica, es muy difícil hacer una película hoy día sin tener en cuenta algo tan habitual como el spoiler. Gran parte de los espectadores que acudan a ver 127 horas sabrán que se basa en el libro autobiográfico Between A Rock And A Hard Place, del ciudadano estadounidense Aron Ralston. Otra gran parte no, pero sí conocen que la historia trata de un joven que se va de excursión a un espectacular cañón en Utah, que se queda durante cinco días con su mano atrapada absurdamente por una roca, y que toda la película va dirigida hacia un impactante clímax de carácter casi gore.

El director de Trainspotting y Slumdog Millionaire parte, pues, de una premisa muy difícil: hacer un producto comercial para las masas y mantener la intriga cuando la mayor parte del público puede conocer el desenlace y cuando sólo cuentas con un personaje inmovilizado. Es un ejercicio fílmico bastante similar a Buried (Rodrigo Cortés, 2010)  pero que también tiene puntos en común con Gerry (Gus Van Sant, 2002). Con la primera comparte la voluntad de hacer cine espectáculo a partir de una situación claustrofóbica, aunque aquí de un modo bastante más creíble (valga como ejemplo el momento en que uno de los personajes admite que en ese lugar su móvil no tiene cobertura). Con la segunda, la reflexión existencial sobre la indefensión del hombre ante la naturaleza y la creciente asunción de que la muerte va a ser inevitable después de un lance absurdo en una excursión, aunque la contención narrativa de Van Sant esté en las antípodas del film que nos ocupa.

¿Cómo resuelve el escocés todo esto? Planteándolo como un juego en el que pueda volcar su pirotécnico talento visual. Eso comienza en unos títulos de crédito con sorpresa y se potencia cuando, en lugar de limitarse a narrar lo que le sucede al protagonista, decide alternarlo con lo que ocurre dentro de su mente. A partir de ahí nos encontramos con un delirio visual de colores saturados, pantallas partidas y músicas invasivas, una especie de monólogo interior vertiginoso en el que recuerdos, deseos e imaginaciones se confrontan con su agobiante aprisionamiento. Una vez puestas esas cartas sobre la mesa, todo dependerá de lo que consiga congeniar emocionalmente el espectador con el personaje interpretado por James Franco y de lo impresionable / tolerante que sea con el estilo videoclipero de Boyle.

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