Frankenweenie

Tim Burton

Frankenweenie es Tim Burton en estado puro y, además, una vuelta a sus orígenes. Lo decimos en sentido absolutamente, literal, ya que estamos ante un remake de su corto primerizo de 1984, extendido ahora con nuevas situaciones y personajes y con un importante desafío técnico: elaborada en una conjunción tan inusual como la técnica de animación de stop motion, el blanco y negro y el 3D. Obviando este último aspecto, lo que el autor hace aquí es sumergirse en un nuevo ejercicio de nostalgia (muy habituales en su cine reciente, si observamos que en él abundan, sobre todo, historias ya contadas anteriormente y de las que él era fan, desde Sombras tenebrosas a Alicia en el país de las maravillas, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd, Sleepy Hollow o El planeta de los simios, entre otras). La diferencia estriba en que, esta vez, a donde echa la vista atrás es hacia su propia infancia y sus orígenes como cineasta, construyendo, a su vez, un homenaje posmoderno a todo el cine de terror que le sedujo de niño.

Frankenweenie
es, como su protagonista involuntario, el perro Sparky, a quien el desconsolado protagonista, un trasunto del propio Burton apodado sin tapujos como Victor Frankenstein, devuelve a la vida del mismo modo que en la novela de Mary Shelley (o, más bien, que en la película de James Whale), un monstruo de Frankenstein: una película hecha a retazos tanto de recuerdos autobiográficos del autor (los suburbios de clase media de Berkeley, ciudad aquí reconvertida en New Holland; el colegio, los vecinos, sus padres, la habitación en la que ideaba sus primeras películas) como de toda una mitología fílmica plagada de referencias: desde un profesor de ciencias que es calcado a Vincent Price a cosas tomadas de las películas de terror clásicas de la Universal, el cine japonés de monstruos e incluso cosas más recientes como Gremlins o Cementerio de animales, incluyendo guiños a la propia filmografía de Burton (Eduardo Manostijeras, por ejemplo). Con todo ello, el director construye, tal como se esperaba, una película tierna y divertida aunque con escasa opción de sorpresa para quien ya esté familiarizado con su universo (que, probablemente, es la mayoría de la gente que va a acudir a verla). El argumento, en realidad, es lo menos destacable –todo es pastiche-, de una película cuyo mayor valor estriba en los aspectos técnicos, en su uso de la animación artesanal y en una utilización del montaje y la expresividad más primitivos que, de un modo no tan distante al buscado por Martin Scorsese en La invención de Hugo, termina por rendir un sentido tributo a los pioneros del cine.


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