Elena

Andrei Zvyagintsev

Andrey Zvyagintsev se dio a conocer en 2003 con El regreso (León de Oro en Venecia), una película fría, lenta, y de extraño aliento poético que enseguida situó a este nuevo cineasta ruso como el heredero de Andrei Tarkovski y Aleksandr Sokurov. No se había vuelto a saber nada de él por aquí desde entonces a pesar de que, entre medias, también estrenó la inédita en España Iznanie (2007) y rodó uno de los episodios de la película coral New York, I Love You, que fue suprimido del metraje final (no del DVD, donde fue incluido entre los extras).

En Elena (Premio Especial del Jurado en Cannes), Zvyagintsev se consolida como un cineasta nada complaciente, muy cerebral y altamente inquietante. De nuevo con un estilo espartano pero que, al tiempo, impregna cada plano de una fría belleza, traslada sobre esta historia unas reflexiones existencialistas bastante desoladoras y un pesimismo antropológico que parece cuestionar la viabilidad del humanismo en la sociedad actual. Parte de una situación ya descompensada (incluso manipulada de forma bastante malévola): Elena y Vladimir son un matrimonio de sexagenarios que vive en un búnker de ultralujo en Moscú. Él es un millonario y ella proviene de orígenes humildes. Él tiene una hija, artista y despreocupada, de un matrimonio anterior. Ella tiene un hijo, también de otro marido, alcohólico, baranda e incapaz de mantener a una familia al filo del desastre. Y, como ya se sabe, cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana.

En el momento en que Vladimir sufre un ataque al corazón y se sitúa al borde de la muerte, Elena (típica ama de casa sufridora, servil y bondadosa, puro amor) se encontrará con un dilema moral cuya complejidad es casi insoportable. Pese al esquematismo con el que se plasma la lucha de clases en la Rusia actual, las implicaciones que posteriormente se infieren de esta historia, que opera casi con carácter de parábola, atacan a la mente con crudeza, incluso con crueldad, de una forma también favorecida por la neutralidad ética desde la que la cámara observa siempre desde fuera. Podemos encontrar en la película cosas que recuerdan a Haneke, a los Dardenne de Rosetta, a Bresson, Chabrol, Bergman, Dostoievski o el Kieslowski del Decálogo, pero nada de eso debe desviarnos a la hora de sucumbir ante la maestría de Andrey Zvyagintsev a la hora de mostrarnos la ineludible presencia del mal en una cotidianidad perversa y que parece incontrolable por parte del ser humano. La constatación de un Apocalipsis en el que una voz interior te pregunta: “¿Qué harías tú?”.

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