Sobre arraigo y desarraigo trata la nueva película del director chino Zhang Lu. Sobre eso quería hablar cuando se lanzó, durante 28 días, a filmar íntegramente la película en la estepa mongola. Sometidos a las hostilidades del severo espacio (donde estuvieron instalados durante dos meses) y en 28 días hábiles de rodaje, el cineasta de ascendencia coreana nos cuenta una historia humana de aparente sencillez, pero impregnada de filosofía y simbología. Con la naturaleza como vasta protagonista y con la comunicación (cuando existe y cuando no) como tensión y pálpito constante, se retratan modos de vida y verdades humanas. Las más sencillas, las más primitivas y, también, las más miserables; pero todas las que brotan del corazón.
Aunque el director (escritor en su viñeta anterior) reconoce no tener ninguna influencia de su etapa previa, la película tiene un desarrollo narrativo muy fabulesco, con una subtrama clara, muchos recursos retóricos, y hasta viene con moraleja. La cinta, como muchas otras del continente asiático, de ritmo lento y dilatado, late al pulso inquietante de las relaciones humanas que va presentando. Hungai, jefe de una zona cada vez desértica de la estepa, tiene la esperanza y el deseo de preservar el lugar donde vive, cada día más deshabitado. Su obsesión radica en mantener los árboles que planta para frenar el avance del desierto, pero hasta su mujer y su hija abandonan el lugar. Irrumpen entonces Choie Soonhee y su hijo Chango, refugiados norcoreanos que, atravesando el noroeste de China, vagan hasta el yurt (las cabañas de la estepa mongola) de Hungai. Sin conocer el idioma del otro (la película está interpretada en mongol y coreano) la relación que germina entre los personajes muestra una neutra y deliciosa naturalidad. Se ahonda así sobre las mismas en un reflejo sugerente sobre los que vienen y van, los que estaban y marcharon y los que, a pesar de todo, se quedan.
