WALL-E

Andrew Stanton

Aunque sean ya una sola empresa, las producciones Pixar se diferencian con claridad de las Disney no sólo en el tipo de animación: son mucho menos edulcoradas, los guiones son mejores y con un sentido del humor más gamberro y los personajes caen más simpáticos. Así ocurre en su última entrega, WALL•E. Vaya por delante que el calificativo infantil no vale para definirla: los niños, probablemente, se sentirán desconcertados en muchos momentos, pero encantará a los adultos. WALL•E es un robot programado para recolectar y compactar basura. Claro que eso fue hace 700 años, cuando los humanos se vieron obligados a abandonar un planeta Tierra anegado por su propia porquería. Aunque tiene por amigo a un bichejo (¿cucaracha?), se siente solo. Hasta que aparece EVE, una robot superchic enviada por los humanos para evaluar las posibilidades de regresar, y claro, hay flechazo. Así que cuando EVE tiene que volver al espacio, éste la seguirá sin dudarlo. 

Lo mejor de la película son los detalles: como todas las criaturas Pixar, WALL•E es de lo más achuchable y tierno. Vive rodeado de cacharros simpáticos, como un cubo de Rubik o un pedazo de plástico de burbujas de embalaje; se sabe de memoria los números musicales de Hello, Dolly, y le va el rollo Mac (cuando se recarga, emite el mismo sonido que los Apple al encenderse). En cuanto a los seres de carne y hueso, llevan siglos viviendo en una especie de resort interespacial; son unos tragones obesos, incapaces de caminar (atención al genial homenaje a 2001: Una odisea del espacio) y adictos al consumo. 

La animación es, como siempre, brutal. De hecho, el peso recae sobre todo en la narración visual, ya que los diálogos son mínimos, a veces limitados a ruiditos electrónicos. Es llamativo cómo los chicos de John Lasseter han logrado dotar de personalidad propia a criaturas sin expresión facial (ni oral), que hacen pensar en grandes del cine mudo como Lloyd o Chaplin. Aviso: nada de entrar al cine cuando la película haya empezado, ni de salir como un cohete en cuanto termine, o te perderás el genial corto del principio (Presto) y los preciosos títulos de crédito. El momento de correr es cuando empieza a sonar Peter Gabriel

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