Icíar Bollaín, digámoslo así, ha sido una de las renovadoras del cine social español (y, en cierta medida, hispano en general), tratando de “desenclichar” los gags típicos del género, evitando, con los años, los tópicos más típicos y, en definitiva, asistiendo a diferentes versiones del género: desde la violencia machista (Te doy mis ojos) a la readaptación de la pobreza en países subdesarrollados (También la lluvia) o, en este caso, la vida medio hippie, solidaria y colaborativa (historia real) de una joven catalana, Laia, que decide viajar a Nepal y militar laboralmente como educadora para niños con difícil acceso a una educación medio digna. Probablemente con lo que no contaba Bollaín es que sólo con eso no se hace una película, y que el trabajo de guión, por mucho que se esté adaptando una historia ya existente, debería requerir algo más de tensión, menos planicie. Chicha, como se conoce de toda la vida de Dios. Pero, por otro lado, probablemente con lo que sí contaba es con el fichaje de una de las actrices que más ha crecido actoralmente en los últimos años: una Verónica Echegui que salva los platos (y van…: Yo soy la Juani, El patio de mi cárcel, La mitad de Óscar…) en una película que, al margen de no evitar ciertos rasgos del cliché de género (algo a lo que Bollaín, en este caso, cede, curiosamente), al pasar por ella cobra un grado de realidad que la convierte en un documento gráfico tan que permite visualizar la historia desde una perspectiva fiel, puramente realista, de drama en directo.
Katmandú, un espejo en el cielo es el viaje interior (y exterior) que Laia emprende hacia la capital nepalí con apenas una maleta y ganas de dar sin prácticamente recibir nada a cambio. Un acto solidario y social quizá algo extremista pero real: Laia arriesga y no siempre gana, tiene que ceder ante un matrimonio de conveniencia, batallar con los conflictos étnicos y sociales y luchar contra viento y marea exclusivamente por y para los niños más desfavorecidos. Todo muy hippie, muy idealista y, a la postre, bastante inocente. Y ahí es donde entra Echegui: no sólo en representar todas aquellas aristas personalísimas de un personaje complicado, sino asistir a uno de los más todopoderosos personajes que haya protagonizado nunca, cargándose la película al hombro (prácticamente no hay planos en los que ella no aparezca) y asistiendo, a la vez, en un multilingüismo difícil de llevar: mezclar, en Nepal, un inglés chapurreado a dentelladas con español a hurtadillas (lo que hacemos todos cuando salimos fuera y se nos escapa algún insulto o improperio en nuestro idioma madre es lo mismo que hace la actriz, dotando de mayor realismo y naturalidad el papel) y hasta algunas palabras en un nepalí medio. Incluso los dos actores que la acompañan en la película (su “novio” y su compañera de curro y mano derecha) dotan de una realidad y un desarrollo a una película que parece limitada a repetir constantemente unos sucesos previsibles, que se intuyen a lo lejos y que desarrollan una linealidad que sólo se rompe en los instantes más dramáticos (aunque algo infantiles, en alguna ocasión) del film (sobre todo, los de los conflictos entre Laia y su pareja nepalí o los conflictos familiares que su compañera de trabajo sufre). ¿Cómo se rompe el molde de un film que procura ser didáctico, retratista y socialmente pujante pero que acaba abogando por la planicie? Con actrices como Verónica Echegui. Sin dudas, la mejor interpretación de la temporada, aunque el film no esté del todo a su altura (ella es bastante más alta, aún siendo bajita). Y eso es así, Salma Hayek.
Título: Katmandú, un espejo en el cielo
Director: Icíar Bollaín
Género: Drama social
Reparto: Verónica Echegui, Sumyata Battarai y Norbu Tsering Gurung
Guión: Icíar Bollaín
Música: Pascal Gaigne
Fotografía: Antonio Riestra
Estreno: 03.02
Venta de entradas: www.entradas.com
