Millennium

David Fincher

No podíamos confiar demasiado en el factor sorpresa en lo que respecta al nuevo largo de David Fincher: una adaptación de una historia que, pese a reciente, parece ya demasiado sobada: el best seller de Stieg Larsson, que ya fue llevado al cine hace dos años por el sueco Niels Anden Oplev, y que posteriormente se convirtió en serie de televisión. Así que, para quien no llegue virgen a este material, el film de dos horas y media se queda simplemente en una experiencia (audio)visual agradable y poco más.

El director de Seven (1995) y Zodiac (2007) –películas, ambas, en las que se pueden apreciar rasgos similares a ésta- no transgrede el espíritu de la novela: ambienta la historia en Suecia y, junto al prestigioso guionista Steven Zaillan, respetan una línea argumental de intriga que, digámoslo ya, impacta bien poco si la comparamos con muchas de las cosas que ha deparado el thriller reciente (empezando por las obras previas del propio Fincher). No importa tanto, en realidad, qué sucede y quién lo hizo, como el poner sobre la mesa el lado oscuro de la clase alta sueca -oculto bajo mesas de Ikea, como dice elocuentemente uno de los personajes- o incluso sugerir una lucha entre el poder y dos desclasados del sistema como el periodista divorciado Mikael Blomkvist (un Daniel Craig aplicado y convincente) y la hacker gótica lumpen Lisbeth Salander, a quien Rooney Mara consigue dotar también de la fiereza y la vulnerabilidad que se esperaban del personaje.

A veces, esa lucha se ilustra con detalles como que los buenos escuchen rock industrial oscuro y los malos a Enya, aunque este último aspecto se ha convertido ya en un cliché desde la época de American Psycho. Más interesante resultan algunas (moderadas) rupturas del guión con respecto a los cánones del thriller clásico, como la anticipación del clímax o la forma en que resuelve la tensión sexual entre los dos protagonistas. La falta de autocensura a la hora de filmar las escenas más crudas de sexo y violencia y el inteligente uso de la música (¡y los sonidos!) creados por Trent Reznor y Atticus Ross también puntúan a favor del disfrute, así como el siempre exquisito estilo visual de Fincher. Pero ello no impide que uno se quede con la sensación de que, esta vez, el director ha puesto menos de sí mismo y se ha dedicado a aceptar el encargo con profesionalidad funcionarial y dejar el piloto automático.

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