Drive

Nicolas Winding Refn

La pasión es, en todo su radio de acción, extrema. El mismo extremismo que nos mantiene inertes y en soledad en los momentos bajos es que el genera incendios de nieve en nuestras pasiones más sentimentales. Si hay alguien que en los últimos quince años ha sabido mirar con lupa y medir las conexiones que la violencia comedida tiene guardadas a hierro en la psicología más intravenosa es el danés Nicolas Winding Refn, quien dirige la adaptación de la novela parida por James Sallis, Drive, en una suerte de conjunción perfectista de cine noir americano, cine indie actual, virulencia grotesca y cine negro a la nueva usanza y consigue encandilar a todo bicho viviente por varios motivos. Winding Refn busca en su archivo personal y convierte a los protagonistas de sus antiguas Pusher o Fuera de sí en una especie de reconversión al modo Aronofsky de las pulsiones internas de un joven solitario que encuentra, primero, en los motores su válvula de escape a las tensiones más pudorosas y la exhalación de sus violencias más metódicas, y luego en el amor primoroso sus ganas de vivir más metódicas.

A diferencia de títulos en donde los jóvenes son antihéroes particulares y, a su vez, líderes generacionales de la época en la que les toca vivir (llámese Nina en Cisne Negro, Mark Renton en Trainspotting, Harry en Réquiem por un sueño, Ed Wood en la película que lleva como título dicho nombre o Ben Sanderson en Leaving Las Vegas), a Ryan Gosling le toca un duro papel: el de una suerte de Terminator o Rocky en la sombra (por lo frío y sosa de su expresividad), con bastante poco diálogo, atado a unas tensiones interiores desconocidas, dejando entrever todo lo que conocemos de él por las miradas, los gestos, las expresiones, los pequeños grandes impulsos. Driver (pongámosle este nombre a modo de símbolo identitario) es un joven atractivo, guapo, solitario. Raro. Se gana la vida como conductor en escenas cinematográficas de alto peligro (vamos, volcar coches, persecuciones, explosionar vehículos propios y ajenos) y como conductor nocturno en robos señalados. Ambos de forma muy metódica y altiva. Le gusta morder palillos con el lado izquierdo de sus carrillos. Vive solo. Ayuda en el taller mecánico de Shannon, una especie de padre simbólico que no lo es. No se conoce nada de su pasado, ni casi de su presente. No necesita un cambio que lo deje fuera, pero el amor sucede: conoce a Irene, la vecina de dos puertas hacia la izquierda si miras de frente. Mujer casa, con un niño de unos nueve años y su marido en la cárcel pero a punto de salir. No es que sucedan catastróficas desdichas, pero no siempre las ayudas que uno da salen como tienen que salir. El cambio, a diferencia del que propone Rajoy, genera un giro real en la cinta y parte a la mitad Drive: el contexto omiso, los silencios, los gestos, el amor contenido, los motores rugiendo, los corazones precalentando, las bonitas maneras de los chicos solitarios y la perversidad psicológica de esa guardería de sentimientos ceden ante la violencia, el impulso, el desmadre. El desatino.

Y ahí es donde Winding Refn se luce aún más. Todo en Drive está bien. Las interpretaciones, la atmósfera, las razones. Todo ese halo de cine ochentero, de synth pop discotequero (la banda sonora es impresionante: ecos de new wave, grupos con perfiles cercanos a Pure X, Selebrities o Pure Instinct), de evasión excéntrica, de silencios comedidos, de ganas de follar perpetuas se transforman en el despertar del monstruo. Driver acaba transformándose, en efecto, en una versión moderna del Taxi Driver protagonizado por Robert De Niro pero con ciertos toques tanto del Michael Douglas de Un día de furia como de la atmósfera de serie b efectista de Mullholland Drive. Sin caer en la violencia gratuita de Saw o los momentos sangrientos del mejor Tarantino, la película da un giro de thriller de acción en donde Ryan Gosling, casi sin inmutarse, se desenvuelve como pez en el agua pisoteando cabezas, clavando cuchillos en el pecho y luchando contra viento y marea única y llanamente por la defensa del mantenimiento con vida de lo único que lo mueve: el amor. El romanticismo excesivo cede su sitio ante la presión psicológica. La liberación, en algunos casos, era esto. Digámoselo a los miembros del jurado de los Premios Óscar. ¿Qué no?

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