Jane Eyre

Cary Fukunaga

Quien haya dicho que la vida fuese un ejercicio fácil es que ni leyó en su día la novela de Charlotte Brontë ni vio aún la adaptación que Cary Fukunaga realiza de Jane Eyre en la gran pantalla. Si las tragedias romanas eran el súmmum de los pozos ciegos, el hundimiento interno y el tormento apocalíptico de la psicología del ser humano, Jane Eyre procura trazar una delgada línea que merodea sobre aquella manera tan catastrofista de emprender la vida que guardaban las novelas y teatros líricos de Dante o las fabulosas escritoras europeas de finales del siglo XIX y los dramas de época en donde todo es trágico, poético, tenso, pensado, castrado.

Jane Eyre es una joven que, quedando huérfana muy joven, recae su educación y cuidado en manos de su tía, una tirana envidiosa que le hace la vida imposible y la ingresa en un colegio religioso como pupila en el que sufre todo tipo de atrocidades hasta que, ya mayor de edad, decide emprender vuelo propio. Ese vuelo la lleva a la clásica mansión de campiña británica Thornfield House, liderada por un Edward Rochester arisco, violento, atractivo y solitario. La relación entre Eyre, institutriz de la hija de Rochester, y el magnate inglés pasa por luces y sombras, por cuestionamientos constantes, amor, secretos, pasión, mentiras y, sí, catástrofes constantes. Probablemente ese tono de saltos en el tiempo (la película narra, a la par, tres momentos: la traumática niñez, la fugacidad de semi-felicidad en casa de Rochester y la huida y rescate de Eyre en casa de tres jóvenes hermanos) salve los platos a esa constante dilatación de malos y tormentosos momentos.

Quizá sea ese el punto que hace de Jane Eyre un ejercicio por momentos cansino: en la casi total ausencia de felicidad, de tranquilidad, de paz. Ese tono de apocalipsis psíquica con el que tuvo (y tendrá) que convivir la protagonista es, además de poco positivo y difícil de creer, bastante repetitivo. Aun así no todo son pegas: Fukunaga firma una adaptación impoluta, con un par de actuaciones magistrales (tanto Mia Wasikowska como el genial Michael Fassbender, sin duda uno de los actores de este 2012 gracias a sus interpretaciones en Un método peligroso, Shame o ésta misma) y un tratamiento del drama que, al margen de catastrofista, logra reproducir muy bien las sensaciones de amores difíciles, tiempos revueltos y traumas históricos.

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