Howl

Rob Epstein y Jeffrey Friedman

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,
hambrientas histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico picotazo.
Ángel cabeza de hipster quema para la conexión celestial antiguos
con la estrellada dinamo en la maquinaria de la noche.
Extracto del poema Howl, de Allen Ginsberg.

Interrumpir la naturaleza de la lírica y procurar acallar la planicie intelectual en favor de la propulsión de materias literarias bastante más profundas no siempre fue tarea fácil. No lo es ahora y no lo fue, ni mucho menos, hace más de cincuenta años, cuando Allen Ginsberg lo hizo i(nte)rrumpiendo en el American way of life de la década de los '50 con ese compilado de palabras de exceso bucólico, liberación, anti-métrica, sexo, autoflagelos, irreverencias y materia pura transformada en palabras que fue Aullido (Howl). Rob Epstein y Jeffrey Friedman (oscarizados directores abocados más al documental y, en general, a géneros que no interactuaban demasiado con la ficción) se dedican no sólo a homenajear aquel súmmum de palabras que fue Aullido, sino a recrear aquel punto de inflexión (juicio de por medio) en donde la sociedad americana no sólo descubría una nueva forma de entender el arte lírico, sino de comprenderse a sí misma desde la confrontación con ese halo inmenso de censura y abordaje de apariencias en proporciones desmedidas.

Epstein y Friedman crean una suite en tres piezas casi operísticas en Howl. Dividen la película en zonas conectadas procurante no perder dinámica, pero sin perder esa vital importancia textual y de desconexión entre el globo beat que relata y el ciudadano medio que no entiende ni papa. De esta manera, nos topamos, por un lado, con una entrevista íntima Allen Ginsberg, ya tiempo después de la edición de su obra cumbre, en su casa, contestando un serial de preguntas en las que el poeta colabora con la reestructuración y entendimiento de un texto muchas veces ambiguo, aportando datos anecdóticos transformados en flashbacks (al revés) autobiográficos de su vida de juventud, aquella que lo conectó con un joven pero afilado Jack Kerouac en la Universidad de Columbia, aquella en la que se dio cuenta de su condición sexual, aquella que lo inició en algunos amoríos (casi siempre con ‘heterosexuales’ – vital importancia tienen las comillas) y que sufragó en forma de letras su estancia en el manicomio, la locura total de su madre, su conexión con Carl Solomon, su pasión (más sexual e idealística que otra cosa) por Neal Cassady y el germen de (a pesar de lo que el mismo Ginsberg calificó –y califica en el film- como “un montón de escritores tratando de conseguir un contrato con una editorial para que publiquen sus libros y no una escena ni un movimiento”) la generación beat, aquella que lideró codo a codo con Kerouac y su En el camino (que consiguió editar, por otro lado, gracias a la mano -ya popular- de Ginsberg). Por otro lado, Epstein y Friedman utilizan las lecturas en directo de un Ginsberg emocionado, excitado y exhultante, rodeado de colegas (el mismo germen del arte beat) mientras se suceden mini-cortometrajes de animación (como se hizo el año pasado en la también ficción-no-ficción / falso documental sobre Serge Gainsbourg) que recercan varias de las zonas más significativas del poema de Ginsberg. Por último, la tercera parte, aquella del juicio a Howl: juicio iniciado por un fiscal que acusaba el texto de Allen Ginsberg como obsceno y en el que se suceden una serie de personajes (supuestamente crítico y expertos en literatura) que defienden y atacan las palabras de Ginsberg de acuerdo a una taxativa evaluación de los dichos y la realidad inmediata de una sociedad que, en muchos casos, pretendía quedarse anclada en la métrica poética clásica y no salir de allí.

James Franco ha hecho un minucioso trabajo de conexión con aquella figura, aunque por momentos se encuentre fatigado y excesivo (o sobreactuado), pero en términos generales, aunque Franco (cada vez más versátil en ficción, por otro lado) resulte bastante más guapo que el poeta original, la identificación es innegable, sobre todo en el durísimo curro de conseguir una lectura similar a aquellas maratones líricas en las que Ginsberg atizaba casi sin respiro a un personal anonadado por esa conjunción de metáforas avezadas. Howl (la película) consigue encandilar y entretener de forma dinámica, sí, pero también genera cierta zozobra: cuenta todo lo que tiene que contar en el primer tercio de la película, mientras el resto no deja de ser un compilado que repite una fórmula, exprime el texto y se empapa de un anecdotario, sí, interesante, pero ¿hasta qué punto encandila? Aún así, es innegable el valor histórico que el poema de Ginsberg ha tenido en el arte y la cultura contemporánea y, sobre todo, en el inicio de una nueva era que, primero con la generación beat, y luego con la contracultura, el movimiento hippie y psicodélico y la revolución sexual ha cambiado el mundo.

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