14 septiembre, 2016. Por

Tarde para la ira

El neoquinquismo que nació en Aluche
'Tarde para la ira', la primera piedra del cine neo-quinqui la pone Raúl Arévalo
Tarde para la ira

Se postula como la gran revelación cinematográfica del año en nuestro país. Era de esperar: la categoría de Raúl Arévalo como actor se iguala (o se supera, incluso) como director en Tarde para la ira, una ópera primera que nos invita a un viaje por la venganza con trazas del cine quinqui de los ’80 pero también al cine neo-noir francés: de las canciones de Bambino al olor a cortezas en el suelo de los bares de extrarradio, te contamos por qué el debut del actor madrileño como director es una de las mejores cosas que te pueden pasar en una butaca de cine hoy en día.

¿DIRECTOR POR SORPRESA?

En muchas ocasiones se trata con excesiva benevolencia a las óperas primas. Mucho más aún si se trata de una cara conocida, procedente del mundo de la interpretación o de algún otro frente en el que se haya labrado un respeto consolidado.

Muy mal lo tenía que hacer Raúl Arévalo para no recibir el aprobado de la crítica; pero es que el hasta ahora actor consigue bordar su primera película: un alegato en el que, pese a ser comparado con líderes del thriller contemporáneo como Alberto Rodríguez o Enrique Urbizu, lo coloca más cerca de otros referentes, que van desde el cine quinqui de los años ’80 hasta aires al cine neorrealista italiano, el cine neo-noir francés y referentes contemporáneos que van desde Jacques Audiard a Matteo Garrone sin envidiar apenas nada a estos experimentados nombres.

No sólo por la dinámica y el ritmo de la película, sino por la capacidad de firmar un guión contenido y con giros inesperados que, sumado al grano que consigue en la fotografía del film y la exquisita selección de sus intérpretes (Antonio De la Torre, Luis Callejo y Ruth Díaz a la cabeza; pero con secundarios bordando sus interpretaciones, con Manolo Solo como mayor evidencia) hacen del debut del mostoleño uno de los mejores films del año y uno de los mejores ejercicios de género de la temporada, superando incluso a la bien perfilada Toro de Kike Maíllo.

NEOQUINQUISMO

Corría muchos peligros de estilo Arévalo al enfrentarse a un film con dos referencias claras: el cine quinqui con aires al Carlos Saura de Deprisa, deprisa; el western crepuscular de Sam Peckinpah y allegados; y el cine neo-noir, de antihéroes a la francesa, de perdedores ante su último grito redentor.

Sin embargo, el hasta ahora actor esquiva todo ello haciendo una ensalada personal, sin caer en la incomprensión de los guiones sin sentido como en No habrá paz para los malvados. Para ello, da a luz una suerte de cine neoquinqui, colándose en las profundidades del extrarradio madrileño (se dice que es Aluche), jugando al mus en los bares, gastándose la vuelta en las tragaperras y visitando los gimnasios en derredor de los parques; dejándonos las referencias antes mencionadas, pero también perfilando un thriller sombrío, de diálogos escuetos, de miradas poderosas, de tempo trepidante: una road movie por sorpresa, una Gomorra sin droga, un True Detective sin amistades, un Taxi Driver de desguace, un viaje a las profundidades de la venganza, una especie de A sangre fría a toda velocidad con una corte de intérpretes en una de sus indudables cimas expresivas.

LUCES INTERPRETATIVAS

Por muy bien que lo hiciera (y, en efecto, lo hace), poco iba a sorprender que Antonio De la Torre vuelva a bordar un papel protagónico en una línea similar al de cosechadores de tempestades silenciosos como los que ha ido interpretando en los últimos años: papeles en donde la procesión va por dentro, de pasivo-agresivo por vocación, y en los que tanto desde la venganza como desde la búsqueda hemos visto al actor andaluz contenido pero magistral en películas como Grupo 7, Caníbal, La isla mínima o Dispongo de barcos, entre muchas otras.

La diferencia es que en este film aparece una nueva e imponente actriz: una Ruth Díaz que no necesitaba ganar en Venecia el premio de Mejor actriz para que su categoría coja un nuevo impulso, como le sucedió en los últimos años a actrices como Marian Garrido: en Tarde para la ira, borda el papel de mujer al borde de un ataque de nervios, en conflicto consigo misma, buscando una salida para años de distancias y bloqueos sentimentales. Un papel que destila tempestades y verdad por todos lados y que la postula como uno de esos talentos que, tras más de una década sin presencia mediática, puede comenzar a vivir ahora el primer día del resto de su vida.

UNA EXTRAÑA PAREJA

Nadie cuenta con ello, pero la curiosa pareja que une a Antonio De la Torre y Luis Callejo en escena es un viaje a los filmes de encuentros inesperados: dos personalidades viscosas, solitarias, con conflictos emocionales evidentes pero en su enésima redención, luchando no sólo por seguir con vida sino por poder vivirla sin un peso lo suficientemente tosco como para no poder levantarlo.

Raúl Arévalo consigue contención y equilibrio, pero también cruda violencia, batallas dialécticas y perfiles psicológicos muy definidos; haciendo de la determinación de cada uno la última carta blanca que tienen para liberarse de sus propios yugos.

LA BANDA SONORA

Otra de las características no sólo que definen sino que consigue mantener ese pulso por lo quinqui y lo barriobajero pero también por lo elemental y lo folclórico del ritmo de los barrios obreros son las canciones que suenan a lo largo de la película: en la casetera del coche, en la celebración de la primera comunión de una de las niñas, en la discoteca donde se toman una copa, en el bar donde rechina la cafetera soltando café negro a raudales…

Lo que suena es, sobre todo, flamenco, rumba, ritmos originales de los radiocasetes de extrarradio: de La Húngara a Miguel Poveda por Bambino, mezclando feísmo básico a la catedral del cante, ese curioso equilibrio a distancia que genera la música que suena en fiestas de guardar y en los tablaos más laureados nos hace mantenernos bajo la luz de una mirada única como la de Arévalo. Puro clima.

GALERÍA DE IMÁGENES

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