11 abril, 2018. Por

The Good Place

Cómo hacer que la ficción filosófica nos dé una de las mejores comedias de los últimos años
The Good Place

Eleanor acaba de morir. Pero la buena noticia es que está en el Buen Lugar: el sitio en el que pasan la eternidad las almas de quienes han vivido una existencia virtuosa. Así comienza The Good Place, la comedia creada por Michael Schur (The Office, Parks and Recreation) para la NBC cuyas dos temporadas (hasta la fecha, la tercera ya está en producción) podemos disfrutar en Netflix. Imagínense la cara que se le queda a la tal Eleanor Shellstrop (Kristen Bell) cuando Michael (Ted Danson) se presenta como el “arquitecto” del barrio del paraíso en el que le va a tocar pasarse todo el tiempo que le queda al Universo y le suelta una noticia así. Y la cosa no acaba ahí: a medida que pasan los minutos a Eleanor le queda cada vez más claro que en el impolutamente perfecto Good Place ha habido un error.

Porque, aunque no se considera una persona malvada, en vida Eleanor era una vendedora de medicamentos falsos, algo mezquina y bastante egoísta. Pero en el Buen Lugar todos parecen creer que fue una altruista activista medioambiental. Así que Eleanor está en el Paraíso, pero tiene que elegir: fingir que es la persona maravillosa que todos creen o confesar el error… y afrontar las consecuencias. Afortunadamente el alma gemela que se le ha asignado en el Good Place es Chidi Anagonye (William Jackson Harper), un académico que dedicó toda su vida a buscar la diferencia entre El Bien y El Mal mediante la ética utilitarista. Justo lo que Eleanor necesita para ganarse un puesto en el Good Place.

¿Puede la Filosofía ser divertida?

Seamos sinceros: tal y como está planteada The Good Place parece una serie destinada a enfangarse rápidamente en peroratas religiosas, cuentos con moraleja, dilemas morales de baratillo y personajes cargantes. Su estética chic, colorista e irreal, orientada a transmitir al espectador una idílica sensación de perfección de una post-vida demasiado buena para ser verdad, se vuelve incómoda e inquietante. Y, a pesar de Kristen Bell, no podemos evitar que Eleanor Shellstrop nos parezca cada vez una tía más mezquina y merecedora de las torturas del temido Bad Place.

Chidi es el profe de Filosofía que habríamos querido tener… para torearlo tanto como hace Eleanor (Photo by: Ron Batzdorff/NBC)

Pero si uno consigue superar su errático arranque (los primeros capítulos cuestan mucho), The Good Place se destapa como una de las comedias más desternillantes e inteligentes de los últimos años. ¿Las razones? Por un lado, que en The Good Place las cosas no son lo que parecen. Hay muchísimas sorpresas que no voy a estropear en este artículo por razones obvias. Por otro, que lejos de meterse en follones religiosos, Michael Schur consigue convertir su serie en el profesor de Ética y Filosofía que muchos habríamos querido tener en el colegio.

Lejos de meterse en follones religiosos, Michael Schur consigue convertir su serie en el profesor de Ética y Filosofía que muchos habríamos querido tener en el colegio

Con la excusa de dar a Eleanor las herramientas básicas para parecer, por lo menos, un ser humano decente, el espectador, que en muchos casos solamente sabe quién es Kant muy a grandes rasgos, entra en contacto de forma amena y tronchante con la historia del esfuerzo humano por separar útil y claramente el bien del mal. El paciente e indeciso Chidi nos lleva de la mano a lo largo de las reflexiones que ha elaborado el pensamiento occidental en torno a la ética utilitarista. Y las almas y otros seres interdimensionales que le rodean van interiorizándolo de maneras delirantes.

En el Buen Lugar no se puede maldecir

Es lo que se suele llamar “ficción filosófica”: piezas de ficción que dedican, en realidad, gran parte de su contenido a desgranar cuestiones morales propias de los textos académicos de filosofía. Desde Así Habló Zarathustra de Friedrich Nitzsche hasta varias novelas de Umberto Eco, es un truco habitual mediante el cual los filósofos acercan sus debates y tribulaciones a la sociedad. Podría decirse que películas como Eternal Shine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004) han conseguido llevar la ficción filosófica al cine. Pero no estoy segura de que nadie hubiera logrado hacerla funcionar de manera tan brillante en la televisión reciente.

The Good Place introduce en uno la necesidad de saber más. Hace pensar e invita a buscar bibliografía sobre algunos de los conflictos que plantea

La osadía de los guionistas de The Good Place les lleva a divulgar y presentar, no solo como algo ameno, sino como algo realmente guay, temas tan complejos la lógica aristotélica (sobre esto hasta hacen chistes que hacen gracia), el Utilitarismo (la escuela que establece que los actos morales son aquellos que benefician a un mayor número de personas), la Deontología (la rama de la ética que reflexiona sobre la moralidad de los actos de uno) o el Existencialismo (una teoría en la que el agente moral es el individuo).

La reflexión sobre El Bien y El Mal nunca abandona el guión

Para el espectador no versado en estos temas, The Good Place es una sobredosis de información que le hace sentir francamente ignorante. Pero, por encima de eso, introduce en uno la necesidad de saber más. Hace pensar e invita a buscar bibliografía sobre algunos de los conflictos que plantea. Ya le gustaría a The Big Bang Theory haber conseguido algo así con la Física. Y lo logra, encima, insultando a muchos menos colectivos que ella.

Janet, Michael y la insufrible levedad del ser (eterno)

Uno de los principales retos de The Good Place es tratar de imaginar un lugar que la religión ya construido en nuestras mentes varias veces. Desmarcándose de la temática religiosa, The Good Place no habla de las deidades o de los seres queridos que los recién llegados se encontrarán en el Más Allá. Pero como el paraíso no se gestiona solo su arquitecto, Michael, cuenta con la ayuda de Janet (D’Arcy Carden), un chocante ente omnisciente encargado del mantenimiento del lugar. Ambos son, individualmente, personajes deliciosos. Michael, por sus múltiples fracasos a la hora de intentar comprender la naturaleza humana. Janet, porque es distinta a la mayoría de los personajes que uno haya visto antes.

Es muy posible que Janet sea lo mejor de la serie

Juntos forman una especie de dúo cómico que se mueve entre el humor surrealista, la deconstrucción del propio ser, la comprensión de su potencial como creadores y el intento de abarcar los debates filosóficos a los que Chidi intenta arrastrar a Eleanor. La vis cómica de ambos actores funciona a la perfección pero, bromas aparte, la construcción y el desarrollo de ambos personajes es absolutamente enternecedora. El espectador siempre es consciente de su no-humanidad y, aún así, empatiza con ellos en casi cada capítulo. La relación entre Eleanor y Michael los va humanizado a ambos de una forma emocionante y los procesos de aprendizaje de Janet son sorprendentemente reveladores.

La serie de Michael Schur destaca como una pieza de entretenimiento tan divertida como enriquecedora

El otro elemento que hace funcionar definitivamente la maquinaria filosófica de The Good Place son sus protagonistas “humanos”. A Eleanor, que tiene uno de los ‘viajes de héroe’ mejor armados que he visto en mucho tiempo; y Chidi, que le da una vuelta de tuerca deliciosa al concepto clásico de nerd, se unen Tahani Al-Jamil (Jameela Jamil), una filántropa con impecable acento británico y a Jianju Li (Manny Jacinto), un silencioso monje budista: el tipo de personas que se han ganado a pulso su puesto en tan idílico más allá.

A pesar de sus múltiples logros, a la serie le falta pulir a algunos de sus personajes secundarios (Photo by: Robert Trachtenberg/NBC)

Donde The Good Place tiene todavía margen para mejorar es en el desarrollo de los tres humanos secundarios que, aunque cada vez le hacen reír más sonoramente a uno, están lejos de la magnética presencia de Kristen Bell en la pantalla, o de la aplastante relevancia de las intervenciones de Janet. Aún así es en sus inseguridades y en su realista humanidad de donde el espectador va extrayendo el grueso de las lecciones que The Good Place pretende enseñarle. Es a través de estos personajes y de lo inteligente de su desarrollo que la serie de Michael Schur destaca como una pieza de entretenimiento tan divertida como enriquecedora. Tendremos tercera temporada en otoño.

The Good Place