5 Enero, 2017. Por

Solo el fin del mundo

La muerte como última forma de libertad
Solo el fin del mundo

Xavier Dolan se desmarca de la etiqueta de wunderkind (llámalo joven prodigio o enfant terrible del cine) con Solo el fin del mundo, un sofocante drama familiar y existencial que él mismo presenta como “su primera obra de hombre adulto”. Para los detractores del film, la única muerte que se anticipa es la del director (no son pocos los que ya han empezado a echarle tierra por encima), para otros más fans se trata de un renacer —aunque, pese a que hay algún cambio formal respecto a sus anteriores cintas, para nada es tan radical como lo pintan—. Algunos como yo lo que verán es al palpitante Dolan de siempre marcando los parámetros de ese nuevo cine que apuntala con cada una de sus películas. Un cine que no quiere ni requiere aprobación paterna para sobrevirir y por el que discurre un latido claramente reconocible, independiente y potente.

Una muerte anunciada
El guion, una adaptación de la obra de teatro homónima de Jean-Luc Lagarce, se acerca a la muerte y le hace una foto, de cerca, muy de cerca. La historia en si es un plano detalle, metafórica y literalmente hablando, del agonizante proceso de un joven de treinta y pocos años, Louis (Gaspard Ulliel), que regresa a casa —un hogar que hace tiempo no es el suyo— para anunciar su propia e inminente muerte a su madre Martine (Nathalie Baye), su hermana Suzanne (Léa Seydoux), su hermano Antonine (Vincent Cassel) y su mujer Catherine (Marion Cotillard); una familia que enseguida entendemos le es bastante ajena y a la que desde hace tiempo le une poco más que unas postales y una línea de sangre diluida.

La última cena
Como si del infierno mismo se tratase, con el azote de una ola de calor impregnando de sudor cada poro de la piel de los afectados, Dolan nos presenta una “última cena”/ almuerzo en la que se reúnen toda una serie de conceptos ligados a la cultura cristiana pero de forma controvertida. Empezando por el pecado: la enfermedad sexual contraída, el SIDA, y lo que implica; la penitencia y el martirio: una confesión pública e impuesta en forma de visita obligada a una familia que ya no es tal y que desata los reproches de unos y el sentimiento de culpa del otro; y siempre latente, el castigo o redención (según se mire): esa muerte agonizante que revolotea como un pájaro enjaulado en la cabeza del protagonista y que curiosamente y de forma simbólica parece ser su única escapatoria, una última y definitiva forma de libertad. Véase ese curioso y poético momento de realismo mágico, más propio de un libro de Murakami que de una cinta de Dolan, en el que el pájaro cuckoo cobra vida, revolotea sin rumbo y muere serenamente (el propio Louis comienza el film en pleno vuelo montado en un avión); que cada uno saque sus propias conclusiones. Dolan parece estar en paz con su película y con el mundo.

Solo el fin del mundo