8 septiembre, 2016. Por

Stranger Things

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Por qué no nos gusta 'Stranger Things', la última moto que te han vendido
Stranger Things

No cabe duda: de manera inesperada, Netflix ha pegado el pelotazo televisivo del verano. Stranger Things es la serie que ha visto hasta tu abuela a la vuelta de la playa y lo más llamativo es que a casi todo el mundo parece haberle gustado. ¿A ti también? ¿Seguro?

De qué va REALMENTE Stranger Things

Imagina, durante cinco o diez minutos, que eres productor de televisión. Tienes sobre la mesa una propuesta para una serie firmada por dos hermanos de treinta años y con escasa trayectoria en el mundo del cortometraje de terror. Una historia de miedo que gira en torno a la desaparición de un niño en un pueblo pequeño la América profunda: tras una tarde de diversión, un grupo de cuatro niños (niños, acabado en “os”) vuelven risueños a sus casas. Pero uno de los amiguitos se pierde, y nunca llega a su hogar, en el que su madre y su hermano mayor van entrando en un estado de pánico que solamente los hace profundizar en su precaria situación económica.

Nos encontramos en una comunidad pequeña, en la que una búsqueda se articula rápidamente a las órdenes de un sheriff atormentado, a su vez, por la muerte de su propia hija años atrás. Nadie parece relacionar la desaparición con la presencia, a escasos kilómetros del pueblo, de una instalación científica de características e intenciones desconocidas. Mientras los equipos de búsqueda se ponen en marcha, la madre de chaval se va poniendo más histérica (todo normal aquí: si a mi me dan palpitaciones cuando no encuentro las llaves del coche, no voy a juzgar cómo se tiene que poner uno cuando le desaparece un hijo); los amiguitos van ideando planes para encontrarlo; los hermanos mayores de los amiguitos hacen… pues cosas de adolescentes (pensar en los miembros del sexo opuesto y tomar decisiones erróneas); y, en el otro lado del pueblo, de buenas a primeras, una niña tan escasa de palabras como de pelo, aparece con información crucial sobre el amiguito desaparecido.

“Salvando lo de la instalación científica ultrasecreta puerta con puerta con el vecindario, el planteamiento puede tener sentido”, piensas. Pero prosigues y te encuentras con una conspiración para hacer creer que el niño desaparecido ha muerto al caerse en un lago mientras su madre jura que el pequeño se comunica con ella haciendo parpadear las luces del hogar familiar. (Resoplas.) La niña misteriosa, en lugar de buscar la ayuda de algún adulto, se hace amiga de nuestros tres diminutos héroes, quienes rápidamente adivinan que la joven es la clave para traer de vuelta a su amigo perdido. Que la chiquilla sea capaz de manipular objetos o alterar circuitos con la mente podría tener algo que ver. De modo que los niños se apañan para ocultar a la muchacha en el sótano de la casa de uno de ellos y alimentarla con gofres porque, hey, en el fondo los adultos son todos idiotas. (Te aprietas las sienes con las puntas de los dedos para liberar la presión.) La niña es adorable. Está rotísima y le sangra la nariz cuando utiliza sus poderes, pero es adorable. (Respiras aliviado: por fin algo con lo que puedes trabajar. Pero hay que ponerle un nombre chungo a la niña.)

De repente, hay un monstruo que se come gente (ya lo copiarás de algún videojuego de esos que le compras a tu hijo), una realidad alternativa fría, babosa y oscura, adolescentes intimando y para rematar, mami compra todas las luces de Navidad del condado para poder comunicarse a través de ellas con su niño. Nada de esto parece tener sentido y, sin embargo, no puedes parar de buscar el teléfono del agente de Winona Ryder.

Cinco cosas que no funcionan bien en Stranger Things (y que no parecen importar a nadie)

1. Los niños: A la hora de elegir relatos, siento mucho más interés por aquellos que se centran en los personajes en detrimento de los que priman la trama. Si no consigo empatizar, interesarme o, en el mejor de los casos, encariñarme de alguno de los protagonistas de una historia, es muy difícil que ésta me preocupe. Stranger Things deposita todos sus huevos en la cesta de los niños protagonistas: Eleven, Mike, Dustin y Lucas, cuyos códigos, intereses y emociones se parecen muy poco a los que yo viví en mi infancia, fracasando a la hora de intentar que me interesen sus problemas de niño repelente de diez años.
Es imposible que Eleven no le despierte ternura a uno, eso es obvio, pero la conexión con los otros niños se cimenta solamente sobre el hecho de que “son niños” que nos recuerdan a los protagonistas de E.T., The Goonies y Cuenta Conmigo (¿alguien había oído hablar de esta serie antes de este verano?) a pesar de que, como personajes, parecen tener la inteligencia de la pata de una silla.

2. Los adolescentes: Si hay algo más repelente que la pandilla infantil que protagoniza Stranger Things, es el drama de instituto que se monta entre sus hermanos mayores. Sin meternos ya en la cuestión de si el bodrio de la adolescente que pierde la virginidad con el más malote de la clase mientras el ousider está enamorado de ella les saca fotos aporta algo a la trama de Stranger Things o a la historia de la televisión en general, es que es sencillamente aburrida. A pesar de sus defectos Stranger Things es una serie entretenida, perfecta para rellenar las tardes familiares de verano. Salvo cuando estos personajes entran en escena: entonces puedes aprovechar y echarte una siesta.

3. Los adultos: Tal vez las únicas interpretaciones creíbles (salvando, obviamente, la de Millie Bobby Brown como Eleven) de la serie sean las de Winona Ryder (muchos creen que su personaje es exagerado e histérico y yo estoy en pleno desacuerdo: pienso que la serie crece cada vez que ella aparece en pantalla) y David Harbour (no tiene la culpa de que su personaje haga cosas sin sentido). Pero el resto de los personajes adultos de la serie (agentes del gobierno, profesores, padres) parecen una pandilla de zombis cuyo único objetivo es pegarle patadas a la trama para hacer que ésta avance. Las únicas escenas en las que parece haber un mínimo de tensión emocional son las que comparten la madre de Will (el niño desaparecido) y el sheriff.

4. La lectura de género: Es una apreciación muy personal, pero importante para un sector del público: salvo Eleven, las mujeres en Stranger Things o bien son floreros dominados constantemente por sus emociones, o sencillamente no se enteran de nada. Hagamos un ejercicio simple: busquemos la ficha de Stranger Things en IMDB y despleguemos la lista de personajes e intérpretes (en esta web se ordenan por minutos de aparición en la serie). Pues bien, de los 17 primeros personajes, solamente 4 son femeninos. Ni siquiera un 25%. Resulta que Stranger Things es una serie eminentemente masculina, y no hay una buena justificación para ello. Mejor no hacerle pasar el Test de Bechdel ni regalarle una suscripción a Barbijaputa. No hay más preguntas, señoría.

5. La coherencia interna: Sí, ya lo sabemos: Stranger Things es una serie de fantasía en la que pasan cosas sobrenaturales. Pero ello no debería justificar que sucedan cosas sin sentido. La lista no parece acabar nunca: el complejo experimental ultra secreto y peligrosísimo pegado a una población como si tal cosa, unos padres tan idiotas que no se dan cuenta de que hay una niña extra escondida en su casa, un sheriff que [ALERTA SPOILER] de la noche a la mañana obtiene permiso para entrar junto con una dependienta de supermercado a una realidad alternativa [FIN DEL SPOILER]; la adolescente absurda que, de una escena a otra, se convierte en Sarah Connor para, finalmente, volver a ponerse el disfraz de imbécil; o los agentes de la NSA que no son capaces de falsificar un cadáver de modo que supere el reconocimiento por parte de su madre.
Son, sencillamente, demasiados agujeros en el guión que solo ponen una cosa de manifiesto: de los ocho episodios, sobran cinco o seis.

La nostalgia no es suficiente

Cualquier tiempo pasado fue mejor. Eso lo sabes tú y lo sabe tu tía segunda la que vive en Albacete. ¿Cómo no lo van a saber los ejecutivos de Netflix? ¿Quién querría hacer una serie trepidante de dos o tres episodios, plagada de terror psicológico e intriga pudiendo hacer un producto que consista en adivinar a qué película, serie o libro de terror le han robado cada plano? ¿Qué nos creemos? ¿La BBC? ¡Dame todos los VHS que puedas encontrar y mételos en la batidora! E.T., The Goonies, Jaws, Star Wars, The Thing, Alien, Poltergeist, The Shining, todos los libros de Stephen King que seas capaz de nombrar y alguna partidita de rol que echaste en el instituto. A tope con ello. Vas a añorar los ochenta, vivieras en ellos o no. (Dato gracioso: los hermanos Duffer, creadores de la serie, nacieron en 1984: no vivieron de primera mano ni una sola de las cosas que relatan en ella).

No me malinterpreten. Me gustan las referencias. Los guiños molan. La nave Serenity aparece por un breve instante en el episodio piloto de Battlestar Galactica; las nuevas temporadas de Doctor Who no paran de hacer referencias a los primeros doctores de la tele y el cine; Stephen King llegó a ser guionista de un capítulo del The X-Files que tanto le debía; Once Upon A Time hace guiños a Lost, la serie en la que trabajaron muchos de sus guionistas, casi en cada episodio; Fringe tiene un episodio tan ambientado en los ’80 que hasta le cambiaron el tema a la entradilla; y Firefly es toda ella un homenaje a Han Solo.

Los homenajes son geniales: nos hacen recordar otras obras fabulosas o descubrirlas. Nos entretenemos buscándolas y nos reímos cuando las compartimos en Tumblr. Pero hay algo que tienen en común todas las series que he mencionado en el presente párrafo: una historia propia para la cual las referencias son un impulso, pero no un objetivo. Son algo más que sus guiños, que sus influencias.

Pero el problema es que Stranger Things vive por y para sus citas ochenteras: ¿qué más da que los problemas de los niños protagonistas con los malotes de su colegio sean soporíferos e intrascendentes, si nos sirven para acordarnos de The Goonies? ¿Para qué se pasa Eleven dos episodios vestida como un merengue si no es para que nos acordemos de E.T. cada vez que la vemos? ¿De verdad era necesario utilizar tanto rato para fusilar escenas de una película que, como E.T., ha visto la gran parte del mundo? Y lo mejor es que ha colado. No digo que si alguien armara una serie plagada de referencias a Buffy, Xena, los Power Rangers, The X-Files, Matrix o Sabrina no fueran a tirar de los hilos de mi más tierna adolescencia. Pero aspiro a ser consciente de que la nostalgia no se come, y que sin una buena historia que la sostenga, no es más que un adorno vacío.

La cruda realidad

Y es que, queridos amigos, cuando uno se pone a pensar en el argumento de Stranger Things, una vez despojado de las referencias, los guiños, los homenajes y la nostalgia, va de unos científicos que abren un portal interdimensional al lado de un pueblo a los que el experimento se les desmadra y acaban con un monstruo suelto. Y lo demás es confeti: un desfile de personajes con la profundidad emocional de una bolsa de patatas fritas corriendo como pollos sin cabeza por un pueblo aburrido y tomando constantemente la decisión diametralmente opuesta a la que cualquier persona en pleno uso de sus facultades mentales tomaría. Un argumento que perfectamente podría haber sido el de un buen episodio de The X-Files, Fringe o Supernatural, pero que se ha estirado de manera innecesaria y tediosa.

Pero se conoce que el vacío cotiza al alza estos días, y desde Netflix ya amenazan con más y mejores guiños para el año que viene. Esperaremos con impaciencia (el regreso de Sense8).

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