28 octubre, 2015. Por

Hannibal

Homenaje en tres actos
Homenaje a Hannibal en tres actos; o tres razones por las que cancelar la serie fue un error
Hannibal

Si tienes un amigo o amiga algo friki o un poquito perturbado, es posible que el pasado verano le oyeras lamentarse por la cancelación de la serie estadounidense Hannibal. También puede que pertenezcas al grupo de personas que empezó hace un par de años a ver aquel procedimental y salieras horrorizado por el bombardeo constante de vísceras, sangre y todo tipo primeros planos morbosos.

Puede que en realidad no tengas ni la más remota idea de lo que trata este texto, o que seas uno de los (pocos) que lamentaron la cancelación de la serie sobre el buen doctor Lecter. En cualquiera de estos casos, vamos a intentar homenajear a una de las series más peculiares de los últimos años con la idea de que, quién no la haya visto, se anime a darle una oportunidad y que, quien ya ya eche de menos, disfrute del buen sabor de boca que nos dejó.

Hannibal debutaba en la NBC en primavera de 2013 como un arriesgado procedimental en el que perturbados criminólogos del FBI solicitaban la ayuda del doctor Hannibal Lecter para resolver casos de asesinato especialmente macabros o complejos. La serie siempre se presentó como inspirada en los personajes de la novela El Dragón Rojo, de Thomas Harris, aunque se desarrollaba en la actualidad y en un momento muy anterior a que las aficiones del doctor Lecter fueran descubiertas y él encarcelado. Con unos índices de audiencia desastrosos en su tercera temporada, Hannibal fue cancelada el pasado mes de junio, a pesar de haber sido proyectada (de manera demasiado optimista, teniendo en cuenta que NBC es una cadena en abierto en los Estados Unidos) como una obra de siete temporadas. La serie ha dejado huérfanos a un buen puñado de incondicionales, que veían en ella un reducto de originalidad en la televisión generalista. Nosotros no nos conformamos con llorar su pérdida, y rendimos este pequeño homenaje en tres actos.

Sus interpretaciones
La apuesta del equipo de guionistas encabezado por Bryan Fuller era elevada, porque a la sobrada carga violenta de la primera temporada se le añadía la complicación de que el público reconociera y aceptara a una versión de Hannibal Lecter que no fuera la que firmó de manera magistral Anthony Hopkins 20 años atrás en El Silencio de los Corderos. Aunque otros actores han encarnado a Lecter antes y después que Hopkins, ninguno ha alcanzado las cotas de excelencia del británico, y la empresa parecía casi imposible.

Contra todo pronóstico, el danés Mads Mikkelsen se ha pasado tres temporadas luciéndose capítulo tras capítulo, haciendo lo que parecía imposible: que nadie echara de menos a Hopkins. La temprana cancelación de la serie nos privó de ver si conseguían la misma gesta con quien hubiera interpretado a Clarice Starling; pero en el resto del elenco no ha habido ni una sola interpretación mala. Hugh Dancy interpretando a un Will Graham que comienza como un ingenuo y atontado analista y acaba desgarrándonos con lo profundo de sus sentimientos y su perturbación mental y Caroline Dhavernas con un personaje que evoluciona de manera parecida, desde la miopía hasta convertirse en un personaje frío y calculados completan el trío protagonista.


Una de las primeras escenas de Mads Mikkelsen y Hugh Dancy juntos

A ellos se unía todo un elenco de secundarios de lujo en los que cabe destacar dos nombres: Gillian Anderson, que interpretaba a la terapeuta del propio Lecter (no parece casualidad que la Anderson saltara a la fama precisamente por su interpretación de un personaje, la agente Scully de Expediente X, que bebía descaradamente de la Clarice Starling de Jodie Foster) y cuyas apariciones eran tan perturbadoras e inquietantes que en la tercera temporada acabó convirtiéndose en personaje regular; y Gina Torres, una delicia de actriz aparezca donde aparezca que completaba el arco argumental sobre la esposa moribunda de Jack Crawford (el jefe de Clarice en El Silencio de los Corderos), uno de los que muestran de forma más dercarnada la maldad de Hannibal al espectador.

Amor, enfermedad mental y violencia: otro punto de vista
Hay una serie en la parrilla estadounidense que cuenta una historia ligeramente similar y que, al compararse con Hannibal, pone de manifiesto las peculiaridades de ésta. Hablo de The Following, el thriller protagonizado por Kevin Bacon que también lleva tres años emitiéndose, eso sí, cosechando sensacionales índices de audiencia. The Following cuenta la fijación, casi homoerótica, de un agente del FBI con un asesino especialmente sangriento y carismático.

La serie está constantemente plagada de escenas de violencia extrema, reiterada recreación visual en la sangre y las armas blancas y un discurso elaborado sobre el placer que sienten algunos seres humanos al arrebatar la vida a otros. The Following es una serie bastante entretenida, llena de persecuciones, disparos, giros imposibles, héroes idiotas, momentos familiares. Es, en resumen, una serie al uso con una historia al uso interpretada por actores al uso que un día se acabará y se lamentará solamente porque es entretenida.

Hannibal no cuenta algo muy distinto. Bryan Fuller ha descrito muchas veces su concepción de la relación entre Hannibal Lecter y Will Graham como una historia de amor, y como tal la ha plasmado en la pequeña pantalla, complicándola y retorciéndola a base de añadir más y más personajes a la trama. La obsesión, la violencia, la necesidad de venganza y de hacer sufrir al objeto de nuestro deseo, los celos… todo son emociones muy humanas y reconocibles que se exponen en su mayor crudeza durante las tres temporadas de Hannibal. La tensión física entre Will y Hannibal estalla definitivamente al final de la segunda temporada, en la que una explícita y dolorosa ensalada de cuchilladas se confunde con una delirante declaración de amor y con un episodio de apasionado despecho. Y es que Hannibal ha demostrado maestría a la hora de combinar sensaciones a priori antagónicas: violencia, sexo, refinamiento, comida, muerte, obsesión, enfermedad… son todos temas que se van maridando a lo largo de la serie.


Trailer de la segunda temporada de Hannibal

Al igual que en la cinta de Jonatan Demme, la violencia es protagonista absoluta. Esto es, sin duda, el primer obstáculo que la serie tenía que superar de cara al público. Pero cada imagen violenta que se nos muestra tiene su contrapartida después en la cocina de Lecter o en la trayectoria de alguno de los protagonistas. Nada está dejado al azar ni se muestra si no es para servir a la historia o para proporcionar placer artístico a los espectadores.

El catálogo de originalidades de Hannibal no acaba en la violencia o en los sentimientos. Toda la serie ha constituido una perturbadora reflexión sobre la enfermedad mental y sobre la necesidad que sienten algunas personas de matar a otros seres. Y lo hace sin bromas ni heroicidades bobaliconas, como lo acabó haciendo el bufón Dexter. Aquí a nadie se le ocurre plantarle un hijo recién nacido a Lecter para hacerlo más humano y accesible al espectador, sino que se muestra su maldad y su desequilibrio en toda su majestuosidad y, mediante una brillante construcción del personaje, se consigue que este se lleve, al menos en parte, la simpatía del espectador.

Es visualmente única
Pero, ¿cómo es posible que todos estos elementos se expongan de manera tan diferente a como lo hacen otros equipos de producción? Sin duda, gran parte del secreto reside en los grandes guiones que Hannibal nos ha dado. Pero si por algo será recordada la serie de Bryan Fuller es por su forma de utilizar las imágenes para describir la violencia, las emociones y la enfermedad mental. Una de las constantes de Hannibal ha sido la exquisitez visual, la delicadeza a la hora de elegir decorados, exteriores y colores.

La crudeza con la que la cámara se recrea en los detalles de más violentos de la historia, el uso intensivo de lentes macro y cámara lenta para captar cada gota de sangre contribuye de manera decisiva a que la violencia, la gastronomía y el erotismo sean prácticamente la misma cosa a lo largo de toda la serie. El tiempo ha demostrado que esto no era suficiente y que la mayoría de los espectadores sufría rechazo ante estas imágenes de violencia extrema; pero para quien se atreviera a quedarse mirando acababa encontrándose con una forma de concebir la creación audiovisual que, si bien puede ser frecuente en la filmografía de grandes figuras del cine como Stanley Kubrick o David Lynch, no es común encontrar en la tele.


En la cocina con Hannibal

Pero al final los números vencieron: la tercera temporada, especialmente su arranque, era excesivamente abstracta para la mayoría de los espectadores. Hannibal acabó adaptando El Dragón Rojo de una forma bella e impresionante, regalándonos de nuevo una interpretación, la de Richard Armitage como el Gran Dragón, que cortaba la respiración. Las últimas escenas fueron adaptadas para que funcionaran como final de la serie, aunque dejando la puerta algo abierta a algún tipo de spin-off centrado en el personaje de Gillian Anderson. El último regalo de Hannibal en su intenso final fue la primera canción de Siouxsie Sioux en ocho años, Love Crime, para poner fin a las sangrientas travesuras del doctor Lecter y su séquito. Si te la perdiste, o si ya los estás echando de menos, puedes ver las dos primeras temporadas de la serie con tu flamante nueva cuenta de Netflix. Buen provecho.

Hannibal

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