27 abril, 2016. Por

Michael Moore

¿Héroe o villano?
Michael Moore estrena '¿Qué invadimos ahora?': analizamos si es héroe o villano
Michael Moore

Michael Moore es, probablemente, el autor de documentales más famoso de la historia. Pese a quien pese, el orondo icono de Flint (Michigan) no solo ha renovado el género y ha sido punta de lanza a la hora de ponerlo de moda, sino también de una popularización casi insólita.

Además de sus récords en taquilla, ha obtenido un Oscar por Bowling For Columbine y la Palma de Oro en Cannes por Fahrenheit 9/11, algo que no sucedía con un documental desde 1956.

Sin embargo, el cineasta ha generado mucha controversia en cuanto a sus métodos y ha dividido a la crítica, cada vez menos dispuesta a seguirle el rollo. En vísperas del preestreno de su nuevo filme dentro de la programación de Documenta Madrid hoy miércoles 27 de abril, ¿Qué invadimos ahora?, que llegará a salas comerciales el viernes 27 de mayo, reflexionamos sobre el valor, vigencia, necesidad y contradicciones de un autor singular.

“Me llamo Moore, Michael Moore”
Arranco con una imagen en mi retina. Madrid, 2003, manifestación contra la guerra de Irak. Un grupo de jóvenes pasa junto al cartelón de Bowling For Columbine en un cine de estreno y saluda jaleando al muñeco de Michael Moore como a un héroe. No tardaría mucho en pasar de ahí a celebrity recurrente en La hora chanante y Muchachada Nui, prueba irrefutable de que ya teníamos con nosotros a un icono de la cultura popular contemporánea.

Entre medias, en un acto del desaparecido colectivo Ladinamo, recuerdo asistir a la proyección de Roger & I, su primer documental, de 1989, más intimista y amargo pero también el germen de todo lo que vendría después. Su denuncia de cómo el cierre de varias plantas de General Motors sume en la miseria a la localidad de la que él procede, Flint, es una cosa bien seria.

A partir de Bowling For Columbine, Moore será ya el ariete, el caballo de Troya de la contrainformación dentro de la gran industria del entretenimiento global y su rodillo ideológico. Eso es más serio todavía.

No dejes que la realidad estropee un gran documental
Evidentemente, el atrevimiento de Moore a la hora de denunciar algunos de los males del capitalismo moderno y, en especial, de EE UU –desde la fascinación por las armas de fuego a la hipocresía de su política exterior, la cultura del miedo o la privatización de la sanidad- no podía quedar impune. Aunque, en ese doble juego de Hollywood, también se le ha dejado hacer y se le ha promocionado para ofrecer un señuelo de libertad y, al mismo tiempo, beneficiarse del dinero que sus películas generan.

Pero, tanto desde la crítica más reaccionaria como desde la progresista, sus métodos han sido muy cuestionados. Fundamentalmente, se le ha recriminado su maniqueísmo ideológico, siempre indisimulado, así como su presunta falta de rigor, al seleccionar y manipular los aspectos de la realidad que él quiere para que encajen en una teoría previa. También se le ha acusado de ingenuo al comparar a EE UU con otros países –especialmente Cuba, en el caso de Sicko-, y de orientar emocionalmente al espectador mediante el trazo grueso, cayendo por momentos en el amarillismo.

Momentos especialmente paradigmáticos de esto son, en Bowling For Columbine, su acción en un supermercado Walmart para denunciar la venta de armas y su entrevista-asalto a la casa de Charlton Heston. Moore comienza prácticamente inventando el escrache cinematográfico pero termina mostrándole al anciano Heston la foto de una niña abatida por arma de fuego en un momento muy incómodo y sonrojante, nivel Nieves Herrero. Por último, y no menos importante, su obsesión por ser él el protagonista de sus propias películas le hace parecer un tipo ególatra cuyo personaje ha ido devorando paulatinamente a las historias que él quería contar.

No te creas todo lo que te cuentan
Siendo ciertas todas estas acusaciones, también son refutables. Para empezar, lo verdaderamente ingenuo es pensar que un documental puede ser objetivo. Siempre hay una intencionalidad en él y, teniendo en cuenta la creciente confusión del género con la introducción de elementos ficticios, su presunto rigor está cada vez más en entredicho, hasta el punto de ser un factor condenado a la irrelevancia. Por otro lado, su orientación ideológica y su presunta manipulación tienen la fuerza de un tirachinas en comparación a las bombas atómicas que histórica y repetidamente se han lanzado desde la industria del entretenimiento estadounidense.

Yendo más allá, se podría contraponer al de Moore el trabajo de otros cineastas más sutiles y atinados, pero cuyas películas acaban siendo pasto de élites cinéfilas y se quedan predicando para los conversos. Moore, en su criticado didactismo, busca llegar al público general, que sus películas se proyecten en las escuelas y las pueda entender tan bien un alumno de Noam Chomsky como un niño de ocho años de un barrio obrero de Ohio. Porque, éste es un factor esencial, sus películas, además de didácticas, son divertidísimas: no solo por su omnipresente sentido del humor sino por su trepidante utilización del montaje y por el modo en que alterna sus entrevistas con narraciones en off y la introducción de imágenes de archivo, infografías o animaciones.

Michael Moore es capaz de tenerte durante dos horas pegado a la pantalla y siguiendo sus argumentos y su narrativa con la máxima atención. Puede irritarte o no, pero nadie puede negar que es instructivo, ameno y que, en cada una de sus películas, provoca la carcajada en el patio de butacas al menos una docena de veces. Lo mismo sucede con su personaje: puede despertar simpatías o antipatías, resultar cargante incluso, pero también es importante disociar al autor de la obra. Siempre he tenido la sensación de que él dispone de una serie de elementos y juega con ellos para llegar a un fin, mostrarnos algo. Y, al final, eso que nos está señalando, por muy tramposo o efectista que haya sido el camino, es la verdad en la que quiere que nos fijemos. Más allá del dedo que apunta está la luna. Que la queramos ver o no ya depende de nosotros.



¿Qué pensamos entonces de ¿Qué invadimos ahora??

Su nueva película, ¿Qué invadimos ahora?, es casi una ampliación de la idea desarrollada en Sicko –una feroz crítica al sistema sanitario estadounidense- pero mucho más lúcida y lograda. De hecho, estamos ante su mejor filme desde Fahrenheit 9/11. A él podemos aplicar todo lo que hemos escrito en lo que llevamos de texto (nadie espera que haya cambios sustanciales en su estilo). Arranca con un planteamiento de comedia-docuficción: tras los fracasos en las últimas contiendas en que su país ha estado implicado, propone ir él de peculiar embajador a invadir simbólicamente varios estados europeos y traer como botín algunas ideas que allí funcionan para adueñarse de ellas.

Así, en una suerte de Interraíl tardío que él emprende, flipará con las vacaciones pagadas de los trabajadores italianos, la gratuidad de la Universidad en Eslovenia, los comedores escolares franceses, el concepto de memoria histórica alemán, el sistema penal noruego, la descriminalización del consumo de drogas en Portugal o las cuotas de género en Islandia. Cierto es que el director pinta esta Europa social como una especie de Arcadia, un mundo idealizado, pero él mismo lo reconoce en la propia película, cuando dice que ha ido a recoger las flores y no las malas hierbas.

Es, de nuevo, un filme absolutamente intencional que, sobre todo, trata de orientar al público estadounidense hacia la curiosidad (importante, en este sentido, la incursión en Túnez) y hacia las bondades del estado de bienestar. También deja caer en varios momentos la importancia de la lucha obrera, estudiantil y de las mujeres, de la movilización, como paso para conseguir eso, siempre desde una perspectiva humanista y optimista, encaminada a convencernos de que lo utópico es posible. “Los espectadores ya saben la verdad, ya saben todo, no necesitan ver otro documental que les diga lo jodido que es esto, o lo otro. Necesitamos mover el culo, hacer algo e inspirarnos en lo que podríamos llegar a ser”, ha declarado.

Pero igualmente importantes son las enseñanzas que de esta película puede extraer el público europeo. En plena era de las políticas de austeridad y ante la amenaza del TTIP, es una importante reivindicación, una puesta en valor de las políticas sociales en el momento histórico en que éstas más peligran. El idealismo esgrimido aquí por Moore, su creencia en un mundo mejor que es posible porque ya se ha puesto en práctica, se impone a su propio personaje y se convierte en el mejor antídoto contra las voces cínicas que intentarán devaluar una película que divierte, emociona y hace pensar. Y eso no sucede con mucha frecuencia.

Michael Moore