19 octubre, 2016. Por

La reconquista

Somos siempre principiantes
Somos siempre principiantes: desmenuzamos 'La reconquista' de Jonás Trueba
La reconquista

Pasear entre los planos de Jonás Trueba significa sumergirse en un camino de sensaciones que se alargan en el tiempo, como la vida misma. El tratamiento de sus temas principales, enmascarados bajo un rimmel llamado amor, se suceden con un realismo que, lejos de aburrir, asusta.

Tanto, que acompañar a los protagonistas de sus películas deja margen para que en sus propias experiencias se mezclen y coincidan recuerdos personales. Es decir, es capaz de unir a personaje y espectador en una misma secuencia. Lo que convierte este nuevo paseo llamado La Reconquista en un viaje por los recuerdos en primera persona.
Texto: Irene Naranjo

Perseguir el primer amor, ¿en invierno o en verano?
La búsqueda desesperada de comunicación con el amor perdido es un recurso que repite el pequeño de los Trueba. Pasando por el reciente fin de una relación en Todas las canciones hablan de mí, o el viaje de tres amigos que se lanzan al encuentro de antiguos romances en Los exiliados románticos.

En La reconquista repite esta necesidad de sacar todos los tormentos fuera. Olmo y Manuela son dos adolescentes que tras enamorarse un verano, a las puertas del parque de atracciones, viven su primer amor. Tienen que pasar varios años para que llegue el invierno y ambos, con más años y experiencias a sus espaldas, se encuentren (esta vez a los pies de unas escaleras) y juntos asciendan por ese cúmulo de sensaciones, egoísmo y miedos.

Un concierto llamado largometraje
“Quiero declarar la guerra a la realidad y vivir en tus sueños siempre”. Las palabras de la canción de Tulsa, que ambientaba Los exiliados románticos, se pueden trasladar también a este último film. A esa realidad que cambia sin permiso, hasta llegar a una situación en la que ya no hay marcha atrás ni espacio para cambios soñados.

Manuela y Olmo se introducen así en un laberinto por su pasado, con un presente demasiado presente. La música juega aquí, y en el resto de obras de Jonás, un papel muy importante. Las canciones, a diferencia de presentarse como banda sonora acompañante, se encargan de jugar dentro del guion.

A través de un cantauror principal, en este caso Rafael Berrio, son los conciertos en vivo los que marcan un recurso técnico del director para sumergir aún más al espectador en la escena, permitiendo que éste esté presente como si se encontrara también en ese concierto.

Reflejo de una ciudad
Los momentos y conversaciones que presenta Jonás recuerdan a los que nos encontramos muy a menudo en la cotidianeidad, y en los que pensamos “¿de verdad me está sucediendo esto?”. Ese surrealismo que aparece un segundo para desmarcarnos por completo, en forma de coincidencias imposibles. Por una parte, esta sincronización con la vida se da gracias al uso que el creador hace de la ciudad. Con Madrid en especial, y los alrededores del viaducto en concreto. Son rincones en los que, aún sin haber pasado nunca, hemos estado. Hemos sentido lo mismo en otro rincón parecido, con otra persona totalmente diferente.

Pasar página
La literatura también aparece como un factor principal en todas las películas del pequeño de los Trueba. Ya sea con citas a libros, cartas o escritos con los que los personajes se expresan y se dan a conocer. Muchas veces, entorno a fragmentos, es más fácil transmitir emociones.

Por ejemplo, de nuevo en Los exiliados románticos, se refleja el miedo a una relación con una frase sacada de Las pequeñas virtudes (Natalia Ginzburg) que dice: “No podemos ser siempre enfermos, a veces tenemos que ser enfermeros”. ¿Quién se ocupa de mí? ¿Quién me salva? Y eso es lo que también buscan Olmo y Manuela, salvarse con el protagonismo de otro libro: Crímenes imaginarios.

Jonás Trueba se lanza a la (re)conquista (guiño, guiño) de la nouvelle vague con pasión, y un acercamiento al masoquismo sentimental de ganar terreno en otras personas que sirven de espejo para, finalmente, encontrarse a uno mismo.

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