7 Abril, 2016. Por

A. Weerasethakul

¿Genio o timo?
Analizamos 'Cemetery Of Splendour', el nuevo filme del desconcertante director tailandés
A. Weerasethakul

Olviden las gracietas facilonas con la difícil pronunciación y la necesidad de nemotecnias para memorizar el nombre del cineasta tailandés y vayamos a lo serio: Apichatpong Weerasethakul (desde ahora en el texto, AW) es uno de los nombres más venerados por la cinefilia contemporánea.

Especialmente a partir de sus galardones en Cannes –Premio del Jurado para Tropical Malady en 2004, Palma de Oro para Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas en 2010-, este polifacético artista ha llegado también a un público no marginal, con sus películas estrenándose en pantallas comerciales y provocando los inevitables cismas entre admiradores y detractores.

El estreno de su octavo largometraje, Cemetery Of Splendour, reaviva una polémica sobre la que intentaremos arrojar un poco de luz, natural y halógena, posicionándonos al mismo tiempo como abogados del diablo, abogados defensores y defensores del espectador.

¿Timo?
Una tesis a validar: Cuando una película requiere de una exégesis más o menos sesuda, conocer de antemano los parámetros en los que nos vamos a mover para ser disfrutada o comprendida; cuando una crítica o una entrevista con el director te revelan más que la propia obra o hacen de manual de instrucciones, cuando ésta no se vale por sí misma para despertar el interés, ha fracasado. “¿Qué es esto que estoy viendo?” y “Me aburro” son dos comentarios habituales entre el público desinformado que ha visto algunos de los filmes de AW.


¿Genio?
Una antítesis que defenderé a muerte: ¿Desde cuándo decir “¿Qué es esto que estoy viendo?” es un problema? Pocas sensaciones tan poderosas hay a la hora de acercarse a una obra de arte como el que te despierte esta pregunta, esa fascinación inyectada en vena, que te deje a cuadros, que no haya asideros, que te ponga contra las cuerdas. Incluso que te irrite. “¿Me puedes contar de qué va?”, esa pregunta ultra cuñada que suele surgir cuando alguien se confiesa fan de, yo qué sé, Inland Empire, Holy Motors o El año pasado en Marienbad, muestra una reaccionaria negativa a salirse de nuestras zonas de confort. ¿Por qué no pensar las películas en término de experiencia cinematográfica, no solo racional sino también sensorial? Respecto a lo de “Me aburro”… Bueno, ahí, pese a que existe un sector de la cinefilia que defiende el tedio como algo necesario y consustancial a cierto tipo de películas, yo me acerco más a la opinión de Michi Panero: “En esta vida, todo está permitido menos ser un coñazo”.

¿Es necesario un código de visionado?
Probablemente ayude, pero no tiene por qué. Podemos interpretar Cemetery Of Splendour como una película de la escuela surrealista, incluso de realismo mágico, pero ambas -bueno, en especial la surrealista- se rigen por códigos occidentales que puede que no sean los que utiliza el director. Habría que bucear en la filosofía animista, muy presente en sus películas, pero también en sus otros sistemas predominantes de creencias y en la misma historia de Tailandia, desde su pasado belicista (la contienda con Laos, por ejemplo, hasta el reciente Golpe de Estado que, desde 2014, tiene sometido al país bajo el gobierno de una junta militar). Por otro lado, y como todo autor con entidad, AW tiene lo que se denomina un mundo propio, una serie de obsesiones, personajes, lugares y temas que se repiten. Familiarizarse con ellos, evidentemente, amortigua el choque cuando uno se enfrenta a cada nueva obra.


Pero, ¿de qué va Cemetery Of Splendour?
En un lugar al norte de Tailandia, una misteriosa enfermedad del sueño –algo así como una narcolepsia- ha atacado a varios soldados, para cuyo cuidado se ha habilitado un hospital de campaña en una escuela. Unas mujeres voluntarias acuden a atenderlos y acompañarlos, incluida una médium que se comunica con sus mentes. A la protagonista, un ama de casa de mediana edad que se ha casado con un militar estadounidense, se le aparecen un día dos chicas que dicen ser espíritus y le cuentan que debajo de esa escuela hay un cementerio de antiguos reyes que se nutren de la energía de los soldados enfermos. Paralelamente, unas máquinas excavadoras perforan el suelo.

Algunas sensaciones cogidas al vuelo
Podría ser una película sobre la permanencia / inmanencia de la guerra y su memoria a lo largo de lugares y generaciones, pero reducirla a eso sería algo forzosamente incompleto. En ella conviven con una pasmosa armonía la superficie y el subsuelo, el sueño y la vigilia, el alma y el cuerpo, lo racional y lo espiritual, la realidad y la leyenda, lo visible y lo invisible, el ver y el creer/ imaginar, los humanos y los fantasmas, los vivos y los muertos, el pasado y el presente, la ciencia y la magia. Pero no se llega a establecer una contraposición clara entre esos enfrentamientos binarios que acabo de lanzar: todo está mezclado y se confunde. Todo ello podría ser las dos cosas al mismo tiempo. También hay constantes flujos de energía: desde las luces fluorescentes a los ventiladores, desde las aspas sobre el mar movidas con el agua hasta la presencia permanente del viento que hace de la vegetación algo vivo…Ahí, AW parece que nos está diciendo algo.


Entonces… ¿Es un genio?
Aunque solo fuese por su asombrosa inventiva visual (¡una ameba reflejada en el cielo!, ¡la secuencia en el interior de un cine seguida de unas escaleras mecánicas en plano picado fundiéndose con el hospital iluminado por esas extrañas lámparas!) ya valdría la pena pagar la entrada y gozar del stendhalazo. Su plasticidad es innegable, y cada plano una obra de arte tanto por su construcción como por su cromatismo y fotografía (el responsable de la misma es, por cierto, el mexicano Diego García). AW te ofrece una experiencia única, insólita: nadie filma lo que él ni como él. En su mundo, misterioso, fantástico, exuberante, parece estar invitándonos a ir más allá de lo que vemos y de nuestras propias convicciones, imaginar otros espacios y otra forma de fabular, de pensar en las cosas y en nosotros mismos.

Entonces… ¿No es un timo?
Vale. Es hermético. Desconcertante (esos planos de personajes junto a un lago moviéndose en coreografías chanantes, por ejemplo). Genera bastante distancia con los personajes. Su tono es un tanto frío, lento, lacónico. Si no entras en su juego, te irrita. Te deja entrever que hay una lógica interna en lo que está planteando, pero no te acerca a ella, te pone trampas para que no la pilles fácilmente e incluso mete cosas que parece que estén ahí para despistar. Introduce, por ejemplo, algunos puntos de humor verde un tanto tróspido, casi chabacano (la escena de la erección sobre todo, porque la del lametón de la pierna deforme tiene un punto muy buñuelesco). Como entres en un mal día, te lo puede joder por completo.


El veredicto
Al final, todo depende de cómo uno lo pille. Podríamos estar dándole vueltas, escribir una tesis doctoral, pero lo cierto es que entras o no entras, no hay más tu tía. Desde el humilde criterio de este espectador, analizando pros y contras de todo lo escrito, ni siquiera estoy seguro de que los peros esgrimidos en el penúltimo epígrafe sean algo negativo de por sí. En cambio, los aducidos en el antepenúltimo sí son decisivos. Apichatpong Weerasethakul: ¡¡Genio!!

A. Weerasethakul