6 Marzo, 2015. Por

Calvary

John Michael McDonagh
El director de El irlandés confiere mayor gravedad a su humor negro en la desasosegante Calvary
Calvary

Calvary comienza de un modo impactante: vemos el primer plano del rostro de un cura católico, el padre James (Brendan Gleeson), en el confesionario mientras escucha la voz de un feligrés. Éste le dice que otro sacerdote abusó de él de niño y le destrozó la vida y que ha pensando en una venganza: en una semana va a matar a su confesor, no porque tenga la culpa, sino precisamente porque él es un buen cura, y eso creará un alto desconcierto en su congregación. Es el inocente quien debe pagar por los pecados de los otros.

John Michael McDonagh se dio a conocer con El irlandés, una negrísima traslación a la costa de Galway de las buddy movies policiales cargada de sorna y choteo a costa de los estereotipos nacionales, que se acabó convirtiendo en la producción independiente más taquillera de la historia de ese país. Su segundo largo mantiene, además de al mismo actor principal, su personal carga sardónica, pero ahora oculta tras ello una mayor gravedad, un clima de mal rollo y desasosiego existencial que hace mucho más difícil definirla como comedia.

El título no engaña: la película narra los que pueden ser los últimos siete días en la vida del sacerdote, que parece que él piensa encarar sin hacer frente al destino fatal que le han asignado de modo más bien caprichoso. En esa semana de calvario, veremos cómo James -soberbio en cada arruga del rostro, cada mirada y cada palabra Brendan Gleeson una vez más- interactúa con los habitantes de su minúscula comunidad, personajes extraños y dementes en cuyo caos intenta poner calma él, reconfortarlos y guiarlos aún a sabiendas de que todo el mundo parece odiarle o despreciarle. También se reencontrará con su hija, quien aparece en esa pequeña aldea del condado de Sligo después de haber estado a punto de suicidarse en Londres. Y, poco a poco, adivinaremos que James abrazó la fe católica para huir de un pasado que oculta.

Además de Gleeson, de la extrañeza de situaciones y diálogos y del clima desasosegante, lo que hace verdaderamente especial a Calvary es el modo en que da la vuelta a los diferentes clichés de género. Podría ser una comedia, pero tras la sonrisa te deja un desagradable rictus. Podría ser una reflexión sobre la pederastia en la Iglesia Católica, pero las víctimas se vuelven verdugos alardeando de su sentido de la injusticia. Podría ser una historia de misterio en la onda de Agatha Christie pero, a las primeras de cambio, el protagonista dice que sabe perfectamente quién le ha amenazado –ha reconocido su voz- y no hace nada por remediarlo, lo cual rompe el señuelo argumental del “quién es el asesino” aunque, de modo retorcido, ya que el enigma se mantiene de cara al espectador. Y podría ser, también, un drama religioso sobre la crisis de fe y la pérdida de valores morales, sobre el pecado y el perdón. Esos aspectos sí están ahí, pero parecen irrelevantes ante lo más potente y desolador que muestra la película: a un hombre solo asumiendo el previsible final de su vida en un entorno tan bello como hostil. En un mundo que no le quiere pese a que él hizo todo lo posible por buscar lo contrario.

Calvary

+ INFO

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Director: John Michael McDonagh

Género: Tragicomedia

Reparto: Brendan Gleeson, Chris O' Dowd, Isaach de Bankolé, Kelly Reilly, Aidan Guillen, M. Emmett Walsh, Marie-Josée Croze y Domhnall Gleeson

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Guión: John Michael McDonagh
Música: Patrick Cassidy
Fotografía: Larry Smith

Estreno: 06.03

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Cuándo: NULL

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Venta de entradas: www.entradas.com