2 abril, 2018. Por

A Silent Voice

Reflexionando sobre discapacidad y acoso escolar a través de la poesía visual
A Silent Voice

Con muchísimo retraso, llegó hace poco a las (algunas) pantallas españolas A Silent Voice (Naoko Yamada, 2016). Una cinta de anime que en algo más de dos horas adapta un manga homónimo de Yoshitoki Ōima. Fue, sin duda, una de las cintas de animación más aclamadas durante el año pasado. Y con bastante razón: es una película áspera, especialmente para el espectador occidental que solamente se acerca de cuando en cuando a la animación japonesa. Pero de una calidad artística y emocional incontestables, con un discurso sobre la discapacidad y el acoso escolar de inmenso calado.

Una película áspera, ero de una calidad artística y emocional incontestables, con un discurso sobre la discapacidad y el acoso escolar de inmenso calado.

Al principio de la adolescencia, Ishida Shôya es el malote de su clase. Y, como tal, dedica sus esfuerzos a liderar el acoso sistemático que el aula ejerce sobre la recién llegada Shöko Nishimiya, una joven sorda de nacimiento que solamente cuenta con un cuaderno de notas para intentar comunicarse con sus compañeros. Cuando la situación se destapa, Shoko es trasladada a otro centro e Ishida se convierte en la nueva diana de las burlas del colegio. Tras años viviendo en esta situación de acoso escolar, Ishida por fin reúne el valor necesario para buscar a Shoko y tratar de enmendar sus errores.

No se puede negar que ni la temática ni el ritmo narrativo de A Silent Voice son sencillas de digerir. En un constante tono melodramático, Naoko Yamada va desgranando con una meticulosidad hiriente una colección de maldades, errores, torpezas y desconocimientos que casi todo el que haya pasado por un instituto reconoce sin esfuerzo. Yamada no se deja ni una sola emoción por analizar, ni una situación compleja e incómoda por diseccionar en su película. El resultado obliga al espectador a reflexionar sobre cuestiones tan puramente juveniles como los vínculos afectivos, la interacción social o qué es, realmente, la búsqueda de la felicidad. Pero que las preguntas se las planteen adolescentes no significa que le interpelen menos directamente a uno.

Si hay manera de hacer llevaderas las complicadas emociones a las que se expone uno al disfrutar de A Silent Voice, la realizadora da con ella a través de la poesía visual

En su exposición, Yamada usa los recursos artísticos de una manera portentosa. Si hay manera de hacer llevaderas las complicadas emociones a las que se expone uno al disfrutar de A Silent Voice, la realizadora da con ella a través de la poesía visual. La cadena de escalofriantes consecuencias que se desprenden de lo que uno podría considerar como un caso aislado de bullying escolar, el cómo permanecen y se reproducen a lo largo de los años, se expone con una claridad escalofriante. Pero, a su vez, se trata de utilizar un punto de vista enriquecedor y hermoso cuando se exploran la psicología y las vivencias de la pubertad.

A pesar de sus numerosos defectos y torpezas, la película logra que empatice uno de manera eficaz con su protagonista, Ishida

No es sencillo para el espectador occidental o alejado ya de la adolescencia enfrentarse de una manera tan descarnada a la realidad de que muchos jóvenes consideren el suicidio como una opción más que razonable en uno u otro momento. O que, como a Ishida les cause un terror casi patológico establecer cualquier tipo de contacto con sus compañeros. Tampoco es fácil ponerse en los zapatos de un personaje como Shoko que, a su sordera y subsiguientes dificultades para la comunicación, tiene que lidiar con las torpezas y la incomprensión de quienes la rodean. Y, además, hacerlo en una sociedad tan estricta y fustigadora como la japonesa. Y A Silent Voice nos obliga en bastantes momentos a empatizar de manera directa con el dolor que todo esto le causa a sus personajes. Éste es su principal inconveniente pero también su virtud más destacable.

A Silent Voice nos obliga a empatizar de manera directa con el dolor sus conflictos le causan a sus personajes. Éste es su principal inconveniente pero también su virtud más destacable.

Así, el resultado es una cinta de devenir lento, muy exigente para el espectador. Pero, una vez sopesada, el esfuerzo merece la pena ampliamente. Porque si bien hay varios pasajes en los que la angustia, la incertidumbre y el puro dolor de los personajes le atraviesan a uno, es igual de eficaz la transmisión de las sensaciones positivas. Las pequeñas alegrías y logros del atípico grupo de adolescentes que se va formando en torno a Ishida le animan a uno el corazón y, en conjunto, ganan la partida. Aunque sea por un margen estrecho.

El retrato de la discapacidad y de la incomprensión que desencadena hacen de ‘A Silent Voice’ una película imprescindible.

Por último, A Silent Voice es una historia contada mayoritariamente en clave femenina. Y se nota para bien. Si bien el protagonista, Ishida, es un varón, la mayoría de los personajes no lo son. Son las dinámicas entre ellas, como la que hay Shoko y su hermana, las amigas del instituto y, muy especialmente, las que van conectando a las madres de los dos protagonistas las que van haciendo avanzar a la trama. Es una lástima que el ritmo de A Silent Voice incida dolorosamente en sus aspectos más dramáticos, puesto que acaba uno el visionado francamente agotado (de sentir tantas cosas o de intentar comprender tantas otras). Pero, con la película reposada, queda claro que su mensaje y la belleza que encierran son demasiado imprescindibles como para dejarla pasar.

A Silent Voice