8 septiembre, 2017. Por

Churchill

Un relato patriótico que se ahoga en sus propias estrecheces
Churchill

Con ínfulas de Oscar y mucho patriotismo llega este viernes a nuestras pantallas Churchill (Jonathan Teplizky, 2017). Una película que, por su título, bien podría parecer un biopic que recogiera la extensísima e intensa vida del animal político más reconocible del siglo XX: Winston Churchill (1874-1965). Pero, en realidad, solamente relata un período muy concreto y breve de su existencia. El que transcurre entre los días 2 y 6 de junio de 1944: las 96 horas que precedieron al Desembarco de Normandía (no confundir con El Instante Más Oscuro, otro biopic sobre el mismo personaje que se estrenará dentro de unos meses).

La conciencia de Churchill: ¿mito o realidad?

La premisa de la película es el tormento al que se ve sometido Winston Churchill ante la perspectiva de, tras cinco años de contienda, arrojar decenas de miles de soldados contra la costa de Francia para que, los que no caigan como chinches bajo las ametralladoras alemanas, inicien la liberación gala.

Churchill, que ya tenía 70 años en 1944, vivió las guerras del Imperio de finales del XIX y fue uno de los asesores de más alto rango en la Marina británica durante la I Guerra Mundial. Su carrera militar quedó truncada de manera irreparable tras el fracaso de la campaña de Gallipoli, que intentó tomar Constantinopla mediante un desembarco anfibio, en la que fue la única victoria relevante del Imperio Otomano durante la IGM.

El relato de Teplizky muestra a un Winston Churchill prácticamente acabado, agotado de una guerra que parece no acabarse nunca. Nada más lejos de la realidad: le quedaban 20 años de vida y una segunda legislatura como Primer Ministro entre 1951 y 1955, varios libros por publicar y hasta un Nobel de literatura que recibir. Churchill, cuya fuerza de voluntad y su dialéctica fueron el clavo ardiendo al que se agarró Gran Bretaña en aquellos aciagos días de 1940 y 1941 en los que la aviación nazi bombardeaba el país (Battle of Britain) y su capital (The Blitz, del que se habla mucho en la película sin tener en cuenta que fuera del Reino Unido no todo el mundo conoce este término) noche tras noche, mientras ni estadounidenses ni soviéticos se decidían a meterse en la guerra y Francia languidecía bajo la ocupación nazi; es presentado como una especie de anciano gruñón, asustado y achacoso.

Hay algo de verdad en que Churchill no era un admirador de los planes estadounidenses de invadir Francia por el Norte. Para él la campaña italiana era la clave para el acceso de las tropas Aliadas al continente. Pero no, no tenía esta opinión por miedo a la sangre que teñiría las playas de Normandía, fuera quien fuera el ganador del asalto: Churchill quería que fueran los Aliados quienes liberaran Berlín y Viena, y no los rusos, como sucedió finalmente.

“El relato no aguanta su propia estrechez de miras y acaba sonando a soflama nacionalista en plena oleada de orgullo paleto inglés tras el Brexit. Es una lástima que se recurra para ello a un hombre que fue uno de los primeros y más firmes defensores de la unidad europea”

 

A quien le quede alguna duda sobre la ética militar con la que Churchill dirigió Gran Bretaña durante la IIGM, se le recomienda buscar algunas imágenes sobre el estado en el que quedó la ciudad alemana de Dresde, cuando fue bombardeada por británicos y estadounidenses entre el 13 y el 15 de febrero de 1945. Un acto de pura venganza (comprensible, pero no defendible) sobre la población civil alemana que no se menciona, ni de pasada, en la cinta de Teplizky. Con cinco guerras a sus espaldas, para el Primer Minisitro británico mancharse las manos con la sangre de los jóvenes soldados ingleses era un problema relativo.

Lo mejor: Brian Cox y James Purefoy

Así que partiendo de una premisa algo tendenciosa, Teplizky se dispone a armar un relato épico, empapado de pretenciosas reflexiones sobre el papel de políticos y dirigentes en momentos tan decisivos y complejos como las horas anteriores al D-Day. La idea no es del todo desafortunada, y da lugar a algunos tramos de buen cine, pero el resultado es una cinta algo lenta, desigual y excesivamente maniquea.

En lo que todo el mundo parece ponerse de acuerdo es en la excelencia del trabajo de Brian Cox a la hora de vestir la piel del que se considera uno de los hombres más importantes de la Historia del Reino Unido. Intérprete escocés de dilatadísima carrera pero al cual la suerte no le había concedido, todavía, un protagonista de tamaña envergadura. Por todos es sabido que las imitaciones estudiadas al milímetro de grandes personajes históricos valen Oscars (que se lo digan a Philip Seymour Hoffman, Colin Firth o Judi Dench), y Cox parece haberse asegurado por lo menos la nominación.

“Las imitaciones estudiadas al milímetro de grandes personajes históricos valen Oscars (que se lo digan a Philip Seymour Hoffman, Colin Firth o Judi Dench), y Cox parece haberse asegurado por lo menos la nominación”

 

Le toca defender al escocés a un hombre que, a pesar de toda su grandeza política, deja bastante que desear como ser humano. Acostumbrado a la autoridad, el Churchill de Teplizky es servicial con los fuertes y las figuras de autoridad (los líderes militares Eisenhower y Montgomery, o el propio rey Jorge VI), pero es injusto y violento con quienes están por debajo de él (su esposa, Clementine, y su secretaria) que tienen, mala fortuna, de ser mujeres.

Cox consigue crear un personaje expresivo, con un lenguaje corporal especialmente medido, y un uso espléndido de la dicción. Su Churchill se vuelve odioso e irritante cuando tiene que serlo y, aún así, admirable y noble en los momentos clave de cinta. Es, sin duda, un mérito más achacable al intérprete que al soso guión.

También queda para el recuerdo el breve pero intenso trabajo de James Purefoy, que interpreta el rey Jorge VI en tan solo dos escenas pero que, en una de ellas, casi roba la película con un monólogo que resume el espíritu de ésta: la defensa del papel inspirador y aglutinador de quienes dirigen una guerra desde un despacho.

Lo peor: las medias verdades y el tufillo nacionalista

Pero, a pesar de estos momentos de buen cine, Churchill se ahoga en su discurso patriótico y en la estrechez de sus miras a la hora de abordar un personaje con una carrera tan larga y tan diversa. Más aún cuando cuando las pérdidas que sufrieron estadounidenses y británicos en Normandía fueron más de cien veces inferiores que las que acusaron los rusos en la Batalla de Stalingrado. Episodio que, por cierto, no se menciona ni por casualidad en Churchill.

El ritmo de la primera hora consigue mantener el interés, y hace uso de algunos planos emocionantes, como la primera escena de Churchill reflexionando junto a una playa. Pero al final uno no puede evitar detestar un poco la hipocresía y los arrebatos furiosos del Primer Ministro y Churchill se vuelve abiertamente tediosa en sus últimas escenas. Las eternas discusiones sobre un hecho que hasta el más inculto de los espectadores sabe que va a llevarse a cabo, así como el uso de medias verdades o la omisión de datos biográficos clave de los protagonistas del relato acaban por derrumbarse. Fuera de su país de origen, la exaltación patriótica no es suficiente para sostener la película.

Le salvan las características clásicas del buen cine inglés: el reparto, una ambientación cuidada, una fotografía agradable, momentos simpáticos y hasta cómicos bien introducidos en el guión y la sensación de que se está viendo una buena obra de teatro trasladada al cine. Pero el relato no aguanta su propia estrechez de miras y acaba sonando a soflama nacionalista en plena oleada de orgullo paleto inglés tras el brexit. Es una lástima que se recurra para ello a un hombre que fue uno de los primeros y más firmes defensores de la unidad europea.

Churchill