29 diciembre, 2017. Por

Giorgio de Chirico

El padre del arte metafísico, de la encandilante melancolía de la estupefacción
Giorgio de Chirico

Cuando era solo un veinteañero, Giorgio De Chirico hizo un autorretrato muy parecido a la famosa fotografía de Nietzsche de perfil con un enorme bigote, y en el marco escribió una frase en latín que rezaba así: “¿Qué amar sino el enigma?”. Se trataba de una auténtica declaración de intenciones en lo que a su producción artística se refiere. Antes del surrealismo, De Chirico ya trabajaba con los sueños para crear arte. Porque no hay nada más desconcertante que sus silencios, sus plazas desiertas, esas arquitecturas clásicas minimalistas, esas sombras proyectadas en el suelo, esos maniquíes vivientes, sus perspectivas alteradas e imposibles…

El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad, recorre todas las fases de la trayectoria del pintor italiano a través de 142 piezas que constan de óleos, dibujos, litografías y esculturas: maniquíes que saltan de la pintura a las tres dimensiones. Hasta el próximo 18 de febrero podrá visitarse en CaixaForum Madrid, a través de una visión a 360 grados, una retrospectiva que incide en la investigación continua del artista en tres ámbitos: el técnico, el estético y el iconográfico o simbólico.

«Antes del surrealismo, De Chirico ya trabajaba con los sueños para crear arte. Porque no hay nada más desconcertante que sus silencios, sus plazas desiertas, esas arquitecturas clásicas minimalistas»

La muestra nos introduce a una sección de autorretratos, que desvelan su interés por la sutil ironía, tanto que el italiano afirmaba que el poder intelectual de un hombre se mide por la cantidad de humor que es capaz de utilizar y llegó a parodiar su propia pintura metafísica. De Chirico abrazaba la modernidad y la cultura grecorromana a partes iguales; era lúgubre sin ser escandaloso, se adentraba sigilosamente en el silencio interior de los sueños y del subconsciente.

De este modo, observamos cómo sus extraños maniquíes atraviesan toda su trayectoria, así como sus  arqueólogos, figuras sin rostro inspiradas en esculturas góticas del Duomo de Milán que atesoran el pasado en sus regazos. De Chirico es un puente entre Berlín, París y Roma, sin olvidar Madrid: la primera visita del artista al Museo del Prado hacia 1929 fue crucial para la gestación de su concepción de la pintura metafísica. Su onirismo, sus maniquíes sin rostro y sus interiores metafísicos influyeron en Dalí y suscitaron la admiración de Picasso, quien en respuesta a la lluvia de críticas que recibió por sus repentinos cambios conceptuales y plásticos y al rechazo de los surrealistas que le habían considerado su padre conceptual, afirmaba algo tan cierto como que De Chirico podía hacer lo que quisiera con la pintura.

Sobre la base de que el sentido de la realidad depende de nuestras creencias y que estas han entrado en crisis, la pintura metafísica muestra los objetos cotidianos como piezas de una totalidad que ya no existe. La imposibilidad de integrarlos en la seguridad de lo conocido es la causa de que los espectadores nos sintamos ante ellos perplejos y desorientados. De Chirico transgrede toda convención entre lo visible y su representación a través de diversos recursos: falsas perspectivas, sombras proyectadas por cuerpos que no están ahí, relojes que marcan horas que no coinciden con la distribución de la luz en el cuadro… Todo esto produce en nosotros una estupefacción, un sentimiento que el surrealismo confundió con la experiencia de lo maravilloso y que De Chirico asociaba con la melancolía.

Esta retrospectiva nos invita a contemplar en su totalidad la obra del artista: de la metafísica que encantaba a Breton, Magritte y los surrealistas, al neobarroco serial y kitsch que encandiló a Andy Warhol. Su pintura tiene la fiereza del bárbaro que entra frenéticamente en el museo, para profanarlo y arrasarlo en una delirante y necesaria ceremonia de confusión.

Giorgio de Chirico