21 febrero, 2017. Por

El chico a quien criaron como perro

Una colección de traumas infantiles
El chico a quien criaron como perro

Desde que Clint Eastwood dijo aquello de que nos hemos vuelto todos unos blandengues, en plena campaña electoral para elegir al presidente de los Estados Unidos, legiones de padres apesadumbrados por la creciente presión de ser los progenitores perfectos parecen haber visto la luz. Los defensores de la crianza con apego tienen delante a un muchos padres que quieren desandar un camino que costó mucho tiempo y esfuerzo recorrer. La psiquiatría y la psicología infantil abre ventanas donde antes no había más que oscuridad, pero muchos se empeñan en regresar a los viejos métodos. Su defensa es ese lugar común tan extendido de que el cerebro de los niños se adapta a todo y que hay que tratar a los pequeños como lo que son en realidad, adultos pequeños a los que no hay que hacer demasiado caso.

El chico a quien criaron como perro no es un libro de consejos sobre crianza, ni mucho menos, pero puede que sea el mejor libro que cualquier padre pueda leer en toda su vida. El psiquiatra infantil Bruce Perry explica algunos de los casos más extremos a los que se enfrentó en su carrera, desde el niño que da nombre al libro hasta otros de víctimas de violencia sexual, testigos de asesinato o supervivientes de genocidios, como el que se produjo en 1993 en Waco (Texas). Perry tuvo que acercarse a niños que habían sufrido un trauma doble; por una parte, la circunstancia causante de su especial circunstancia y, por otra, la constante deriva de un profesional a otro en una dañina espiral de interrogatorios policiales, familias de adopción y reformatorios.

La conclusión a la que llegó Bruce Perry tras años de investigación y trato con niños sometidos a situaciones extremas –y lo que es también el nudo de este libro- es que el cerebro se desarrolla de forma secuencial y establece patrones con la reacción al estrés que le generan las distintas situaciones a las que se enfrenta. Solo los estímulos pautados y repetitivos de afecto, seguridad y cariño edifican una arquitectura mental sana en el niño y en el futuro adulto. La falta de esa respuesta o la intermitencia de estos, impide el desarrollo neuronal normal y ‘vicia’ la construcción cerebral. El estrés que genera un hecho traumático altera la química cerebral, en especial si se vuelve crónico. Y reparar lo dañado requiere de un extraordinario trabajo, individualizado y constante.

 

No basta con cubrir las necesidades básicas de comida e higiene que requiere un bebé o un niño para que su desarrollo sea completo. El cerebro necesita establecer su propio mapa del mundo y de las emociones. Por suerte, no todo está perdido para un niño traumatizado, incluso en la peor de las situaciones. Perry explica cómo cosas tan sencillas como el afecto, el consuelo y en resumen, el amor, pueden ayudar de un modo inimaginable si además se combinan con psicoterapia, clases de música o ayuda a la movilidad.

De esta forma, el psiquiatra infantil tiende un extraordinario puente entre la neurociencia y las doctrinas más avanzadas que manejan sus colegas de profesión y educadores, profesores y padres. La crianza que pone al niño en el lugar que se merece y que le otorga el papel que nunca debió perder.

El chico a quien criaron como perro puede ser leído en clave de perfecta actualidad; a pesar de que relata casos reales ocurrido en el primer mundo a lo largo de toda una trayectoria profesional, asusta pensar en las consecuencias de guerras como la de Siria en los miles de niños que se han visto traumatizados y desplazados por ellas.

El chico a quien criaron como perro