11 abril, 2017. Por

Charly García

El bardo del rock argentino resurge de sus cenizas
Charly García

Hay algo especialmente turbio y peligrosamente morboso en la cultura popular cuando se trata de grandes figuras que consiguen rehabilitarse de sus adicciones. En Argentina no son pocos los casos, pero pocos confiaban que Charly García, el músico más importante del país sudamericano y un bardo rockero que lleva casi cinco décadas facturando las canciones más icónicas de la cultura rock de su país, a pesar de no ser el más masivo.

Sin embargo, y como ha sucedido en los últimos años con alguno de esos discos de resurgimiento de Bob Dylan (Modern Times), David Bowie (The Next Day y Blackstar) o Leonard Cohen (Old Ideas), o como la sensación que daban aquellas American Recordings de Johnny Cash, el argentino demuestra en Random que a los grandes mitos de la música no hay que darlos por vencidos ni aun vencidos.

UN BARDO LLAMADO CHARLY GARCÍA

Para quien no lo conozca, es sencillo: Charly García es el Dios del rock en Argentina, el inventor de prácticamente todo lo que fue apareciendo después, el logotipo del rock and roll, los excesos y la genética ciclotímica del argentino superdotado medio, pero también un bardo sin precedentes en la cultura popular de su país y uno de los grandes ídolos pop de Argentina precisamente por ese carácter tan ciclotímico y encendido, como un Maradona del rock and roll, eternamente incuestionable y firmando un devocionario de actitudes políticamente incorrectas que elevaron su figura de culto a otra dimensión: tuvo novias quinceañeras, se lanzó desde un noveno piso a la piscina de un hotel, tiene oído absoluto desde los 6 años, tuvo varios episodios de exhibicionismo, es el archienemigo de Andrés Calamaro y está (¿o estaba?) diagnosticado psiquiátricamente como psicótico, paranoico y con personalidad esquizoide, adicto a las drogas desde finales de los años ’70 y con varios episodios de ingreso y salida de rehabilitación (los más sonados fueron a principios de los ’90).

Pero fue en 2008 cuando finalmente consiguió limpiarse, mostrando una apariencia completamente diferente a la de esa marca o logotipo creado durante décadas: casi dos metros de altura, especialmente desgarbado y ultra-delgado, con su bigote bicolor, su chaqueta y su pelo despeinado; mostró una imagen más rellenita, la voz quebrada y una apariencia más acorde a su edad, 65 años ahora mismo.

Esa apariencia, mutación e inactividad no generaban confianza ni en los fanáticos de su obra ni en la opinión pública: para el gran público, Charly García había muerto, y lo que se ve desde hace siete u ocho años es un holograma, un señor mayor que ensucia la figura maldita y caótica de García. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el argentino ha conseguido firmar una nueva obra maestra a la altura de su figura.

EL MEJOR CHARLY (OTRA VEZ) EN EL MOMENTO MENOS PENSADO

Ya había sucedido en la primera mitad de los años ’90 con La hija de la lágrima y recién estrenado el siglo XXI con Influencia, posiblemente sus últimos dos grandes discos en medio de una situación que se antojaba insalvable: lo mejor de García se había plasmado en sus discos en solitario de los años ’80, junto con el repertorio de sus bandas anteriores, Serú Girán y Sui Géneris; pero de vez en cuando, como suele suceder con los grandes genios de la música, con trayectorias que se cuentan por décadas, a veces vuelven a hacer aparecer al genio.

Y Random ha hecho que aparezca el mejor García. Quizá no tan bueno como el de discos de la talla de Clics Modernos, Parte de la religión o Filosofía barata y zapatos de goma; pero sí su mejor disco en quince años, en el momento menos esperado, cuando se lo invitaba al retiro monacal y a intentar ejercer de abuelo argentino.

REINICIADO, MUTEADO Y RECUPERANDO SUS MARCAS DE AGUA

Random, además de presentarnos a un Charly García en un registro nuevo, mucho más quebrado, avejentado, con su voz más afinada que en los últimos veinte años pero también mostrando la crudeza del paso del tiempo y de la rehabilitación; pero que vuelve a imprimir algunas de las marcas más auténticas del “sonido García”: teclados eléctricos, esa sensación de estar asistiendo nuevamente a una ópera-rock tan cerca de lo sinfónico como del groove del funk and roll que tan bien supo desarrollar en los años ’80 y la catapulta a un serial de nuevos himnos que añadir a su repertorio más ilustre, ese que se celebra en la última media hora de concierto.

Allí es donde podrían caer desde baladas tan reflexivas y emotivas como históricas (La máquina de ser feliz), guiños americanistas por la vía del rock and roll más ególatra (Primavera), el desarrollo de nuevos hits con tanto groove como espacio para el rock sinfónico (Lluvia, Rivalidad y Mundo B) y arranques rockandrolleros marca de la casa, prácticamente hijos de himnos como Cerca de la revolución, El Aguante o Demoliendo hoteles (Otro, Believe o Ella es tan Kubrick). Esa voz increíblemente afinada (algo que se daba casi por perdido en los últimos años) y ese grano desgastado que mantiene en su timbre nos conectan a la vez con un Charly García más real y descarnado que nunca y con un registro nuevo, iniciando una nueva etapa, en donde sus tics clásicos se encuentran con su naturaleza más real, cruda y desangeladamente empática con su verdad, mucho más valiosa que la post-verdad que impostó durante las últimas dos décadas.

Argentinos, Charly ha vuelto.

Charly García