6 junio, 2018. Por

Cecil Beaton

El fotógrafo que determinaba quién pertenecía al star system y quién no
Cecil Beaton

“La belleza es la palabra más importante del diccionario. Es sinónimo de perfección, esfuerzo, verdad, bondad”, decía Cecil Beaton. Si tenemos en cuenta que esto lo dijo un hombre que siempre tuvo un complejo de clase, que huyó de la educación popular que había recibido y que hizo de su cámara su personal tarjeta de visita para introducirse en ese glamouroso mundo al que por encima de todo anhelaba pertenecer, podemos decir que para él la belleza y la elegancia tenían el valor profundo del estatus social.

Así, en los años veinte entró en contacto con la crema de la aristocracia inglesa llegando incluso a fotografiar a los miembros de la familia Real Británica. Más tarde, en Nueva York empezó a llevar una trémula vida social y entró en contacto con ilustres nombres de la cultura como Marlon Brando, Truman Capote, Gary Cooper, Coco Chanel, Pablo Picasso, Francis Bacon o Winston Churchill; por supuesto las grandes divas Marilyn MonroeMarlene DietrichGreta GarboAudrey Hepburn que pasaron también por delante de su objetivo. Ahora su primera gran retrospectiva en nuestro país, Cecil Beaton. Mitos del siglo XX, que estará hasta el 19 de agosto en la Fundación Canal, inaugura la temporada de PhotoEspaña con más de un centenar de fotos acompañadas de anécdotas biográficas que harán las delicias de los mitómanos.

“Temido por su lengua viperina, Beaton se metió de lleno en su personaje. Tanto fue así, que se convirtió en imprescindible. Uno no pertenecía realmente al star system si no era retratado por él”

Temido por su lengua viperina –Cocteau lo llamaba Malicia en el país de las maravillas-, Beaton se metió de lleno en su personaje. Tanto fue así, que se convirtió en imprescindible. Uno no pertenecía realmente al star system si no era retratado por Beaton. Así que valiéndose de juegos de espejos, estatuas y vestidos extravagantes, realizó fotografías en jardines y palacios. Su obra está fuertemente marcada por sus retratos y atmósferas y una artificialidad recogida de otro esteta como Adolf de Meyer.

Tras una buena dosis de superficialidad y a pesar de llevar una intensa vida social, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Cecil Beaton no dudó en implicarse en la contienda de la única manera que sabía: haciendo fotos. De este modo, se convirtió en reportero de guerra como como corresponsal del Ministerio de Información británico y de varias agencias militares. El maestro de la sofisticación hizo fotos entre los escombros del Londres bombardeado por los nazis, en remotas aldeas de Birmania y una de sus imágenes de una niña herida con la cabeza vendada sentada sobre la cama de un hospital londinense fue portada de la revista Life golpeando con fuerza a la, en principio, no interventora intención norteamericana en la guerra.

“Valiéndose de juegos de espejos, estatuas y vestidos extravagantes, realizó fotografías en jardines y palacios. Su obra está fuertemente marcada por sus retratos y atmósferas y una artificialidad recogida de otro esteta como Adolf de Meyer

Es una pena que esta retrospectiva deje al margen esta faceta, pues dota al frívolo artista de la profundidad y sobriedad que necesitaba para convertirse en el gran cronista del pasado siglo que fue, el narrador de las dos caras de la moneda en el mundo. Al fin de la guerra, se lanzó a la escenografía y el diseño de vestuario, primero para Broadway y más tarde y como buen cinéfilo, para los grandes estudios de Hollywood donde obtuvo un Oscar por su participación en My fair lady.

En los años sesenta siguió acercándose a la realeza, solo que en este caso fotografiaría a la nueva “realeza” del pop: Mick Jagger, Jean Shrimpton, Twiggy, Penelope Tree, Andy Warhol… La estética de este excéntrico dandy de su tiempo dejaría gradualmente paso a finales de los setenta a una nueva forma de entender la fotografía liderada por Richard Avedon o Irving Penn, más cercana y callejera, que también partían de la fotografía de moda, pero que le dieron la vuelta a los cánones de belleza a través de la sencillez. Era hora de decir adiós al barroquismo y abrazar la simplificación.

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