28 junio, 2018. Por

Casi 40

David Trueba compone su particular ‘Antes de…’ a lo Linklater en un ‘Después de La Buena Vida’
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Casi como en un ejercicio de recuperación de la memoria histórica de su cine (que, a su vez, es también parte importante del cine español de las últimas dos décadas), David Trueba ha decidido mirar hacia atrás, donde empezó todo. No es casualidad que Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, los mismos actores que hace 22 años eran unos adolescentes dando sus primeros pasos en el mundo de la interpretación, y debutando junto a un David Trueba que también perdía la virginidad como director junto a ellos en La Buena Vida, sean recuperados y sacados del ostracismo para Casi 40.

Lucía Jiménez llevaba cerca de una década sin hacer una película; y Fernando Ramallo más de diez años sin tener un papel de peso en el cine (apenas alguna aparición en ¿Qué fue de Jorge Sanz? y un pequeño papel en la independiente Casting). El objetivo de este fortuito reencuentro 22 años después de protagonizar La Buena Vida tiene mucho de ¿Qué fue de [Lucía Jiménez y Fernando Ramallo] [La Buena Vida]? no tiene prácticamente nada de culto a lo nostálgico: solo para quienes realmente La Buena Vida fue importante, que estos intérpretes y personajes vuelvan a protagonizar un film de Trueba será importante.

«Hay puntos comunes con el Richard Linklater de la ‘Trilogía Before’ (aunque esto sería más una especie de ‘Secuela After’), pero también con el cine de Alexander Payne y hasta con el de su propio sobrino Jonás Trueba, que demostró en Los exiliados románticos que se podía hacer una road movie hablada y reflexiva sobre la amistad y sus vaivenes»

El objetivo de Casi 40 recala más en el análisis de otro tipo de valores y cuestiones de índole social: la crisis o desaparición de la clase media; la bisagra generacional entre aquellos que fueron adolescentes en los ’90 y la juventud nacida a la estela del siglo XXI; las películas pequeñas e imposibles que industrialmente no se pueden hacer; los ejercicios de persecución interna; las reflexiones habladas; la amistad, el amor y viceversa a través del paso del tiempo; la crisis de los 40; y otras frutas silvestres.

Y lo hace recuperando aquellos personajes adolescentes de La Buena Vida, pero habiendo pasado más de 20 años, ya en una etapa de crisis, madurez y reflexión: ella fue una estrella de la música y ahora vive en el ostracismo artístico y casada con un ex jugador del Real Madrid; él, dando vaivenes, regresado de unos años en Francia, y ahora como vendedor de cosmética a domicilio. Entre ambos, redibujan la imagen de la clase media y, sobre todo, de qué supone el éxito en la vida y cuál es el margen posible para alcanzar la felicidad.

Trueba tira del gancho que quedó orbitando tras su ópera primera, y de alguna manera impone un diálogo con La Buena Vida, pero también la independiza de todos los clichés que pueda haber. Hay puntos comunes con el Richard Linklater de la ‘Trilogía Before’ (aunque esto sería más una especie de ‘Secuela After’), pero también con el cine de Alexander Payne y hasta con el de su propio sobrino Jonás Trueba, que demostró en Los exiliados románticos que se podía hacer una road movie hablada y reflexiva sobre la amistad y sus vaivenes.

Pero también hay mucho del propio David Trueba de sus películas más pequeñas (ese corte dialogado, intimista y casi de cine de guerrilla de Madrid, 1987) como de las más grandes (hay conexiones con su exitosa road movie Vivir es fácil con los ojos cerrados).

«David Trueba falla en varias cosas: el ritmo se hace pesado y recuerda al estereotipo del cine español de autor de baja intensidad de los años ’90; y algo peor: el texto acaba enquistando el ritmo de los diálogos, sobre todo en Ramallo«

Sin embargo, y a pesar no solo de la cantidad de códigos comunes con su propio cine y el cine de autor más identificable y de los guiños que hace a referencias reconocibles, David Trueba falla en varias cosas: el ritmo se hace pesado y recuerda al estereotipo del cine español de autor de baja intensidad de los años ’90; y algo peor: el texto acaba enquistando el ritmo de los diálogos, sobre todo en un Ramallo que, por momentos, pierde el rumbo y depende demasiado de las palabras escritas en el guion, en vez de hacerlas suyas y favorecer un diálogo que, por parte de Lucía Jiménez, sí resulta natural. La mejor faceta de Ramallo la encontramos cuando consigue desarrollar la esquiva y raruna personalidad de su personaje.

Quien sí consigue que el film sobreviva a través tanto de las canciones como de una exquisita interpretación es una Lucía Jiménez que hace que, en prácticamente cada plano, nos preguntemos: ¿cómo esta actriz ha estado sin hacer cine durante diez años?

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