25 octubre, 2017. Por

Cáscaras vacías

Una de las hostias más gordas que nos hemos llevado en un teatro
Cáscaras vacías

Alemania, 1939. Hitler declara la guerra. Al mismo tiempo, autoriza la eliminación de quienes para los nazis son vainas huecas, vidas indignas de ser vividas, cáscaras vacías. Así llaman a las personas con alguna discapacidad.

Apenas se ha hablado, o se ha hablado poco, de estas víctimas. Como si su sufrimiento y su muerte no contara o importase menos.

Pero esta información, con toda su dureza, no significa nada si no podemos imaginar e intentar ponernos en el lugar de las víctimas o, al menos, mirarlas a la cara. Eso hemos querido. Acercarnos. Acercarnos hasta ver sus rostros, escuchar sus voces, sentir sus presencias. Y contar sus historias.

Así nos presentan Laila Ripoll y Magda Labarga su obra Cáscaras vacías: un auténtico golpe a la estabilidad emocional del cómodo espectador, que ha vuelto a las tablas del María Guerrero un año después de haber pasado por aquel teatro. La íntima Sala de la Princesa consigue que este espectáculo golpee incluso más todavía dada la cercanía de los seis intérpretes (cinco de ellos con algún tipo de discapacidad, desde el síndrome de down hasta el albinismo, pero, como dicen las directoras, aquí lo que importa son sus capacidades) que consiguen un trabajo para el que sobran las palabras.

Cáscaras vacías nos presenta la historia de cada uno estos supuestos parias de la sociedad utilizando un formato distanciador y germánico, transformándose en un cabaret grotesco que nos transporta a un universo pesadillesco y doloroso. Pero en el que es imposible no encariñarse con los personajes y avistar la belleza que el régimen nazi (y tampoco nos tenemos que ir tan lejos en el tiempo para ver las injusticias que se han cometido contra este colectivo) intentó destruir.

«Id a verla. No sólo porque sea emotivo sino porque es un espectáculo valiente, realmente integrador y necesario, que nos cuenta una historia real a través de los ojos de sus protagonistas: una de las hostias más gordas que nos hemos llevado en un teatro»

Ripoll, Labarga y los excepcionales intérpretes (Natalia Abascal, Raúl Aguirre, David Blanco, Patty Bonet, Ángela Ibáñez, Jesús Vidal) ponen ante nosotros un espectáculo incómodo (para eso está el arte, para remover), completamente accesible (está traducido en vivo por los actores al lenguaje de sordos) pero, sobre todo, que conmueve hasta niveles inimaginables.

Dentro de la maravilla que son todos y cada uno de los actores y actrices, no podemos dejar de destacar las intervenciones de la actriz sorda Ángela Ibáñez. Intensidades como ésas pocas veces hemos vivido en un teatro (ya su angustia en la primera escena, en la que hacen entrar a todos a la aséptica sala donde van a morir, es absolutamente sobrecogedora). Todo apoyado por una selección musical que se acaba centrando en Amapola y otra canción (que no hemos descubierto si es composición original o no) que si la volvemos a escuchar nos van a entrar escalofríos gordos («Mírala, mírala, mira…el viento toca la lira…»: uff).

Pero, a pesar de todo, nada te prepara para una acción final sobrecogedora de los intérpretes para con el público que hace que se te caiga el alma a los pies. Tardamos una hora y media en poder dejar de llorar después de ver el espectáculo. Una de las hostias más gordas (y perdón por la expresión) que nos hemos llevado en un teatro. Id a ver Cáscaras vacías. No sólo porque sea emotivo (cierto es que, partiendo de esa base, complicado no serlo) sino porque es un espectáculo valiente, realmente integrador y necesario, que nos cuenta una historia real a través de los ojos de sus protagonistas. «No me olvides», «No me olvides» repetían, mirando a los ojos llenos de lágrimas de los espectadores. No lo haremos.

Cáscaras vacías