24 enero, 2018. Por

Call Me By Your Name

La película más romántica de los últimos años es un amor de verano
Call Me By Your Name

Estamos en el verano de 1983. En algún lugar del norte de Italia, en una idílica villa de su campiña. Elio (Timothée Chalamet, el gran descubrimiento de la película), un joven de diecisiete años, muy inteligente, aunque tal vez algo ingenuo, de una familia judía ítalo-norteamericana, se dispone a pasar otro despreocupado verano más en compañía de sus cultísimos y cosmopolitas padres, dedicado a oír música, leer, bañarse en el río, tomar el sol y flirtear con las guapas chicas del pueblo más cercano.

Pero todo cambia cuando un alumno del padre de Elio, Lye, invita a uno de sus alumnos a pasar unas semanas con ellos. Se trata de Oliver (Armie Hammer en la mejor interpretación de su, hasta ahora, poco destacable carrera), un joven bello como un dios griego e igualmente brillante. Pronto se establece entre ambos, a pesar de la diferencia de edad –más o menos, una década-, una rápida amistad que irá derivando, día a día, hacia algo muy distinto. Algo que lo cambiará para siempre.

“La capacidad de Luca Guadagnino por mostrar la sensualidad más pura y explícita, unida al bellísimo guión de James Ivory dan lugar a la película más romántica (en el mejor sentido del término) de los últimos años”

En 2007, André Aciman, un profesor de literatura neoyorkino y un especialista en la obra de uno de los autores que mejor ha reflejado la gloria y el sufrimiento del primer amor, Marcel Proust, publicó su primera novela, Call me by your name; como su protagonista, Aciman es de orígenes mixtos: nacido en Alejandría, en Egipto, con una familia de raíces turca, italiana y francesa, y naturalizado estadounidense. Tal vez eso explique hasta cierto punto uno de los aspectos más curiosos de la historia que narra su novela, y luego esta extraordinaria película: su universalidad.

La novela de Aciman llegó a manos de James Ivory (1928), uno de los directores más laureados del cine británico (a pesar de haber nacido en California), responsable de dramas de época ya míticos como Una habitación con vistas, Regreso a Howards End y la que es, sin duda, su obra maestra: Lo que queda del día. Entusiasmado por su lectura, Ivory escribió un guión. Pero, a su avanzada edad, se sintió incapaz de hacer frente a un nuevo rodaje, por lo que propuso a uno de los cineastas con una trayectoria más ascendente del cine europeo encargarse de la dirección: el italiano Luca Guadagnino.

La elección se ha demostrado afortunada. Guadagnino había demostrado en sus obras anteriores –Yo soy el amor (2009) o Cegados por el sol (2015)- que era un director más que competente a la hora de mostrar en la pantalla estados emocionalmente complejos, así como la sensualidad más pura y explícita, lo que unido al bellísimo guión de Ivory –y a una banda sonora magníficamente ecléctica que incluye a Bach y a Franco Battiato, composiciones de Ryuichi Sakamoto, éxitos de los ochenta y un par de canciones originales de Sufjan Stevens– dan lugar a la película más romántica (en el mejor sentido del término) de los últimos años.

Diría que cualquier individuo mínimamente sensible, con independencia de su sexo y de su orientación sexual, puede empatizar con la situación de Elio, ya que responde a un concepto tan reconocible como es “un amor de verano”. Un amor con fecha de caducidad, un amor con un fin inevitable y que, por ese mismo motivo, brilla con más intensidad, con un dolor y un placer más agudo. Y, al mismo tiempo, un amor de juventud, que es también un acelerado proceso de aprendizaje vital, que se lleva a cabo entre miradas furtivas, caricias secretas, alusiones aparentemente inocentes y explosiones anímicas… Hasta un final sencillamente perfecto, inolvidable, que hará que se te encoja el corazón. No me cabe duda de que la última conversación entre el padre de Elio y su joven y apesadumbrado hijo es uno de los grandes momentos del cine actual.

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