14 diciembre, 2018. Por

Calígula

Cómo la desesperación e infinita tristeza pueden subyacer bajo esa capa de locura y maldad
Calígula

Calígula: No estoy loco. Incluso creo que nunca he sido tan razonable. Simplemente he sentido de pronto la necesidad de lo imposible. Las cosas, tal como son, no me satisfacen.
Helicón: Es una opinión bastante extendida.
Calígula: Es cierto. Antes no lo sabía. Ahora lo sé. Este mundo, tal y como está hecho, no es soportable. Por eso necesito la luna. O la felicidad. O la inmortalidad. Algo que quizá sea una quimera, pero que no sea de este mundo…

La tristeza infinita de un inconmensurable Pablo Derqui en esta primera aparición de su personaje, fechada pocos días después de la muerte de su hermana y amante Drusilda, consigue empapar este Calígula. Un texto símbolo del absurdo de la condición humana y de lo absurdo en el mundo. La falta de sentido de la existencia humana arrastra a Calígula a convertirse en un tirano déspota de crueldad sin límites ni moral aparente, persiguiendo por múltiples medios (poco ortodoxos) reafirmar su libertad y destapar la falsedad ajena. Hasta que comprende que la libertad sin límites sólo conduce a la soledad más absoluta y la caída al abismo. Y decide así orquestar su propio suicidio.

El texto de Albert Camus, una de las cumbres de su obra dramática, encuentra en manos del siempre hábil Mario Gas una puesta en escena libre de ornamentos para centrarse en este análisis de la desesperación existencialista que acoge el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional hasta el 30 de diciembre.

“Consigue atrapar y reflejar la complejidad, profundidad y desesperación de un personaje enfrentado al vacío existencial y a la corrupción política. Un personaje que se ha dado cuenta de que “los hombres mueren y no son felices”. Un hombre que quería la luna”

La escenografía de Paco Azorín decide inclinar el suelo escénico para llevar a los personajes al abismo. El vestuario de Antonio Belart ubica a los personajes en una época más cercana a de entreguerras del siglo pasado que a la de las togas romanas, aportando una fría elegancia que le viene muy bien al montaje. Por su parte, ese ambiente sonoro de Orestes Gas con una música de fondo, sutil pero efectivísima (con aires ochenteros muy a lo Giorgio Moroder), envuelve a estos romanos abocados a la tragedia. Todo unido a la clara traducción de Borja Sitjá, el preciso ritmo que Gas imprime a la puesta en escena y un elenco más que notable hacen de este Calígula un espectáculo de alto nivel. De los que merece la pena no perderse.

El reparto al completo (Borja Espinosa, Pep Ferrer, Pep Molina, Anabel Moreno, Ricardo Moya, Bernat Quintana y Xavi Ripoll) realiza una labor magnífica, pero hay que decir que la labor de Mónica López, como esa Cesonia (la esposa del tirano) destaca espectacular en su sencillez y presencia escénica. Papelón (uno de los mejores de su carrera, seguramente).

Y, por supuesto, Calígula necesitaba un protagonista a la altura. Pues Pablo Derqui lo está y sube más allá, creando una de esas composiciones que serán recordadas después de mucho tiempo. Desde su primera aparición ya hipnotiza, conjugando en un solo ser tal cantidad de registros, transmitiendo tal número de sensaciones, que apabulla. Una auténtica montaña rusa en la que Derqui, a pesar del delirio y horror de su personaje, consigue hacernos comprender la desesperación e infinita tristeza que subyacen bajo esa capa de locura y maldad. IMPRESIONANTE. Sólo por él ya merecería la pena ver la función.

“Una auténtica montaña rusa en la que Derqui, a pesar del delirio y horror de su personaje, consigue hacernos comprender la desesperación e infinita tristeza que subyacen bajo esa capa de locura y maldad. IMPRESIONANTE. Sólo por él ya merecería la pena ver la función”

Y, a pesar de este despliegue interpretativo (que era muy fácil que se fuese de las manos), resulta un montaje de sobriedad y control imponente éste. Excepto por algunos momentos aislados de colorido delirio que rompen con el conjunto (esa aparición de Cesonia y Helicón como la Máscara y el Joker encantará y provocará rechazo a partes iguales, igual que el momento Bowie de Derqui). Este Calígula de Mario Gas consigue atrapar y reflejar la complejidad, profundidad y desesperación de un personaje enfrentado al vacío existencial y a la corrupción política. Un personaje que se ha dado cuenta de que “los hombres mueren y no son felices”. Un hombre que quería la luna.

Calígula